Mi vida puede resumirse en dos frases. Ya he gastado ambas.
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2.376 – El espejo en que te miras
Cuando vi a la anciana con los mofletes amoratados y con los tubos metidos en la nariz y las sondas en las endebles venas en la cama del Dunedin Hospital -al que no había ido desde aquella piedra en el riñón que casi me mata-, no pude evitar pensar en lo estorbosa que se hace la vejez cuando nos medra la fuerza indispensable para mantenemos en pie, o ser capaces de ir y volver del baño, o cruzar una calle, o siquiera llevarnos la cuchara a la boca. Quiero decir lo indispensable, pues. Quizá por eso no pude evitar escuchar las quejas que escupe la enfermera cuando la anciana -que puede ser tu madre, o tu hermana o prima- le llama para pedirle que le ayude a reclinar un poco la cama o el sillón en el que está sentada, o para abrirle la ventana o ponerle en la espalda un cojín, o quitarle los zapatos, o simplemente para conversarle dos, tres palabras, y así con ello tapiar la soledad que cómo la invade desde que sale el sol hasta que se mete, y los reniegos, también, de los familiares a los que la anciana llama para que vengan a visitarla aunque sea cinco minutos, familiares que prefieren mejor no contestarle el teléfono y que deciden seguir comiendo la sopa caliente de codito sin imaginar siquiera que los ojos de la anciana, y el corazón anciano que tiene, y toda su piel que es un pergamino, inservible al parecer ya, todavía siente, y respira todavía -con espasmos, sí, pero aún respira-, y todavía puede mirar cómo esos que la esquivan o le dan con la punta del pie -escupitajos, empellones por la espalda, etcétera- van también al mismo lugar a donde ella va, sin saber que incluso pueden llegar antes que ella. Porque la muerte es así: una perra que no respeta amo y que muerde toda mano, incluida aquella que, por supuesto, le da de comer.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.375 – El presidente
El Presidente quiso tener a su pueblo cerca, por eso mandó a sus tropas a reclutarlo.
De las clases más bajas le trajeron a un varón, a un loco, a un pocero, a un anciano y a un niño. Colectaron también a un sano y a un ciego, a un rico y a un pobre, a un cojo y a un justo. Y a una santa y a una puta; y a un valiente y a un miedoso, que al poco murió de miedo. Pensó entonces el Presidente que su muestra estaría incompleta sin el alma indescifrable de los artistas. No bien lo pensó prendieron a un pintor, a una musa, a un poeta. Y a uno bajo y a otro alto, y a un triste y a un despreocupado; a uno que lloraba, a otro que una vez dudó; a una mujer fea y a otra bella, a un inquieto, a un tranquilo, a un atleta.
A todos los encerraron en el Palacio de Gobierno, donde el Presidente, cerca al fin de sus súbditos, estudiaría sus reacciones, les hablaría, quizá les comprendería y, al comprenderles, podría gobernarles mejor.
En definitiva, les amaría. Y amándoles a ellos, calculaba, amaría a su pueblo entero. -Pero los malditos no lo entendieron. Trataron de escapar. Protestaron, lloraron, se revolvieron; enarbolaron palos y revoluciones, organizaron sangrientas revueltas, anunciaron huelgas de hambre y tejieron disturbios, que fueron reprimidos con la violencia diáfana del despecho.
Entristecido, el Presidente terminó por matarlos a todos, sin comprender que, ahora sí, al matarlos mataba a su pueblo entero.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.374 – Antiguo cuento japonés
En un antiguo cuento japonés el zorro desafía al tejón. Ambos son versados en las artes de la transformación: intentarán, por turnos, engañar a su rival.
A un costado del camino el tejón, que es piadoso, ve un templo. Adentro hay varias estatuas de Buda. Cuando está a punto de depositar su ofrenda, nota que una cola de zorro asoma desde atrás de una de las estatuas. Tirando de la cola, templo y estatuas vuelven a ser zorro.
El zorro sigue andando por el camino. Lo interrumpe el cortejo de un príncipe. Adelante va el ejército. De un empujón, un soldado lo aparta del camino. A continuación, en caballos lujosamente enjaezados, siguen los cortesanos, rodeando la litera del príncipe, que se asoma entre cortinillas de brocado. Una multitud de mendigos viene detrás, luchando por las piezas de cobre y de plata que los cortesanos arrojan. El zorro espera sin impaciencia. El último andrajoso tiene cola de tejón. Al tirar de la cola, todo el cortejo (ejércitos, cortesanos, litera, príncipe y limosneros) vuelve a ser tejón.
Entonces el zorro se transforma en antiguo cuento japonés y gana. Se invita al lector a descubrir la cola.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
2.373 – La feria
El hombre luce una inquietante sonrisa. «¿Otra?» Noto la sorna en su voz. Todo empezó porque Luisa quiso que ganara para ella ese estúpido oso. He perdido la cuenta del tiempo y el dinero que llevo intentándolo. Apunto a la diana, sujeto la escopeta, disparo… y fallo otra vez. Luisa me suplica que lo deje. «¿Otra?» El hombre sigue sonriéndome con ironía. Ya no oigo la música de las atracciones ni el murmullo del gentío ni las súplicas de Luisa, sólo la burla en su voz. Sujeto la escopeta, apunto y un segundo antes de disparar, sé con infinita certeza que esta vez no erraré el tiro.
Rocío Orovengua León
Ganador del 29 de octubre de 2009
Relatos en Cadena 2009-2010 – Alfaguara. 2010
2.372 – ¿Son ciertas o no las empatías?
A media tarde hemos pasado por casa de Anselmo. Su esposa hacía ejercicios (nada espirituales) con el señor que reparte el butano.
Ya saben lo legendaria que ha llegado a ser esta empatía. A pesar de todo la señora no se ha olvidado de nuestro bol de leche.
Cuando estamos satisfechos volvemos al callejón sin darle más vueltas al incidente sexual. Pero resulta que el cornudo de Anselmo regresa a casa antes de lo previsto. ¿Qué hacer? Todos me miran porque saben que a mí me corresponde decidir.
Si no me cruzo en su camino, encontrará a los pecadores en el lecho y se creerá un desgraciado.
Si me cruzo en su camino, meterá el pie en un boquete y tendrá que llamar a su esposa por el móvil para que lo ayude a llegar al hospital, donde le pondrán una buena escayola. Echará las culpas al asqueroso gato negro (también conocen la empatía entre gato negro y mala suerte) y, desde luego, se sentirá un desgraciado.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. e.d.a. libros. 2008
2.371 – Cuestión de espacio
2.370 – Mirones
A los mirones se les hace creer que miran sin ser vistos. Se les dice que la pared transparente junto a la que se ubican simula ser, del otro lado, un espejo. En realidad, sólo un vidrio corriente los separa de los felices exhibicionistas. En estas combinaciones se destaca la madama, hábil en reducir costos.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
2.369 – Huéspedes
Ella no tiene maña para recogerse el pelo. Luce una melena pelirroja y agreste que me sirve de nido. A mí, a su profesor de yoga y a un ingeniero en paro. Los tres condenados a entendernos. Cada vez que disputamos por el territorio, se cepilla con furia y salimos despedidos. No te imaginas lo difícil que es volver a conquistarla. Además, nos lo tiene advertido: si seguimos dándole quebraderos de cabeza, se hace un corte a lo garzón.
Elisa de Armas
2.368 – Goleada
El tercer gol que encajamos me lo perdí. Mi mujer se interpuso entre el televisor y yo. ¡Quita de en medio!, me impacienté. Se apartó, pero siguió hablando. Miriam, déjame ver esto, luego me cuentas lo que sea, le pedí. Ella, ni caso. Pellizqué el pan y eché los trozos en el caldo, sin quitar ojo al número seis que avanzaba como un viejo artrítico. ¡Así vamos! ¡Vete a tu casa, si no puedes! Me estaba calentando. Miriam continuaba dando la tabarra en sordina. Todos estos años… Y ni una sola vez… Pedía poco…
Palabras sueltas que no me dejaban escuchar bien al comentarista. Y eso que gritaba como un verraco. Del plato a la boca, de la boca al plato, acabé con la sopa. Así te claves una espina. Ahora estoy seguro de que dijo eso, pero entonces interpreté ahí tienes la lubina. Cocinaba bien Miriam. Con el cuarto gol me tragué un trozo de guindilla. Y ella que si tal, que si cual. Estaba negro. Que te calles, mujer, que te calles un poquito. A esas alturas, el locutor estaba ronco y yo sudaba de rabia. Algo me distrajo unos instantes. Fue un destello metálico girando en el mantel. Pero volví a lo mío. El partido a punto de acabar. Cuatro a cero. Una vergüenza. Me bebí medio vaso de vino para contrarrestar el picante y entonces me di cuenta de que Miriam ya no hablaba. Salían los jugadores cabizbajos del campo cuando escuché el portazo. En la mesa, el anillo acababa de detenerse. Me incorporé a medias en la silla y estrellé el vaso contra el televisor. Mi mujer se había pasado con la guindilla.


