Me apunté a un curso de filosofía transpersonal, un seminario cuyo objetivo era algo así como remover nuestro interior para sacarlo fuera, dejando el exterior dentro, más o menos. Me pasa siempre con estas cosas que me cuesta ponerme en situación. Cuando ya todos estaban meditando con los ojos cerrados, yo aún no podía quitarme de encima la sensación de estar haciendo el ridículo, allí sentado en la posición del loto. Intenté sacar mi yo interior y mutarlo por mi ello exterior, tal y como decía el profesor, pero sólo conseguí que me doliera el estómago por acumulación de gases.
Mes: diciembre 2014
2.101 – Inseguridades
Apuraba tranquilamente el gin-tonic de media tarde, cuando en la mesa de al lado un individuo le dijo a otro que estaba muy contento, porque el médico, tras un chequeo, le había dicho que todo estaba en orden.
-El colesterol y la tensión también -preguntó el otro-, ¿todo?
-Todo, sí. Me dan ganas de irme a bailar.
Los dos habían superado con creces (qué rayos significará creces) la cincuentena y parecían hermanos. Tras unos segundos de silencio, el que parecía más joven continuó preguntando.
-¿Y el PSA está en orden?
-En orden. Además me he hecho una ecografía pélvica y la próstata tiene el tamaño de un tipo de cuarenta años. Por otra parte, y como hace ya siete años que he dejado de fumar, me ha dicho el médico que tengo los pulmones de un no fumador. Como si no hubiera fumado nunca.
-¿Te importa que encienda un cigarrillo? -preguntó el hermano aguafiestas.
-Tú verás, son tus pulmones, es tu vida. Tienes cuatro años menos que yo, todavía estás a tiempo de dejarlo sin pagar por ello.
La conversación comenzó a parecerme sobrecogedora.. Había por debajo de lo que hablaban una fe ciega en la culpa y una fe ciega también en la suerte. La vida era una combinación de suerte y de fe. Si dejabas de fumar y tenías suerte, podías regresar al principio, reiniciarte como un ordenador. La suerte, por su parte, se atraía con gestos de la voluntad.
El fumador dio un par de caladas, con la mirada perdida, como si buscara dentro de sí otro argumento para amargarle la tarde al hermano mayor.
-¿Te has hecho también una colonoscopia? -preguntó al fin.
-¿Una colonoscopia? No, ¿por qué?
-A partir de los cincuenta conviene. Un vecino mío estaba bien de todo, excepto por unas formaciones musgosas que le salieron en el intestino, a la altura del colon. Duró dos meses, y no había fumado nunca.
-No hay modo de estar seguro de todo -respondió con expresión de derrota el mayor.
-Es lo que te quería decir -concluyó el fumador.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.100 – Problemas legales de las enredaderas
Una mujer se convierte en enredadera. Crece lentamente cubriendo las paredes exteriores y el techo de la casa. Sus herederos intentan ejercer sus derechos. Se nombra a un abogado, se acude a tribunales, se cosen expedientes. Sin embargo, resulta imposible certificar la muerte. La enredadera asiste a las audiencias con las raíces envueltas en algodón húmedo, exhibe sus documentos, responde cortésmente a las preguntas del juez, que (es evidente) le tiene miedo. Uno de los nietos se atreve a la tijera de podar. Al separar la planta de sus raíces, se derrumban las paredes de la casa, que sólo la enredadera sostenía. Lamentablemente, el terreno vale poco.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
2.099 – Una lágrima
A lo largo de los años cada tanto aparece en mi Outlook el mensaje de un misterioso admirador proponiendo encontrarnos tal día a tal hora en tal café a tomar un café. Me alegro y de inmediato acepto. Pero él siempre cancela a último momento. A pesar de lo reiterado del juego, mientras la invitación titila, yo me pregunto, ilusionada: ¿será tórrido, fuerte, negro, dulce, con buena y espumante leche, estará cortado? Me refiero al café, naturalmente.
Luisa Valenzuela
Juego de villanos. Thule Ediciones S.L. 2008
2.098 – Envidia
2.097 – La pérdida del amor
Mi antiguo enamorado me tenía entre algodones de azúcar y siempre repetía que yo era la más dulce; era su bombón de chocolate, su caramelo masticable. Por desgracia una creciente diabetes lo obligó a apartarse de mi lado.
La separación me agrió a tal punto el carácter que a mi nuevo pretendiente le produje acidez. Ahora a ninguno el resulto apetecible. Muy a mi pesar tendré que alejarme de esta secta de caníbales entre los cuales me sentía muy querida si bien algo diezmada.
Luisa Valenzuela
Juego de villanos. Thule Ediciones S.L. 2008
2.096 – La casa encantada
Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
-Espéreme un momento -suplicó-, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.
-Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?
-Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es?
-Usted -dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.
Anónimo, recogido por Edmundo Valadés
2.095 – Rueda de prensa en la Bienal
En una de las salas de la Bienal de Venecia abarrotadas de público y medios de comunicación, la artista explicaba su
proyecto de performance múltiple.
Mientras la escuchábamos, en el interior de nuestro oídos, sus palabras se hundían más y más en lo oscuro. Su expresión
densa y pegajosa se adhería con fuerza a nuestros sentidos dejándonos marchitos, como bajo el influjo de una poderosa
succión que nos vaciaba de toda energía, de toda posibilidad de comprensión. Despojados de toda estructura, nuestros cuerpos
quedaban reducidos a nimia materia ausente deshaciéndose en el fondo de un armario.
Frecuentemente en este tipo de actos ocurría que la artista transportada hacia las alturas por lo sublime de sus
pensamientos, traspasaba el techo para perderse grácil entre las nubes, mientras nuestros ojos vacunos seguían su ascenso
hasta notar sobre nuestras cabezas el excremento de ilegibles aves, entonces, el acto tocaba a su fín y la mayor parte de
nosotros regresábamos a nuestros hogares manchados por el peso de nuestra ignorancia.
Julia Otxoa
Retrato de familia con fantasma. Ed. Menoscuarto,2013
2.094 – El pecador
Cruzaba la calle, cuando de repente un automóvil ha pasado ante mí a toda velocidad, rozando imperceptiblemente mi abrigo. Me he puesto pálido. «Ha podido matarme», he musitado con voz muy queda. Miro en derredor. Nadie, nadie se ha percatado del peligro que he corrido. Pasa ante mí un hombrecillo. Lo detengo. «¡Por poco me mata!». «¿Quién?». Me mira como si estuviese loco. No insisto. Se aleja presuroso, volviéndose de vez en cuando para observarme. ¿Qué debo hacer para suscitar el interés del prójimo? ¿Acaso no es suficiente haber estado a punto de perecer? ¿Necesitan más? ¿Es preciso que me muera… total y definitivamente? Un remolino de gente curiosa. Un guardia que repite nerviosamente: «Circulen, circulen…». Quizá yo esté oyéndolo todo… y sin poder moverme. ¿Será así la muerte? Una horrible duda me asalta…
¿Estoy o no estoy en pecado mortal? No lo recuerdo. El primer mandamiento, el segundo, el tercero… un sudor frío se ha apoderado de mi cuerpo. Acabo de recordar que estoy en pecado mortal. Afortunadamente, y por concesión papal, que figura en un cuadrito en la cabecera de mi cama, y que un pariente me trajo de Roma, basta con que diga «Jesús» y habré salvado mi alma. Más difícil hubiese sido recitar aquel largo acto de contrición… Pero ¿hubiese tenido tiempo, con aquel coche, de pronunciar «Jesús»? Temo que no. Vuelve a apoderarse de mí el sudor frío. Es preciso que me confiese ante un sacerdote. Comienzo cautelosamente a caminar, hacia una iglesia. Por fortuna, no es necesario cruzar ninguna calle. Pegado a las paredes, temiendo que una teja acabe con mi vida, me dirijo fatigosamente al confesionario…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.093 – Attilia…
Attilia Novi cuenta, en sus memorias de cortesana comprometida con el poder fascista, una extraña anécdota. Se trata -nos dice- de un recuerdo de sus años rebeldes, cuando una mañana vio correr a un muchacho único precedido por su sombra.
El profesor Monti, relojero muy preciso en sus consideraciones, sostiene que, en buena lógica, debería entenderse al muchacho como sombra, y a la sombra como cuerpo en movimiento. De esta manera -concluye- no habrá peligro de equivocarnos.
Attilia Novi, no sin cierta añoranza, concluye la historia narrándonos cómo aquel singular joven dedicó su vida al circo, y en él estuvo hasta que -oh milagro de la metamorfosis- su cuerpo llegó a oscurecer tanto como la sombra, y esta adquirió con el tiempo corporeidad humana.
