2.324 – 1

mei moran  El azúcar era la sal. Al gato le decía araña y atendía los requerimientos del abuelo sólo cuando le llamaba nube. Con él hablaba ese idioma y así se entendían. En una helada, el anciano tropezó y falleció sin que estuviera previsto. Óscar lloró a boca abierta la gran pérdida y no había consuelo. Pasó como una pelota de unas manos a otras y acabaron llevándolo a un orfanato. Allí le quisieron enseñar. Los números, las letras y las palabras. Como nadie compartía su lengua se parapetó en un silencio inaccesible. Si respondía era con gestos. En sus paseos al campo se dirigía a los gorriones y comunicaba a su manera con las martas.
Al centro llegó una niña pelona y desdentada. La sentaron a su lado en la clase. Le regaló plumas, hojas del otoño y le prestó su colección de caracolas de mar. Óscar las acercaba a su oído y pasaba horas escuchando el sonido de las olas. El día que ella le preguntó su nombre él puso su dedo índice encima de un cumulonimbo. La nena sonrió y después de unos segundos contestó que a ella, aunque pareciera una estrella, podía llamarla luna.

Mei Morán
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2.323 – La verdad sobre el canario

marco_denevi  En estado salvaje era verde y no cantaba. Domesticado, preso en una jaula, se ha vuelto amarillo y gorjea como una soprano.
Que alguien atribuya esos cambios a la melancolía del encierro y a la nostalgia de la libertad. ¡Mentira!
Yo sé que el muy cobarde antes era verde y mudo para que no lo descubrieran entre el follaje, y ahora es amarillo para confundirse con las paredes y los barrotes de oro de la jaula. Y canta porque así se conquista la simpatía cómplice del patrón.
Lo sé yo, el Gato.

Marco Denevi
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005

2.322 – Dulce Amanda

manuel Moyano2  Nos confinaron a todos en una mazmorra oscura durante meses. Lo único que nos daban era agua. Para sobrevivir, nos vimos obligados a devoramos los unos a los otros. A1 final, tan sólo quedé yo. En un inesperado gesto de clemencia, me permitieron abandonar la cárcel y regresar a mi vida normal, pero no conseguí habituarme al sabor de las comidas que cocinaba mi dulce Amanda… Sé que eso no atenuará ante los jueces la abominación de mi crimen.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

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2.320 – La caza

alonsoibarrola  El dueño del coto de caza, próximo a la capital, y cuatro amigos, empuñando sendas escopetas, iniciaron la caminata en busca de conejos. Observaron por los cerros colindantes a varias personas y se dirigieron a ellos, pues supusieron que estaban cazando en lugar vedado. En su mayoría eran chiquillos, que echaron a correr en medio de risas y bromas. Uno de ellos, antes de desaparecer tras un montículo, gritó: «¡Hijos de p…!». El dueño del coto, lleno de furor, empuñando la escopeta, disparó contra el chiquillo que corría veloz. Le acertó en plena cabeza. Más tarde, ante la Guardia Civil, explicaba cómo casualmente se le disparó la escopeta cargada al tropezar con una piedra, confirmando el hecho en todos sus detalles sus tres amigos, y hasta el guarda de la finca, que no se atrevió a negarse a declarar ante la sugerencia de su amo, aunque cuando ocurrió el hecho no se encontrara allí. Lo triste del caso es que el chiquillo muerto era su hijo.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

2.319 – Sabor amarillo verdoso

javier_ximens  Descubierta la causa del anieblado paisaje cántabro que durante los últimos días ha ocultado buena parte del territorio, el gobierno autonómico está estudiando qué medidas tomar para recuperar el color verde. Es conocida la existencia de culturas que no permiten que se les fotografíe, aducen que pierden el alma. Como consecuencia de la campaña «a qué sabe Cantabria» por todas las ferias internacionales, ha sido tal la afluencia de japoneses que además de marcharse con la tripa llena de los sabrosos guisos, han agotado las memorias de sus cámaras con fotografías de las montañas, los valles y las playas, hasta el extremo de llevarse el alma del paisaje. En el aeropuerto de Santander se les ha pedido que eliminen la mitad de las imágenes, han accedido con su gran sonrisa amarilla pues saben que el sabor cántabro nunca se les podrá borrar de la memoria.
La sorpresa ha sido que levantada la niebla todo está en su sitio y color, salvo los pastos. Se sospecha que como fruto del efecto llamada de la calidad de la leche y los quesos, y aprovechando que nadie las veía, las vacas de los territorios adyacentes han entrado y pastado a sus anchas.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2015/01/sabor-amarillo-verdoso.html

2.318 – El niño que se comía las palabras

Manu Espada (1)  A algunas personas les trasplantan los pulmones. A otras les realizan un trasplante de corazón o de córnea, pero siempre tiene que morir alguien. Mi caso fue distinto. Cuando era pequeño no podía hablar, al menos no como el resto de los niños. Cada sílaba requería el mayor de mis esfuerzos. Sin embargo, mi padre se ganaba la vida con las palabras. Paradójico. Aún recuerdo el domingo que llegó con una máquina de escribir antigua. Yo entré en su despacho mientras él ponía la vieja Olivetti sobre la mesa. Colocó un folio de papel cebolla en el rodillo, me cogió el dedo índice y escribimos mi nombre. Mi padre lo recortó con unas tijeras, lo hizo una bolita y me dijo: «Rica». En cuanto el papel rodó por la garganta dije mi nombre en voz alta. Desde ese día, mi padre no pudo volver a pronunciarlo. Luego vinieron muchas palabras más. Mi padre me cogía el dedo, me susurraba cosas al oído, las tecleábamos y luego me metía las palabras en la boca. Él nunca más volvía a usarlas. Primero se quedó sin sustantivos, luego sin verbos, más tarde me pasó los adjetivos, los artículos, las preposiciones, hasta que me trasplantó todas las palabras del mundo. Hasta que se quedó mudo.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto. 2015

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2.317 – Amanita sanguinaria

rafael perez estrada  Como insaciable es tenida esta amanita. De un hermoso y ardiente color púrpura, esta criptógama es causa de la palidez y el decaimiento de quienes practican el amor en sus proximidades.
A esta seta -cuyo aspecto sugiere la riqueza de una metáfora que atañe a un granate vital- le son de aplicación cuantas leyendas traman el mito del vampiro.
Lucrecia Borgia -para que la lividez de su cutis realzara la pasión de sus labios- solía descansar en los atardeceres romanos sosteniendo entre sus senos la levedad de una de estas amanitas. Siglos más tarde, en pleno escándalo romántico, el escultor Andrea Visconti es detenido por el crimen de haber dado muerte a dos jóvenes a las que sometió al hongo «para admirar en sus cuerpos la elegancia nívea del mármol».

Rafael Pérez Estrada

2.316 – Las partes de mi cuerpo

Rogelio Guedea  Mi cuerpo no está completo si no anda el tuyo por ahí cerca. No está completa mi mano si la tuya no la hace escribir tu nombre o la lleva, de la mano, al jardín, o la acaricia en un callejón de sombras. Tampoco están completos mis ojos si los tuyos, tan míos, no están mirándose en ellos. Mis pulmones, mi corazón, mis labios no están completos si no respiran, si no laten o besan los tuyos, al menos, aquí en el cuarto contiguo. Lo mismo le pasa a mis pasos que pasan: si no van contigo, a ningún lado van. Si no vienen de ti, de ningún lado vienen. Si el tuyo no anda por ahí cerca, mi cuerpo no está completo: te digo.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto,2010