Un fama tenía un reloj de pared y todas las semanas le daba cuerda con gran cuidado. Pasó un cronopio y al verlo se puso a reír, fue a su casa e inventó el reloj-alcachofa o alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse.Julio Cortazar
Un fama tenía un reloj de pared y todas las semanas le daba cuerda con gran cuidado. Pasó un cronopio y al verlo se puso a reír, fue a su casa e inventó el reloj-alcachofa o alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse.Julio Cortazar
— Mi ejemplar único —le decía las noches en que había echado algo mas que un párrafo con cierto cabo de buen renglón.
Max Aub
¿No hubo acaso un momento de mi vida – y de la tuya, lector – en que todo era posible?
Aquella noche debía decidir si iba a abandonarla. Llegó a casa de madrugada y descubrió que su esposa se había quedado dormida en su lado de la cama. Se acostó en la mitad del colchón que no le correspondía. Echó de menos su almohada, gruesa y firme, gran consejera y tuvo que pelearse con la de su mujer. Él amaneció temprano, dispuesto a ponerse el vestido rojo para la boda del sábado. Ella, extrañamente resuelta a huir con la joven amante que ignoraba tener.
Teresa Serván
Un hombre entra a la tienda. La chaqueta de cuero, gastada, sucia, atrapa su mirada de inmediato. La dependienta musita un precio ridículo, como si quisiera regalársela. Sólo porque tiene un orificio justo en el corazón. Sólo porque tras el cuero, el chiporro blanco tiene una mancha rojiza que ningún detergente ha podido sacar. El hombre sale feliz a la calle.
A pocos pasos, unos enmascarados disparan desde un callejón. Una bala hace un giro en ciento ochenta grados de su destino original. Se diría que la bala tiene memoria. Se desvía y avanza, gozosa, hasta la chaqueta. Ingresa, conocedora, en el orificio. El hombre congela la sonrisa ante el impacto.
La dependienta corre a desvestirlo y a colgar nuevamente la chaqueta en el perchero.
Lima sus uñas, distraída, aguardando.
Pía Barros
Junto a mí, en el autobús, está sentado un hombre. Puedo oler su cuerpo. Sus manos están agredidas por un trabajo incierto. Fabulo que ha venido del Este, quizá esperando encontrar una tierra de frutos abundantes. Puede ser que tenga una historia fortificada por el dolor. Imagino su desvelo por conseguir permisos, certificados, leyes justas. El hombre no repara en mí, puede qué no tenga tiempo. Entonces me distraigo oyendo el ruido de su respiración y me siento unido a él por un paisaje de casas perversas, de árboles agotados. De pronto, siento la necesidad de ser su amigo, de beber juntos litros de alcohol, de cantar con fuerza canciones tristes; luego perdernos en un viaje hasta una ciudad, digamos Estambul, donde los dos seríamos extranjeros y nos bañaríamos en el mar de Mármara, riendo incansablemente.
Carmen Vega
Un mendigo que caminaba por la mezquita vio a Nasrudín rezando en el tejado. El mendigo, fingiendo que no lo había visto, preguntó: «Dios, ¿eres tú el que está ahí arriba?».
«Sí», respondió Nasrudín eufórico porque alguien pensaba que era Dios.
«¿Qué duración pueden tener cien años para ti?, preguntó el mendigo.
Nasrudín respondió: «La misma que para ti un segundo».
«¿A cuanto equivalen cien mil monedas de oro para ti?».
«A una moneda de oro», respondió Nasrudín.
«Entonces, ¿me puedes dar una moneda de oro?», preguntó el mendigo.
«Espera un segundo», fue la respuesta de Nasrudín.
Cuentos de Nasrudín
En mi libro La Guerra Grande (Buenos Aires, 1872) relato un episodio del que fui testigo: «Después de la batalla de Quebracho Herrado, el coronel dio orden de enterrar a los muertos de ambos bandos. El sargento Saldívar y ocho soldados se encargaron de la macabra tarea. Recuerdo que le dije a Saldívar: -Pero sargento, algunos no están muertos, óigalos quejarse, y usted los entierra lo mismo. Me contestó: -Ah, si usted les va a hacer caso a ellos, ninguno estaría muerto. Y siguió, nomás, enterrándolos. Por esa salida lo ascendieron a sargento mayor».
Ahora vengo a enterarme de que el mismo episodio, mutatis mutandis, lo cuentan Aulio Minucio (Rerumgestarum Libri), el duque de Chantreau (Mémoires sur le régne de Louis XIII) y el general Alfonso Cavestany (Crónica de las guerras carlistas).
Marco Denevi
No hay caricia más perfecta que el leve roce de una mano de ocho dedos, afirman aquellos que en lugar de elegir a una mujer, optan por entrar solos y desnudos al Cuarto de las Arañas.
Ana María Shua
“Dijo que de mí le gustaban mis sentimientos, mi formación cultural, mi cuerpo, mi forma de hacer el amor, mi actitud ante la vida… Pero nada más que eso. Estoy desconcertada”.
Orlando Romano