Se despertó de madrugada y permaneció encogido entre las sábanas, sin decidirse a poner la radio por miedo a despertar a su mujer. Finalmente, los nervios le empujaron a la de la cocina, donde sintonizó un programa de noticias por el que se enteró de que un tornado había causado grandes destrozos en Miami. No se dijo que él estuviera implicado, pero tampoco lo contrario, así que regresó a la cama algo nervioso y concilió un sueño breve, lleno de grumos, antes de que sonara el despertador. Durante el desayuno, su mujer le preguntó si volvía a dolerle la espalda o tenía alguna preocupación. El negó con la cabeza mientras escuchaba la primera tertulia de la mañana por si salía su nombre a relucir.
Ya en la oficina, leyó atentamente el periódico disimulado entre las piernas, sin verse citado en ningún sitio. No obstante, a las once fue al cuarto de baño y con el móvil que le habían regalado el día del Padre telefoneó a la secretaria de Gómez de Liaño para preguntar si el juez estaba interesado en interrogarle. Le dijeron que no. «¿Puedo salir de España entonces?», insistió al tiempo que cortaban bruscamente la comunicación al otro lado. Regresó al despacho con gesto huidizo y confesó a su compañero de mesa que tenía miedo de que su nombre figurara entre los 200 expedientes de la supuesta amnistía fiscal. «Pero ¿cuánto dinero ganas?» «No sé, entre mi mujer y yo no llega a tres millones y medio al año.» Su compañero le mandó a la mierda y eso fue todo.
Por la tarde, al volver a casa, preguntó si había llegado alguna modificación del juzgado de guardia o si alguien les había amenazado por teléfono, pero no, todo estaba en orden. Antes de acostarse, mientras se cepillaba los dientes, se contempló en el espejo enfrentándose al fin a la verdad. «Dios mío -se dijo-, no soy nadie.»
Mes: noviembre 2017
3.476 – La señal convenida
Al caer la noche, el comando especial de asalto desciende de las montañas hasta el valle, con objeto de atacar por sorpresa una posición enemiga. Fuertemente pertrechados, los soldados se abren paso en la espesura, precedidos a cierta distancia por el cabo Birdy, un experto en imitar el sonido de las aves, encargado de establecer una posición avanzada de vigía. Después de comprobar que hay vía libre para el ataque, el cabo Birdy cierra las manos en torno a su boca, tensa los labios y emite el gemido profundo y lastimero de la hembra de búho en celo. Es la señal convenida. Pero entonces, desde lo alto de una rama, un búho macho, atraído por el llanto de la hembra, responde al reclamo sexual con vigoroso entusiasmo. El cabo Birdy se queda perplejo y los soldados detienen su avance, confusos ante la duplicidad de mensajes cuyo significado global les genera un mar de dudas. Pasan las horas, poco a poco transcurre la madrugada. El manto oscuro de la noche va cambiando de color, a medida que aparecen por doquier las primeras gotas de rocío. Al alba, que llega envuelta en brumas, los miembros del comando, tiernamente agazapados en la hierba, aún esperan instrucciones. Mientras el búho y el cabo Birdy no acaban nunca de hablar de sus cosas.
Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016
3.475 – Humor y timidez
Acabo de enterarme de que Carlos Castaneda, antes de morir, confesó a sus allegados que Monterroso había resucitado tímidamente, «el humor y la timidez generalmente se dan juntos», escribió en Movimiento perpetuo, pero que al darse cuenta de que se le recordaba -sobre todo- por «El dinosaurio», regresó plácidamente a la tumba, al trasmundo en que se juntaba a conversar con Juan Rulfo, el zorro es más sabio, para componer, no sin desgana, alguna brevedad sobre la estulticia sin remedio del género humano.
Fernando Valls
3.474 – Reality
El hijo que había desaparecido durante más de veinte años entró en el plató en medio de los aplausos del público, pero al descubrir a su madre enjugándose las lágrimas la fulminó con una mirada envenenada. De nada sirvieron las sonrisas de la presentadora ni esas teratológicas fotografías infantiles que avinagraron todavía más la expresión de repugnancia del hijo prófugo, asqueado de que todo el país lo viera cagando sobre su vieja bacinica de hipopótamo en pleno prime time.
– ¿Me vas a decir que no estás contento de ver a tu madre? –quiso saber la presentadora.
– No, porque yo me escapé de casa para no ver nunca más a esa señora.
El realizador colocó un primer plano de la madre sonándose la nariz mientras la melosa sintonía musical del programa endulzó todavía más la siguiente pregunta de la presentadora, quien impostó una voz de fingido reproche:
– Pero tú sabías en qué consistía mi programa y a pesar de todo has venido. ¿Nunca imaginaste que era tu madre la que quería encontrarte después de tantos años?
– Yo vine porque ustedes me pagaron muy bien, pero si hubiera sabido que se trataba de esta señora les habría pedido el doble.
De pronto la madre se arrodilló delante del hijo y se abrazó a sus rodillas gritando:
– ¡Perdóname, «Rambito»! ¡Regresa conmigo, Silvestre! ¡Nunca más volveré a prohibirte nada!
– ¡Déjame, cabrona! ¡Jamás te perdonaré! –rugió el hijo, mientras la audiencia discutía morbosa si «Rambito» era más imperdonable que Silvestre.
Entonces tronó la voz de pito de la presentadora:
– ¡Un momentito! Este programa es para dar una sorpresa, para que se cumplan los deseos de la gente y para reunir a personas que no se ven desde hace años. ¡Este no es un programa para pedir perdón! ¡Aquí nadie viene a pedir perdón! ¡Ese es otro programa! ¡De otra cadena! ¡Y lo presenta una chiquichanca que no tiene nada que ver conmigo! Así que fue-ra-de-mi-pro-gra-ma-pe-ro-ya.
Y entre las ovaciones incondicionales del público, madre e hijo salieron del plató al son de la empalagosa sintonía del programa
Fernando Iwasaki
3.473 – Error
Yo fui loco y ya soy cuerdo. Miguel de Cervantes
El mucho leer le había trastornado el cerebro. Era viejo, flaco y visionario. Creía en la bondad, en la solidaridad y en la justicia. Cuando vino la República, su locura se exacerbó hasta el éxtasis y la guerra civil le cogió a contrapié. Lo fusilaron contra una tapia que creyó que era la frontera del paraíso, unos pistoleros, a los que confundió con ángeles, un día de sol que le pareció de buen agüero. Tuvo tiempo de reconocer ante los suyos, que le recogieron agonizante, que se había equivocado.
Luciano G. Egido
Cuentos del Lejano Oeste, ed. Tusquets. 2003
http://es.wikipedia.org/wiki/Luciano_G._Egido
http://www.lecturalia.com/autor/1019/luciano-g-egido
3.472 – Fugaces
3.471 – El primer amor…
3.470 – Instrucciones
Alba y Rafael habían estado casados muchos años. Llegados a la vejez, Rafael advirtió que, durante toda la vida en común, su mujer se había relacionado con él emitiendo constantes instrucciones. Las cosas que debía hacer, las que no había hecho y las que había cumplido sin satisfacer a su cónyuge se transformaban en instrucciones precisas y ásperas, recibidas por él como descargas eléctricas. «Haz esto», «No hagas aquello» y «No lo hagas así» eran las fórmulas básicas. Rafael no osaba decir nada por miedo a que Alba le respondiera con un conjunto de instrucciones para quejarse. Sólo una vez dejó traslucir sus sentimientos. En el desván encontraron su cadáver con un papel prendido en la solapa, en el que había escrito: «¿Está bien así?».
Antonio Fernández Molina
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011
3.469 – Cadáver
3.468 – El secreto
Era una jovencita aún y todos elogiaban su encanto, su inocencia, sus grandes bucles sobre los hombros cuando, por las tardes, cantaba ante el piano que tocaba la madre, emocionada al oír su voz.
Transcurría así la vida tranquila en aquella casa pero cierto día apareció un desconocido y se quedó a vivir allí. Era alto y hermoso, bueno e inteligente y la muchacha desde un principio le admiró. A veces él le apretaba la mano y su mirada ahondaba misteriosamente en sus ojos azules. Desde que él había llegado todo se hacía más claro, más noble, sumía a la mente en cierta intranquilidad pero también en una inefable tibieza al corazón. Volaban los días, pasó un año y llegó el último instante: él se fue y ella conoció el tiempo de la tristeza y del sufrimiento, pero no quiso preguntar a nadie si volvería.
Un día, inesperadamente el huésped regresó y se acercó a sus labios y murmuró: «No temas, querida, soy invisible para los demás» y las bocas se unieron con pasión. Desde entonces estuvo cerca de ella: le veía en el fondo de una habitación, en el corredor, al pie de una escalera, la seguía por la calle, se sentía abrazada con fuerza y ella se entregaba a su abrazo. La más extraña felicidad la acompañaba a todas horas: en el jardín, junto al piano, notaba que sus manos la acariciaban; de noche, despertaba y le encontraba a su lado, desabrochándole, despacio, los botones del camisón.
Todos decían que su mirar velado y los colores de sus mejillas arreboladas podían ser de fiebre pero ella pensaba que nadie habría de saber la vehemencia con que se entregaban al amor.


