2.789 – Tuning

martin gardella  Con cuatro horas diarias de gimnasio, una dieta estricta y largas sesiones de bronceado, el anciano logró cambiar su aspecto en pocos meses. Afeitó barba y se mudó al Hemisferio Sur, donde cambió la calurosa chaqueta roja por una guayabera multicolor. Luego, vendió el viejo trineo para comprar un descapotable último modelo, y contrató a un fotógrafo prestigioso para que lo retratara en una playa, exhibiendo sus brazos recién tatuados.
Esa Navidad, repartió juguetes en tiempo récord, con la vitalidad de un hombre nuevo. Eso sí, con su imagen diferente impresa en las tarjetas, aquel año Unicef no vendió ni una postal.

Martín Gardella

2.788 – Cuento de Navidad

a_m_SHUA43  El mundo está lleno de tipos así. Usa el pelo largo y canoso como un hippy viejo o un mendigo. No tiene familia. Le faltan dientes. Si Jesús hubiera llegado soltero a los cincuenta, se parecería a él. De vez en cuando los muchachos le pagan un Vino para escucharlo hablar en Arameo. El problema es el barrio, la solidaridad de esquina. El día de Nochebuena se esconde para evitar que le festejen el cumpleaños en vez de crucificarlo decentemente, como a otros más afortunados.

Ana María Shua

2.784 – El asaltante

jose_antonio_ayala  Regresaba a su casa algo tarde, en las primeras horas de la madrugada. La ciudad aparecía silenciosa y solitaria. Cerca de su domicilio se cruzó con aquel hombre, de no mala apariencia. Este, pareció de pronto escudriñar atentamente toda la calle a sus espaldas, se le acercó y le dijo casi en un susurro:
-¡Cuidado! Hay alguien que le sigue a usted. Y tiene mala catadura… Por favor, no vuelva el rostro.
El otro no supo qué decir, o mejor balbuceó algo atemorizado que esperaba llegar a su casa a salvo, ya que no estaba muy lejos de ella.
-Si está tan cerca le acompaño -se ofreció su interlocutor-, con dos personas no se atreverá a un asalto.
Así lo hicieron, y cuando llegaron a la casa del primero, éste, por una elemental cortesía, le invitó a subir a su casa y a tomar una copa.
Una vez en el piso, el visitante sacó una navaja de grandes dimensiones y conminó al propietario a entregarle el dinero y las joyas que tenía. Al despedirse exclamó:
-Lo siento, pero no me gusta robar en plena calle, donde siempre puede acudir alguien o alertar a los vecinos con algún grito.

José Antonio Ayala
Chispas (101 microcuentos). 2005

2.783 – El incendio

Ana_MariaMatute  El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz largo amarillo y aquél por una punta azul y la otra rojo. Fue con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa, y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran naranja, rojo, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina con sus colores. Sus lápices -sobre todo aquél de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que le abrasó.

Ana María Matute
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005

2.782 – La humildad premiada

julio torri  En una Universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí brillante porvenir en la crítica literaria.
Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos en la mañana siguiente. Tan inaudita facultad de repetir con exactitud constituía la desesperación de los más consumados constructores de máquinas parlantes.
Y así transcurrieron largos años hasta que un día, a fuerza de repetir ideas ajenas, nuestro profesor tuvo una propia, una pequeña idea propia reluciente y bella como un pececito rojo tras el irisado cristal de una pecera.

Julio Torri
Por favor, sea breve. Ed, Páginas de espuma 2001

2.781 – Cortísimo metraje

julio_cortazarqw  Automovilista en vacaciones recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la ciudad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del auto-stop, tímidamente pregunta si dirección Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro, lacónicamente a las preguntas del que ahora, mirando los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al término de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en lo más espeso. De reojo sintiendo como cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror poco a poco. Bajo los árboles una profunda gruta vegetal donde se podrá, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los hombros. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura para arrastrarla entre los árboles, pistola del bolso y a la sien. Después billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que abandonará algunos kilómetros más lejos sin dejar la menor impresión digital porque en ese oficio no hay que descuidarse.

Julio Cortazar
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005