No era el chas chas de la escoba ni los tacones apurados de la mujer chillona. Era un sonido suave, encantador. Salí del cubil y me asomé con precaución. Ahí estaba el hombre soplando su palo con agujeros. Cerré los ojos. Soñé con avena, trigo; quise estar nuevamente en el campo. Todos los que estaban conmigo lo siguieron. Yo no me atreví. Siempre fui un cobarde. Después, supe que los llevó al río y que murieron ahogados. Días más tarde, la mujer lloraba. No barría, sólo rogaba que el hombre le devolviera a sus hijos.
Le hago compañía. Ella me agradece con trocitos de queso.
A veces, miramos juntos la puesta de sol en este pueblo de fantasmas.
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3.021 – Río de los sueños
Yo, por ejemplo, misántropo, hosco, jorobado, pudrible, inocuo exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, y por si fuera poco, mexicano, duermo poco y mal desde hace muchos meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas o listadas, una manta eléctrica o al aire libre, según el clima, pero eso sí, ferozmente abrazado a mi esposa, a flote sobre el río de los sueños.
Gustavo Sainz
El libro de la imaginación (México: FCE, 1976. En: Brevísima Relación. Antología del microcuento hispanoamericano. Santiago: Mosquito, 1990).
3.014 – El fin de la excursión
Los excursionistas gozaban del paisaje. Lucía el sol y la temperatura era templada. Algunos apacibles animales pastaban en el prado. En medio de ellos había un hombre junto a una maleta abierta y vacía.
-¿Por qué no cierra la maleta? -le preguntó un excursionista entrometido.
El hombre no le hizo caso, pero el excursionista volvió a insistir una vez y otra.
Al final, haciendo un gesto decisivo, aquel hombre la cerró de golpe. Al mismo tiempo la luz se fue de repente, los excursionistas se quedaron a oscuras y muy pronto empezaron a notar cómo les faltaba el aire.
Antonio Fernandez Molina
3.007 – El mes de abril
En el mes de abril, cuando de los campos eran señores los grillos, las altas veletas movidas por el viento, dejaban oír el eco de su tonada diaria.
La mula, atada a la noria y dando vueltas, soñaba que volaba. Yo, en mi afán de escapar, cerraba los ojos y salía en pos de ella.
Juntas, ella y yo, nos volvíamos libres como el viento. Mis dedos rozaban los maizales, levemente, frenando apenas el vuelo loco. A ella le gustaba quedarse quieta como una nube más en el cielo, y en sus ojos se leía la ensoñación por parecerlo.
A mí me gustaba convertirme en la rama de algún árbol, por esa sensación de permanencia y de sentirme parte de ese algo tan verde, florido y besado por el viento.
Y cuando sentíamos nuestro el mismo cielo y toda la música del universo, un grito de adversidad nos despertaba del dulce sueño. De nuevo en la tierra, ella mula, dando vueltas y yo, la niña de las largas trenzas, abrazadas por el mes de abril intercambiábamos una sonrisa cómplice.
Genny Guadalupe Chávez Rodríguez
3.000 – Viajar
Siempre que podía, Melquiades se daba un paseo por la plaza de Oriente, no para ver el Palacio Real, ni para admirar los tesoros de la Almudena, sino para colarse en las fotos de los turistas. Se detenía con disimulo junto a una pareja posando. O se sumaba como quien no quiere la cosa a un grupo en formación futbolística. O pasaba silbando por detrás de una familia en escala. Luego, en la intimidad de su buhardilla de La Latina, abría el atlas y se imaginaba a sí mismo multiplicado, metido en marcos y álbumes junto a todos aquellos desconocidos, descansando sobre un aparador de Nagoya, o un anaquel de Dortmund, o un escritorio de Staten Island, o una mesa de noche de Monterrey.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.993 – Nostalgia
La primera luz del sol descorre las cortinas del sueño en la cara de José Santos, quien siente su calor después de una noche demasiado larga. Un bostezo, un estirarse buscando dimensiones desconocidas, un parpadeo, corto, insistente y, nuevamente los ojos cerrados negándose a ver, ¿para qué si todo lo conoce y lo siente, dentro de él mismo, llegar como un torrente después de sentir ese rayo de sol?
La voz de la mañana: los pájaros que en el naranjo cuentan sus sueños antes de partir; el gallo que en el corral reconoce sus dominios mientras la vaca muge ofreciendo sus repletas ubres; las campanas de la parroquia que llaman a misa esparciendo saludos blancos de palomas; las escobas de popote que rascan y rascan el patio y la calle levantando la tierra que ha de ser apaciguada con riegos juguetones…
El olor de la mañana: la tierra mojada, el viento henchido de naranjos y limoneros, el ocote recién encendido, las brasas en la cocina donde ya trajina Adela canturreando mientras pone el agua para el café. Sentir su olor oscuro y encender un cigarro son cosa hecha, así como dar el primer golpe con profundidad para sentir al tabaco llegar a lo más hondo del sentido y despertar plenamente a la voz del humo que va escribiendo sus secretos poco a poco en el aire, subiendo, adelgazándose y desapareciendo sin terminar nunca de decirlo todo y, por fin, dar el primer sorbo de café caliente, amargo, reconfortante, para echar a andar el cuerpo.
—¡Ah! Qué sabroso es amanecer con un cigarro y una taza de café caliente.
Una sacudida, un reacomodarse en el asiento de tercera, el rechinar monótono del tren, y los ojos de José Santos abiertos ya, mirando los paisajes agrestes que lo van acercando al Norte mientras su vacío de años se le va llenando de nostalgia.
Carolina Castro Padilla
2.986 – El incendio
El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz largo amarillo y aquél por una punta azul y la otra rojo. Fue con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa, y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran naranja, rojo, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina con sus colores. Sus lápices -sobre todo aquel de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que le abrasó.
Ana María Matute
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.979 – Aviso
La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.
Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.
Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.
Entonces decidí saltar sobre la borda y nadar hasta la playa.
Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas de Hades y que he cruzado el campo de asfodelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.
Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.
Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.
Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.
Salvador Elizondo
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
2.977 – Déjà vú: tú y yo ya nos hemos olvidado antes.
La volvió a ver después de demasiado tiempo. Ya eran como desconocidos, nada que ver con lo que eran en un principio. Se volvió a fijar en ella (imposible no hacerlo). Siempre le había llamado la atención su perfecta sonrisa, pero a él no le engañaba como a los demás, veía a kilómetros sus ojos oscuros, de mirada triste. Iba caminando sola, con su melena suelta, la que tantas mañanas había acariciado él al despertarse. Se dio cuenta de que él la miraba y empezó a jugar con un mechón de pelo para distraerse. De repente, los recuerdos empezaron a inundarla. Recordó quién era él y los momentos que habían pasado juntos se le vinieron encima. Recordó lo mucho que le había echado de menos y empezó a lloverle por dentro, aunque no notó mucho el cambio, ya tenía el alma congelada desde que él se había ido. ¿Qué hacía él ahí? Porque estaba segura de que no venía a por ella. Él se preguntaba lo mismo, no sabía por qué razón había vuelto allí, sabiendo que se la iba a encontrar. Supuso que la echaba de menos, pero su orgullo no le permitía aceptarlo. Ella se le acercó y le dijo,»Hola, he notado que me mirabas.»
Él solo pudo afirmar con la cabeza. Ella había aprendido bien eso de ser una hija de puta, lo había aprendido de él, y para hacerle más daño le dijo, «¿Te conozco? Me suena tu cara.» Él se quedó frío, se esperaba cualquier cosa menos eso. «Ah sí, a ti ya te he olvidado antes.» Dijo ella. «Bueno, espero que no te importe que no me acuerde de ti, me centro en las cosas importantes, lo siento. Ten un buen día.» Le sonrió y se dio la vuelta para irse. Él se sintió morir, no se imaginaba que ella hubiera podido olvidarle tan rápidamente cuando aún se acostaba cada noche pensando en ella. Lo único que le consolaba era saber que su sonrisa era forzada, y que sus ojos seguían con la mirada triste desde que él no estaba. El orgullo les había ganado esa batalla.
María Martín Alonso
2.965 – Pereira conoce a su asesino
El señor Pereira conoció a su asesino en un banco de la plaza de armas. Atardecía, era verano, y el chico reposaba lánguidamente, echado hacia atrás, cuando él lo descubrió; cuando él, por esas tretas del destino, lo eligió. No era tan chico después de todo, porque iría camino de los treinta. Parecía obrero, pese a cierta arrogancia de su actitud, como la de quien sabe que vale; el gesto de su boca era el de alguien convencido de merecer en la vida un puesto mucho más cómodo que el de obrero. Pereira dio aún otra vuelta antes de decidir que no podía menos que sentársele al lado: era una versión casi gloriosa del trabajador promedio en estado puro, la quintaesencia del hombre de pueblo común y corriente, algo que él estimaba de sumo interés, aunque quizá nadie más en esa plaza viera tales virtudes en el sudoroso y tostado ejemplar. Se llamaba Gerardo, había llegado del sur un año antes, vivía con parientes en las afueras de Santiago, trabajaba reponiendo mercaderías en los estantes de un supermercado… Y tenía más de treinta, pero se negó a precisar, riendo. Pereira, que podía ser su padre, pues tenía sesenta y ocho, tampoco quiso confesar la edad cuando le tocó el turno de las respuestas: vivía solo, sí, a un par de cuadras de ahí, era dentista y estaba retirado, se había divorciado hacía décadas, sus dos hijas vivían en Buenos Aires… «¿Por qué no seguimos conversando en tu casa, mejor?», preguntó por último Gerardo, repentinamente inquieto, «no me gusta que nos vean aquí…» ». «Posupuesto, vámonos. Te abro una botella de whisky envejecido que me llegó». Se internaron en el anonimato de la muchedumbre y, aunque anochecía, los dos opinaron que la temperatura estaba lejos de bajar.