Me desprendo del brazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. La luna tiene dos noches de edad. Yo, una.
Mes: mayo 2017
3.303 – 174
3.302 – Despegue
En su lecho de muerte, el moribundo tiene miedo a morir. Lo han conectado a una máquina que muestra, en una pequeña pantalla de color negro, su ritmo cardíaco en finos y fugaces trazos verdes. Parece su propio corazón subiendo y bajando montañas de vértigo con una agilidad inusitada. Es un pensamiento que debería confortarle en este trance tan delicado, pero no es así: se muere y punto. La ruptura con todo lo que le rodea es inminente e inevitable. Pronto dejará de estar presente y se convertirá en un frío dato para la estadística. Eso le entristece hasta tal punto que intenta desesperadamente ver el lado bueno de las cosas. Si después de la muerte no hay nada, es que no hay nada de qué preocuparse. Como tampoco le preocupan los miles de millones de años que han transcurrido antes de que él viniera a este mundo. Dentro de poco conocerá un nuevo orden, con reglas diferentes, aunque se limite a formar parte del polvo interestelar. No suena muy halagüeño, es verdad, pero también es cierto que su existencia en la Tierra no sólo ha pasado inadvertida para el universo exterior, sino incluso para los vecinos de su calle. Esto último le hace sonreír y por primera vez emite una sonora carcajada, que precipita su corazón desde lo alto de las escarpadas cumbres que aparecen en el monitor. Aunque cada vez se distancian más, como si fueran las estribaciones de una cordillera. Se ondulan y se hacen pequeñas, hasta desembocar en un valle aparentemente desértico, una línea infinita e inalterable, con forma de pista de aterrizaje, o de despegue.
Pedro Herrero
http://humormio.blogspot.com.es/search/label/D
3.301 – Teoría de la literatura
De niño me perfeccioné en la crianza de gusanos de seda. Llegados los primeros calores primaverales, el patio del colegio se transformaba en un zoco oriental donde los chicos traficábamos con hojas de morera. Muchos se afanaban en alimentar a aquellas larvas diminutas, pero eran pocos los que perseveraban y menos aún quienes alcanzaban a ver el lento y voraz crecimiento del gusano, su misteriosa hilatura, de la que emergía, al cabo de un tiempo, el prodigio nocturno de la crisálida, luego el revoloteo de su apareamiento, la apremiante puesta de huevos que tapizaba las paredes y por último la muerte, sobrevenida sin estertores en la noche sencilla. Yo supe muy pronto que el mundo de un escritor cabe en una caja de zapatos.
Juan Gracia Armendáriz
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.300 – Amorgasmo a mano
Mientras cabalgo sobre mi esposo, escarbo en las filigranas del cabecero y busco tras los pliegues de las cortinas. «Oh sí, mi amor sí», hurgo en los cajones, indago en el joyero, miro bajo las alfombras. «Oh sí, mi amor sí», sigo buscando, me estiro, alcanzo la puerta, me rompo, me desintegro, mi mano sale disparada del dormitorio, corre a gatas por el pasillo, entra en la cocina, abre la nevera y entonces sí, «oh sí, mi amor sí», acaricia quién sabe qué, lichis de Madagascar, frutas exóticas, mermelada de maracuyá. «¡Ah!»
Isabel González
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.299 – Parques, qué lugares
Había tantos niños en el parque que volví a casa con uno que no era elmío. Éste traía a un padre de la mano y un par de palomas pegadas a las migas de la cazadora. Entre baños y prisas cuando me quise dar cuenta ya era tarde, una se encariña enseguida y además este crío dormía mejor que el mío. El padre cocinaba, hacía unos masajes de pies que me quitaban los atisbos incómodos de la conciencia y las dos palomas, instaladas junto a los geranios, cagaban sin cesar a la vecina antipática del tercero. La situación era perfecta, ellos no parecían haber cambiado de madre y daban a la vida un aspecto de continuidad natural y desenvuelta. Tanto, que me pareció extraño, pero cuando quise volver al parque para dejarlos de nuevo en su sitio no hubo forma de darles esquinazo. Ni ese día, ni los siguientes, y así llevamos quince años.
María Fraile
http://mariafraile75.blogspot.com.es/2016/01/parques-que-lugares.html
3.298 – Los pecados del viajero
A Leandro le encanta viajar en tren. No por evitar atascos o rememorar su niñez, sino por motivos más carnales: el vaivén del Cercanías, unido a la visión de tantos cuerpos voluptuosos, le provoca una excitación dificil de superar. Así, se pasa cada viaje imaginando las prácticas sexuales más retorcidas con cada una de las viajeras, encontrándoles a todas algún encanto. Al llegar a su parada marcha, casi a la carrera, hasta su trabajo y se alivia recordándolas. Una vez saciadas sus ansias se pone la sotana y se reconcilia con Dios repartiendo a sus feligreses castigos y penitencias.
Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016
3.297 – Juguetes
3.296 – Pesadilla
Sobre su recurrente sueño siempre flotaba la angustia de despertarse.
Enrique Rius Peña
https://cortominuto.wordpress.com/2017/03/24/pesadilla/
3.295 – El as en la manga
Cuando murió mi padre, me tocó vaciar su armario. No me dieron problemas las camisas, de las que extraía la percha como si les arrancara el esqueleto, ni los pantalones, ni siquiera la ropa interior. Pero las chaquetas me lo hicieron pasar mal. Sostengo que es en esa prenda donde se concentra más identidad que en ninguna otra. Veía una chaqueta y veía a mi padre entero. Tenía una de espiguilla que por alguna razón le gustaba muchísimo. Cuando envejeció, comenzó a usarla para andar por casa, como si fuera un albornoz. Y le sentaba extrañamente bien, pese a que los bolsillos se habían convertido en bolsas y las solapas habían perdido el apresto de sus mejores días. Lo recuerdo sin afeitar, sentado frente a la tele, con aquella chaqueta vieja que le daba un aire un poco bohemio, descuidado. Parecía un viejo interesante.
Pues bien, ahí estaba la chaqueta, en el armario, de donde la saqué como el que extrae un órgano de un cuerpo. Sentí la tentación de ponérmela, pero no me atreví. Era como meterse en otra piel. Si persistía en hacerme mayor, ya tendría yo mi propia chaqueta. Revisé los bolsillos, por si hubiera algo en ellos. Cuando los padres mueren, los hijos buscamos desesperadamente mensajes suyos en cualquier parte. Siempre tenemos la impresión de que se fueron sin decirnos algo esencial para la vida. Quizá esa información esencial se encuentre en un libro, en el interior de una sopera, dentro de una caja de zapatos… Los bolsillos de la chaqueta esencial de mi padre estaban vacíos, pero al ir a doblarla noté una dureza en la manga. Introduje la mano con miedo, como si la estuviera metiendo dentro de una madriguera, y tropecé con un as de copas sujeto al forro con un alfiler.
Mi padre guardaba un as en la manga. Durante unos minutos permanecí perplejo. No era jugador de cartas, ni de ninguna otra cosa, por lo que aquello sólo podía tener un carácter simbólico. Lo curioso es que mi padre tenía un pensamiento muy literal. La carta en la manga lo delataba. Fui al cajón donde guardaban la baraja con la que se jugaba en Navidad y no le faltaba el as. Lo había traído de otro sitio. Mi padre me dejó de herencia, además de la chaqueta, un secreto.

