En un antiguo cuento japonés el zorro desafía al tejón. Ambos son versados en las artes de la transformación: intentarán, por turnos, engañar a su rival.
A un costado del camino el tejón, que es piadoso, ve un templo. Adentro hay varias estatuas de Buda. Cuando está a punto de depositar su ofrenda, nota que una cola de zorro asoma desde atrás de una de las estatuas. Tirando de la cola, templo y estatuas vuelven a ser zorro.
El zorro sigue andando por el camino. Lo interrumpe el cortejo de un príncipe. Adelante va el ejército. De un empujón, un soldado lo aparta del camino. A continuación, en caballos lujosamente enjaezados, siguen los cortesanos, rodeando la litera del príncipe, que se asoma entre cortinillas de brocado. Una multitud de mendigos viene detrás, luchando por las piezas de cobre y de plata que los cortesanos arrojan. El zorro espera sin impaciencia. El último andrajoso tiene cola de tejón. Al tirar de la cola, todo el cortejo (ejércitos, cortesanos, litera, príncipe y limosneros) vuelve a ser tejón.
Entonces el zorro se transforma en antiguo cuento japonés y gana. Se invita al lector a descubrir la cola.
2.373 – La feria
El hombre luce una inquietante sonrisa. «¿Otra?» Noto la sorna en su voz. Todo empezó porque Luisa quiso que ganara para ella ese estúpido oso. He perdido la cuenta del tiempo y el dinero que llevo intentándolo. Apunto a la diana, sujeto la escopeta, disparo… y fallo otra vez. Luisa me suplica que lo deje. «¿Otra?» El hombre sigue sonriéndome con ironía. Ya no oigo la música de las atracciones ni el murmullo del gentío ni las súplicas de Luisa, sólo la burla en su voz. Sujeto la escopeta, apunto y un segundo antes de disparar, sé con infinita certeza que esta vez no erraré el tiro.
Rocío Orovengua León
Ganador del 29 de octubre de 2009
Relatos en Cadena 2009-2010 – Alfaguara. 2010
2.372 – ¿Son ciertas o no las empatías?
A media tarde hemos pasado por casa de Anselmo. Su esposa hacía ejercicios (nada espirituales) con el señor que reparte el butano.
Ya saben lo legendaria que ha llegado a ser esta empatía. A pesar de todo la señora no se ha olvidado de nuestro bol de leche.
Cuando estamos satisfechos volvemos al callejón sin darle más vueltas al incidente sexual. Pero resulta que el cornudo de Anselmo regresa a casa antes de lo previsto. ¿Qué hacer? Todos me miran porque saben que a mí me corresponde decidir.
Si no me cruzo en su camino, encontrará a los pecadores en el lecho y se creerá un desgraciado.
Si me cruzo en su camino, meterá el pie en un boquete y tendrá que llamar a su esposa por el móvil para que lo ayude a llegar al hospital, donde le pondrán una buena escayola. Echará las culpas al asqueroso gato negro (también conocen la empatía entre gato negro y mala suerte) y, desde luego, se sentirá un desgraciado.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. e.d.a. libros. 2008
2.371 – Cuestión de espacio
2.370 – Mirones
A los mirones se les hace creer que miran sin ser vistos. Se les dice que la pared transparente junto a la que se ubican simula ser, del otro lado, un espejo. En realidad, sólo un vidrio corriente los separa de los felices exhibicionistas. En estas combinaciones se destaca la madama, hábil en reducir costos.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
2.369 – Huéspedes
Ella no tiene maña para recogerse el pelo. Luce una melena pelirroja y agreste que me sirve de nido. A mí, a su profesor de yoga y a un ingeniero en paro. Los tres condenados a entendernos. Cada vez que disputamos por el territorio, se cepilla con furia y salimos despedidos. No te imaginas lo difícil que es volver a conquistarla. Además, nos lo tiene advertido: si seguimos dándole quebraderos de cabeza, se hace un corte a lo garzón.
Elisa de Armas
2.368 – Goleada
El tercer gol que encajamos me lo perdí. Mi mujer se interpuso entre el televisor y yo. ¡Quita de en medio!, me impacienté. Se apartó, pero siguió hablando. Miriam, déjame ver esto, luego me cuentas lo que sea, le pedí. Ella, ni caso. Pellizqué el pan y eché los trozos en el caldo, sin quitar ojo al número seis que avanzaba como un viejo artrítico. ¡Así vamos! ¡Vete a tu casa, si no puedes! Me estaba calentando. Miriam continuaba dando la tabarra en sordina. Todos estos años… Y ni una sola vez… Pedía poco…
Palabras sueltas que no me dejaban escuchar bien al comentarista. Y eso que gritaba como un verraco. Del plato a la boca, de la boca al plato, acabé con la sopa. Así te claves una espina. Ahora estoy seguro de que dijo eso, pero entonces interpreté ahí tienes la lubina. Cocinaba bien Miriam. Con el cuarto gol me tragué un trozo de guindilla. Y ella que si tal, que si cual. Estaba negro. Que te calles, mujer, que te calles un poquito. A esas alturas, el locutor estaba ronco y yo sudaba de rabia. Algo me distrajo unos instantes. Fue un destello metálico girando en el mantel. Pero volví a lo mío. El partido a punto de acabar. Cuatro a cero. Una vergüenza. Me bebí medio vaso de vino para contrarrestar el picante y entonces me di cuenta de que Miriam ya no hablaba. Salían los jugadores cabizbajos del campo cuando escuché el portazo. En la mesa, el anillo acababa de detenerse. Me incorporé a medias en la silla y estrellé el vaso contra el televisor. Mi mujer se había pasado con la guindilla.
Lola Sanabria
2.367 – Paraíso al revés
Picando una cebolla la otra tarde me rebané un dedo, prácticamente me corté la yema. Entonces lo que hice fue pegarla otra vez. La dejé ahí creyendo que se adheriría de nuevo a la carne y sus fibras recobrarían la entereza de antes, fundiéndose y confundiéndose con sus fibras hermanas, brevemente ausentes. Pero no fue así. El trozo de piel quedó mal, pegado como por encima, endeble de uno a otro borde. Entonces pensé que eso pasaba un poco como cuando una mujer que amamos nos deja un buen día y, al siguiente, intentamos recuperarla, algo así de su carne ya no termina de adherirse bien a la nuestra, ni sus ojos nos miran como antes en el desayuno, ni sus manos nos acarician la espalda de la misma manera tierna al regresar del trabajo, y su alma como su amor queda colgando de un hilo, en las orillas del viento, a la deriva, y entrada la noche uno, quebrado en dos pedazos, termina andando por las calles peor que un fantasma.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.366 – Hipoteca
Mientras le salía algo en lo suyo, Iván trabajaba en lo que fuese para poder pagar la hipoteca. Por la mañana reponía productos en las baldas de Continente. Por la tarde lavaba coches en un garaje de Parla. Los fines de semana vendía enciclopedias a domicilio y, cuando acababa, servía copas en el pub Malibú. Apenas veía a su familia. Con su novia mantenía una relación de hola y adiós, llena de prisas, cansancio y amores postergados. Aún así, a Iván todo aquello le merecía la pena. No tenía vida, de eso era consciente, pero al menos podía decir que era dueño del techo bajo el que dormía.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.365 – Consecuente*
Los nietitos vienen muy avispados hoy en día. Antes preguntaban cariñosamente, como un juego,
-Abuelita ¿qué hora son?
Ahora nos meten en camisa de once varas. Al menos el mío, que ya de pequeño complejizó el problema al preguntarme:
-¿Abu, qué es el tiempo?
-Mañana te contesto, le prometí. Mañana.
Y por los años de los años me mantuve firme en mi promesa.
Luisa Valenzuela
Juego de villanos. Thule Ediciones S.L. 2008
*Para Gaspar

