2.404 – Retrovisor

rogelio-guedea  Va a la biblioteca a buscar un libro de Millás pero se da cuenta de que en el lugar del libro de Millás está un libro de Torrente Ballester, de manera que piensa que seguramente en el lugar donde antes estaba el libro de Torrente Ballester estará el de Millás, y entonces se apresura al librero donde estaba el lugar del libro de Torrente Ballester pero se da cuenta de que en lugar de encontrar el libro de Millás, que debería estar allí en lugar del de Torrente Ballester, encuentra el libro de Valle-Inclán, de manera que piensa que seguramente en el lugar donde debería estar el libro de Valle-Inclán estará el libro de Millás, el cual, por algún descuido, fue a colocar ahí en aquella noche de desvelo, aunque no se explica cómo pudo haber llegado ahí el libro de ValleInclán, así que para salir de dudas va donde el lugar del libro de Valle-Inclán y en lugar del libro de don Ramón encuentra un libro de Galdós, escritor que hacía años o décadas no leía, y que no se explica por qué dejó de leer si sus enseñanzas lo llevaron, primero, a don Ramón del Valle-Inclán y, después, a Torrente Ballester y a Millás, así que, sin pensarlo dos veces, saca el libro de Galdós y, evitando ser sorprendido, a solas en su biblioteca, frente a la fotografía de Jovellanos, vuelve a empezar.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010

2.403 – Mater

federico fuertes guzman4  Érase una vez una mujer que quería tener un hijo. Pero el tiempo pasaba y no conseguía su propósito. Cuando cumplió los cuarenta, fue al bosque y buscó la mejor hechicera. Le contó su deseo y le pidió consejo. ¿Qué debo hacer? La hechicera sonrió y le dio toda la información pertinente. Cuando se marchó, la mujer parecía indignada.
Nada de lo que habían hablado tenía demasiada lógica. Sobre todo lo de los fluídos. ¿Era necesario que le vaciaran en su interior tal cantidad de líquidos viscosos? Seguro que hay otras maneras, lo mejor será pedir una segunda opinión.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. e.d.a. libros. 2008

2.402 – Mago que cree en su magia

ana maria shua  El mago conoce todos sus trucos y sin embargo cree en su propia magia, al punto de intentar el vuelo muchas veces. Con varios huesos rotos pero la ilusión intacta, sabe que estar vivo es un milagro y se lo atribuye alegremente.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

2.401 – Ocasión

Ruben-Abella-copia  Al cruzarse en la calle Preciados se miraron a los ojos y supieron en el acto que estaban hechos el uno para el otro. Pero ambos tenían prisa -él iba a visitar a un cliente, ella tenía hora en la peluquería-, y tras un instante de vacilación cada cual siguió su rumbo.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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2.400 – Maletas

2003 Sundance Film Festival - "Mondays in the Sun" - Portraits  Cuando hacemos la maleta, decidimos. Dejamos fuera lo accesorio, lo superfluo. Aquellas camisas que no acaban de sentarnos, los libros que ni hemos leído ni leeremos, los pantalones que nos regaló ella pero nunca nos gustaron tanto como dijimos al abrir el paquete. Dejamos, en definitiva, aquello de lo que podemos prescindir, y guardamos en su interior lo que necesitamos, lo que de verdad importa. Nuestro sentido de la elegancia, nuestra comodidad. Nuestro olor y nuestra lectura, nuestro buen aliento, nuestra compostura. Guardamos nuestra necesidad de parecer delgados y la de seducir también, el modo en que queremos que nos perciban. Guardamos nuestra confianza, nuestro miedo a defraudar, la huella que queremos dejar en los otros. El éxito social que ambicionamos, nuestro futuro a medio plazo.
Nuestra maleta nos contiene, es nuestro mejor resumen, una síntesis de lo que somos: el inventario de nuestras manías, de nuestros gustos y nuestras intenciones, el balance exacto de nuestras pérdidas.
Conscientes de lo anterior, le damos nuestro nombre, nuestras señas. Nunca nos separamos de ella. Salvaguardamos su contenido con trabas, precintos, candados; formulamos combinaciones secretas para protegerla y proclamamos su fragilidad, porque sabemos que es la nuestra.
Todo cuanto somos cabe en ese paralelepípedo pequeño de piel o de plástico que, un día cualquiera, en un aeropuerto, confiamos a una extraña. Por eso nos arracimamos unas horas después sobre una cinta transportadora, en otro aeropuerto, ansiando verla aparecer. No es nuestra ropa interior lo que aguardamos en tales ocasiones con tanto anhelo: nos aguardamos a nosotros mismos.
Como nosotros, las maletas envejecen. Les salen ojeras, arrugas, grietas. Su carácter se endurece y tienden a perderse cada vez con más frecuencia. Se sabe de un pasajero al que extraviaron la maleta y recibió una compensación muy razonable a cambio, pero nunca volvió a ser el mismo.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

2.399 – Gemelas

PedroHerrero  En principio, el hecho de enamorarme de una mujer que tenía una hermana gemela no debería resultar embarazoso, al margen de la anécdota inevitable. No soy el primero ni el último que pasa por esta situación. Pero reconozco que cuando conocí a la que había de ser mi cuñada experimenté una extraña familiaridad, como si besara a mi novia por segunda vez consecutiva. A ello contribuyó (todo hay que decirlo) la buena disposición con la que ella correspondió a mi saludo, como si aquella no fuera la primera vez que nos veíamos. Y cuando descubrí que la sintonía entre las dos mujeres se extendía a los mínimos detalles de su carácter, dejé a un lado la estabilidad que esa compenetración significara para ambas y empecé a hacerme preguntas que no sabía responder. No pude -aunque lo intenté- dejar de mirar a mi cuñada con el mayor disimulo, cada vez que coincidíamos los tres para tomar unas copas o celebrar un cumpleaños. Ni pude dejar de evocarla haciendo el amor, imaginando que su cuerpo reaccionaría con el mismo abanico de gestos y gemidos que yo ya conocía. Llevé lo mejor que supe la inconfesable obsesión por resolver mis dudas enfermizas, que no menguaron con el paso de los años, y estuve de acuerdo en que -conforme a la educación que me habían inculcado de pequeño- mis pensamientos lascivos merecían un castigo ejemplar. Ahora bien: que la hermana de mi mujer haya acabado enamorándose de alguien idéntico a mí, me parece una condena –a todas luces- excesiva.

Pedro Herrero

2.398 – Vecino *

Manuel Moyano (1)  La primera ocasión en que llamó al timbre fue para pedir un puñado de sal. Debí haberle dicho que no en aquella ocasión, pero fui incapaz de anticipar el peligro. Luego, se animó a reclamar otros favores: unas hojitas de laurel, pilas para su despertador, un paquete de arroz, una corbata estampada, agua destilada para la plancha. Mi mayor error fue permitirle ver un partido de fútbol en el televisor de nuestro salón. Tampoco debí consentir que besara a Claudia en mi presencia. Ahora, es él quien duerme en mi propia cama. Con ella. Por el momento, aún me dejan pasar la noche en el balcón.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

*A José Miguel Belando

2.397 – La esquina de la memoria

araceli esteves3  Gabriel fue perdiendo la memoria. Sólo conseguía recordar las cosas, desde las más triviales a las que demandaban recorridos profundos hasta el fondo oscuro de su memoria, en la esquina entre la calle Hostal Santanyí y el Paseo de Vizcaya. Más de una noche, a las horas más imposibles, había tenido que cruzar la ciudad para recuperar una fecha perdida o recordar el nombre de una antigua novia. Incluso había pensado en buscar un piso por la zona, pero los altos precios del casco antiguo lo obligaron a desestimar la que sin duda hubiera sido la mejor opción.
Ahora anda perdido. Desde que se inició la reforma del centro histórico y  demolieron varias manzanas de casas, Gabriel camina sin rumbo, desorientado, cada vez más alejado de sí mismo. Busca inútilmente el único lugar en el que su memoria tenía cobertura.

Araceli Esteves

2.396 – Sótanos

Rogelio Guedea  En algún momento de nuestras vidas todos bajamos al sótano a buscar algo que abandonamos ahí hace mucho tiempo. No sabemos cuánto tiempo, y ya no importa, que para eso sirven los sótanos. Los vamos llenando (a los sótanos) de objetos que dejan de pertenecemos, que dejan de servir. Objetos que, si uno lo observa bien, fueron amados alguna vez, buscados a veces con ansias, traídos a casa tal como llega la felicidad con el domingo. Pero luego esos objetos (una mesita de noche, una bolsa de ropa, una lámpara, un collar) son reemplazados por otros objetos que a su vez serán reemplazados (mañana, pasado mañana) por otros objetos más, que serán tan amados y tan olvidados como los primeros. Pero en algún momento de nuestras vidas, así como se vuelven a recordar calles o países, bajamos al sótano a buscar algo que abandonamos ahí hace mucho tiempo. Y andamos levantando cajas amontonadas, bolsas negras, sillas o mesitas de noche, lámparas, colchones agujereados, siempre a la busca de algo que nos supone la felicidad, o que es la felicidad, pero que cada vez está más lejos (una caja y otra caja más) de nuestras manos y, llegada la noche, también, de nuestras vidas.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010