Como quien mira por la ventana del bar, miro la ventana. El tipo que me ve desde afuera entra para interpelarme.
-Me gustás.
-Lo mismo digo.
-¿Yo también te gusto?
-Nada de eso, me gusto yo. Me estaba mirando en el reflejo.
Categoría: General
2.931 – El alma en los retratos
Los nativos no permiten que se les tomen fotografías porque suponen que quien se adueña de su imagen tendrá también poder sobre su alma. Esto es rigurosamente cierto en relación con los negativos pero no se aplica a las copias.
Lo cierto es que la mayor parte de los fotógrafos no lo saben o no lo creen. Confiados en esa ignorancia, muchos nativos se dejan fotografiar por dinero. Sólo la primera vez es peligroso. Cuando un alma tiene varios dueños, sus órdenes (en caso de que las den) se contradicen y se anulan.
Esa contradicción interna es el origen de muchas gastritis, pero no causa ningún otro inconveniente.
Ana María Shua
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005
2.930 – El falo mágico
Psique, una púdica joven de dieciséis años, fue obligada por sus progenitores a casarse con Heros, un viejo impotente aunque muy rico. Para disimular su desfallecimiento de verga, Heros usaba un falo artificial que le había construido la maga Calipigia a cambio de una gruesa suma de dinero. Como la alcoba matrimonial, por orden del anciano, permanecía siempre a oscuras, Psique jamás se enteró del ardid. Parecía satisfecha y redoblaba con su esposo los transportes de la pasión. Cuando quedó embarazada, Heros debió tragarse la ira, pero no podía ocultar un semblante sombrío cada vez que lo felicitaban por su tardía paternidad. La maga Calipigia lo llevó a un aparte y le dijo: «¿Por qué pone esa cara?
¿Quiere que la gente murmure? Vamos, quítese de la cabeza la idea de que Psique lo ha engañado con otro hombre. Lo que ocurre es que el falo que le vendí posee, entre otras virtudes, la facultad de la procreación. No se lo dije antes de estar segura de que Psique era fértil. Ahora que lo sé se lo digo. Entre nosotros ¿no merezco alguna recompensa adicional?». Y lo miró con expresión severa. Heros recobró o hizo como que recobraba el buen ánimo y volvió a entregarle a Calipigia una considerable suma de dinero. Tan mágico era aquel falo que Psique tuvo siete hijos: dos morenos, dos rubios y tres pelirrojos.
Marco Denevi
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015
2.929 – El sicario
Con inflexible rigor, su padre lo había echado de la casa cuando aún era un muchacho. Sin embargo ahora, pasados veinte años, quiso que volviera y mandó que le adelantaran dinero a cambio de un borroso servicio por cumplir.
Él volvió. Era temido y tenía fama de ser tan estricto con su palabra como inexorable en el trabajo. La noche convenida le señalaron a su víctima. Silencioso, se le acercó por atrás y amartilló el arma. El padre se dio vuelta. Sin el menor signo de turbación, los dos hombres se sostuvieron la mirada. Perdió el sicario: bajó los ojos y puso el revólver en la mano que el padre le extendía.
-Gasté el dinero -dijo-. Pero nunca he robado ni faltado a mi palabra.
-Y no va a ser por mí que lo hagas -dijo el padre y, tan inflexible como hacía veinte años, se llevó el revólver a la sien y disparó.
Raúl Brasca
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005
2.927 – Historia mínima
Aldea y páramo. Sol de ocaso. PADRE e HIJO están sentados en la linde del camino que conduce al cementerio. Sobre la tierra húmeda, los gusanos avanzan gracias a las contracciones de una capa muscular subcutánea.
HIJO. Padre.
PADRE. Dime.
HIJO. (Alargando el brazo y señalando el horizonte.) Mira aquel molino.
PADRE. ¿Dónde ves tú un molino? Hijo. Allí.
PADRE. Aquello no es un molino, hijo. Hijo. ¿Qué es, entonces?
PADRE. Un gigante.
HIJO. ¿Un gigante?
PADRE. No hay duda. Fíjate bien. Ahora está quieto, otean
do el paisaje. Pero dentro de un momento se pondrá a caminar y a cada zancada avanzará una legua.
HIJO. (Tras un intervalo de silencio.) Padre.
PADRE. Dime.
HIJO. (Con voz compungida.) Yo no veo que sea un gigante.
PADRE. Pues lo es.
HIJO. ¿Un gigante con puertas y ventanas? ¿Un gigante con tejas y aspas?
PADRE. Un gigante.
HIJO. (Tras una pausa.) Padre.
PADRE. Dime.
HIJO. Yo sólo veo un molino.
PADRE. ¿Cómo? ¿Un molino?
HIJO. Sí, un molino. El mismo de siempre.
PADRE. (Con voz grave.) Tomás.
HIJO. Qué.
PADRE. (Volviendo lentamente la cabeza y mirando en derechura a los ojos del hijo.) Me preocupas.
Silencio. PADRE e HIJO permanecen inmóviles, sin cambiar ya más palabras. Llega por fin la noche y la luna se enciende.
Javier Tomeo
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.926 – Tú no eres quien yo espero
Justo antes de que llegara a la ventana, Rapunzel sacudió su trenza hasta hacer caer al príncipe al vacío. Lo mismo sucedió con los siguientes pretendientes. La bruja se inflaba de orgullo por el comportamiento ejemplar de su protegida. Hasta que un día llegó una princesa.
Hugo López Araiza Bravo
http://1antologiademinificcion.blogspot.com.es/2011/04/hugo-lopez-araiza-bravo.html
2.923 – Invención del Carnaval
En aquel primer Carnaval del mundo, cuando aún no existían más seres humanos que los que componían la primera pareja, Adán sintió ganas de disfrazarse para dar broma a Eva, y tomando un pámpano, le abrió los dos agujeros de los ojos y lo convirtió en careta. Después envolvió su cuerpo en grandes hojas de tabaco y de esa guisa se dirigió a Eva.
Eva, un poco sorprendida ante aquella voz de falsete que le preguntaba con insistencia: «¿Quién soy?, ¿quién soy?», respondió:
—¡Pedro!
Ramón Gómez de la Serna
Disparates y otros caprichos
2.922 – El tiovivo
El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro al blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía:
«Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas, y no lleva a ninguna parte». Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro, que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos por entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. «Qué hermoso es no ir a ninguna parte», pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.
Ana María Matute
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.920 – Que las almas sepan en cada momento y ocasión a qué atenerse
-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida. Dime, hija; de qué te acusas.
-Prefiero confesarme por los Mandamientos.
-Muy bien. A ver: el Sexto Mandamiento. ¿Libro?
-Libro tercero; artículo ciento sesenta y tres.
-¿Sección quinta?
-Sí, Padre. Párrafo octavo: apartado segundo.
-Ay, hija; has vuelto a las andadas. ¿Cuántas veces?
-Pues casi todas las tardes, desde hace un mes.
-O sea, algo menos de treinta veces. Bien, has tenido suerte; afortunadamente estás dentro del apartado dieciséis y te aplica la reducción de la cláusula once.
-Tenía entendido que la cláusula once había sido invalidada en una resolución del concilio de Nimes.
-Efectivamente, pero como en el adéndum primero se hace mención expresa al subapartado dos, a la espera de un más claro pronunciamiento del sínodo, queda vigente todo el capítulo seis.
-Me asombra, Padre. Tiene usted una memoria prodigiosa.
-A ver, hija; son ya muchos años de práctica sacramental. Bueno, vamos con el libro cuarto, ¿Artículo?
-El treinta y cuatro, y me parece que el cincuenta y seis también.
-¿El cincuenta y seis? Por Dios, hija mía. ¿No será el párrafo dos?
-No, Padre; eso sí que no…
-El párrafo siete entonces, ¿eh, picaruela?
-Padre; me va a sacar usted los colores…
Alberto Escudero
https://albertescudero.wordpress.com
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.919 – La mano de obra celestial
En la sierra ecuatoriana, se alza la iglesia de Licto.
Esta fortaleza de la fe fue reconstruida, con piedras gigantescas, mientras nacía el siglo veinte.
Como ya no había esclavitud, o eso decía la ley, indios libres cumplieron la tarea: cargaron las piedras a sus espaldas, desde una cantera lejana, a varias leguas de allí, y unos cuantos dejaron la vida en el camino de quebradas profundas y senderos angostos.
Los curas cotizaban en piedras la salvación de los pecadores. Cada bautismo se pagaba con veinte bloques y veinticinco costaba una boda. Quince piedras era el precio de un entierro. Si la familia no las entregaba, el difunto no entraba al cementerio: se lo enterraba en tierra mala, y de ahí marchaba derechito al Infierno.