El recto

juan ramon jimenezTenía la heroica manía bella de lo derecho, lo recto, lo cuadrado. Se pasaba el día poniendo bien, en exacta correspondencia de líneas, cuadros, muebles, alfombras, puertas, biombos. Su vida era un sufrimiento acerbo y una espantosa pérdida. Iba detrás de familiares y criados, ordenando paciente e impacientemente lo desordenado. Comprendía bien el cuento del que se sacó una muela sana de la derecha porque tuvo que sacarse una dañada de la izquierda.
Cuando se estaba muriendo, suplicaba a todos con voz débil que le pusieran exacta la cama en relación con la cómoda, el armario, los cuadros, las cajas de las medicinas.
Y cuando murió y lo enterraron, el enterrador le dejó torcida la caja de la tumba para siempre.

Juan Ramón Jiménez

La mujer que vuela

ana maria shua 8 Puedo volar -dice la mujer. Se la ve grande y cansada. Fue bella.
– Trapecista. Una genial trapecista- entiende el director del circo.
– No. Yo vuelo. De verdad.
– ¿Con cables invisibles? ¿Con un sistema de imanes, como el mago David Copperfield?
– Usted no entiende. Como Súperman.
La mujer alza el vuelo y da una vuelta completa alrededor de la carpa.
– Una gran artista. Pero no es este su lugar, señora – el director es sincero y odia tener que rechazar a una gran artista. – Este es un modesto circo de minicuento. Estoy seguro de que tendrá más suerte en una novela de realismo mágico.

Ana María Shua

Crítica literaria

pilar_galan_2bPara mí que lo de las metáforas es un invento, de ellos, de los de siempre. Te lees un poema que no se entiende nada, que no sabes si están hablando de un perro o de lo triste que está el poeta, vengan torres, o rosas desnudas o tardes azules. Y te explican que es que está lleno de metáforas. Acabáramos. A ver si es que cuando uno no quiere que se le entienda habla en metáforas. Pues para metafórico el tonto de mi pueblo cuando masculla. Eso sí que es un no entender. Luego, carraspea, aclara la garganta y echa un gargajo como quiera. No he visto mejor poema en mi vida.

Pilar Galán

Séptimo


A
bro los ojos
y todo está oscuro. Se me ocurre decir la siguiente frase: haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras. Todo a mi alrededor cambia y me animo porque cuando he despertado no sabía quién era y ahora hay bastantes posibilidades de que sea el mismísimo Dios del universo (llenos están el cielo y la tierra de mi gloria).
Paso así los siguientes días. Me canso. Dios no se cansa nunca, así que lo más probable es que esté equivocado. El séptimo día, hundido y desencantado, lo dedico a dormir profundamente.
Mañana será otro día.
Federico Fuertes Guzmán

Como acercarse a las fábulas

Augusto_Monterroso2_redimensionarCon precaución, como a cualquier cosa pequeña. Pero sin miedo. Finalmente se descubrirá que ninguna fábula es dañina, excepto cuando alcanza a verse en ella alguna enseñanza. Esto es malo.
Si no fuera malo, el mundo se regiría por las fábulas de Esopo; pero en tal caso desaparecería todo lo que hace interesante el mundo, como los ricos, los prejuicios raciales, el color de la ropa interior y la guerra; y el mundo sería entonces muy aburrido, porque no habría heridos para las sillas de ruedas, ni pobres a quienes ayudar, ni negros para trabajar en los muelles, ni gente bonita para la revista Vogue.
Así, lo mejor es acercarse a las fábulas buscando de qué reír.
Eso es. He ahí un libro de fábulas. Corre a comprarlo. No, mejor te lo regalo: verás, yo nunca me había reído tanto.
Augusto  Monterroso

Suplicio

cupido_death«Los dos debemos morir a la vez», le dijo él a ella. «Recuerda que fue nuestro sagrado compromiso ayudarnos el uno al otro, el otro al uno», le dijo él a ella.
«Sí, pero yo amo a otro, y mi compromiso ahora es con él», le dijo ella a él, «y tú debes morir solo, sin embargo por fidelidad a cuanto nos dijimos, mi deber es ayudarte».
El ingenuo hombre la escuchó sorprendido, mientras ella tranquila fue hasta !a gaveta del nochero, sacó el revólver, lo miró y con un poco de compasión apuntó bien. Ambos sonrieron.
Carlos Alberto Agudelo Arcila

Agradecimiento

JULIA OTXOAHortensia Salazar recogió de la tintorería el abrigo rojo que días atrás había dejado para limpiar. El abrigo traía en su bolsillo izquierdo una pequeña carta dirigida a ella. Se le invitaba a acudir a una misteriosa cita en la playa, el martes doce a las tres de la tarde.
La dama, picada por la curiosidad, acudió a la cita y esperó por espacio de tres largas horas. Cuando cansada e indignada se disponía a marcharse, un niño le entregó otra carta de color verde. En ella, el misterioso personaje, que firmaba con las iniciales A.Z. se excusaba por no haberse presentado y le volvía a convocar para dentro de siete días en los jardines de la catedral.
Hortensia Salazar guardó fidelidad ininterrumpida durante más de veinte años a los sucesivos requerimientos, a pesar de que a ellos, jamás acudió nadie.
Gracias a la diversidad geográfica de las citas, la paciente dama llegó a conocer perfectamente todos los rincones de su ciudad. Y cuando murió, siendo ya muy anciana, lo hizo quedando profundamente agradecida a aquel desconocido, que durante tantos años había llenado su vida, manteniendo viva en ella la llama de la pasión por lo ignorado e inasequible.

Julia Otxoa