La imaginaba etérea, esbelta, hermosamente joven, dejando correr sus dedos por las teclas en la penumbra de un cuarto oliendo a violeta o jazmín. Huérfana de madre, quizás. Dulce y tímida, con certeza. Así la describían las melodías que se filtraban todas las tardes por las rendijas de los postigos cerrados. Siempre cerrados. Y entonces, mientras el barrio se aletargaba en las horas de siesta, él, oculto tras las cortinas de su hotel sin estrellas, soñaba con la ventana misteriosa abriéndose frente a su habitación, con el cruzar de las miradas por encima de la calle dormida, con el encuentro inevitable, dentro de poco, sí…En la penumbra, el viejo pianista tocó el último acorde, maldiciendo entre dientes contra los reumatismos, los postigos malogrados, su pensión de miseria y el mirón del frente oculto tras las cortinas.
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1.211 – «El Quelonius Lepus»
De origen posterior al Diluvio (durante el cual se produjeron inexplicables cruces), el Quelonius Lepus fue el único ser vivo de la familia de los sauromamíferos, caracterizado por tener cuerpo de liebre y caparazón de tortuga. A pesar de la agilidad que le daban sus patas cortas y peludas, se caracterizaba por ser un animal de movimientos vagos y limitados. Cuando iniciaba una caminata hacia cualquier destino, su rostro mostraba el entusiasmo propio de un velocista, pero el cuerpo se movía al ritmo de un perezoso. Semejante contradicción lo convertía en un bruto carente de personalidad, y también de amigos.
Martín Gardella
http://nalocos.blogspot.com.es/2010/03/martin-gardella.html
1.209 – Revelación
1.208 – Bebo tu boca
1.207 – El niño que no sabía jugar
Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra, con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. «Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir.» Pero el padre decía, con alegría: «No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa».
Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.
Ana María Matute
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Edición de David Lagmanovich. Ed MenosCuarto – 2005
1.206 – Un museo de objetos monstruosos
Cuando descubrí en Alta Gracia aquella tetera en forma de cabeza de negra fumando un cigarro, imaginé la posibilidad de reunir un museo de objetos monstruosos; pero muy pronto comprendí que ese depósito sería como una enfermedad en la casa y que yo pasaría por el lugar atroz, con asco y aun con miedo. Hay que vivir lejos de las cosas feas, me dije: no tolerar que la perversa curiosidad nos eche en brazos de cualquier mujer ni que en la lista de obras aparezcan los primeros libros.
Adolfo Bioy Casares
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Edición de David Lagmanovich. Ed MenosCuarto – 2005
1.205 – La analfabeta
Nunca había ido a la escuela y, ahora, a sus cincuenta y nueve años, estaba comenzando a aprender a leer y escribir en las clases nocturnas para analfabetos. Y estaba fascinada.
Escribía muy despacio, pasándose la lengua por los labios mientras trazaba los palotes de las mayúsculas de su nombre: MARÍA; lo leía luego, y decía:
—¡Esta soy yo!
Y se ponía muy contenta, lo mismo que cuando escribía las palabras de las cosas que tenía a su alrededor: MESA, GATO, VASO, AGUA. Y ya no sabía qué otra palabra escribir, pero de repente se le ocurrió poner: ESPEJO. Leía la palabra una y otra vez, se la quedaba mirando y mirando, pero con un gesto de extrañeza porque no se veía ella en aquel espejo. ¿Y por qué no se veía ella en aquel espejo escrito, si se veía bien claramente, cuando estaba escribiendo? Y se contestaba a sí misma, diciendo que eso sería porque todavía no sabía escribir bien, porque, en cuanto supiera hacerlo, tendría todo lo que quisiera con sólo escribírselo. Porque si no, ¿para qué valdría leer y escribir?, preguntó.
Pero allí todos callaron en la clase, y nadie le contestó. Como si hubiese dicho o hecho algo raro, o qué se yo, con un espejo.
José Jiménez Lozano
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Edición de David Lagmanovich. Ed MenosCuarto – 2005
http://www.jimenezlozano.com/v_portal/apartados/apartado.asp
1.204 – La astilla
Por qué lo hiciste, le pregunta Fernando, emocionado. Y tras unos segundos de mirada baja, entre avergonzada y triste, Juanma niega con la cabeza y le contesta que ahora qué más da. Que lo hecho, hecho está.
A los dos hermanos les separa una mampara de cristal de seguridad, cuatro años de edad v un padre asesinado.
Esta mañana lucía un sol bien dispuesto. Antes de ir a la cárcel, Fernando ha salido a correr una media hora, ha desayunado tranquilo y se ha pasado por la oficina de empleo a que le sellaran la tarjeta del paro. Pensó también en ir a ver a su madre al hospital, pero después consideró que mejor la visitaba por la tarde, pues a los del pabellón de agudos del psiquiátrico, por las tardes les permiten salir a pasear por el jardín si van acompañados de un familiar.
Y qué haces ahora que no trabajas, le pregunta Juanma por hablar de algo. Pues no sé. Hago deporte,echo algún que otro currículum, voy a ver a mamá, responde Fernando como quitándole importancia a la cosa de su desempleo. Y has vuelto a ver a Rocío, pregunta de nuevo su hermano mayor. Sigue con ese otro tío con el que me dijiste que iba. A Rocío ni me la mientes, responde Fernando airado. No te pongas así, hombre. Si la cosa se ha terminado cada uno tiene derecho a hacer su vida como quiera. Así que acéptalo y punto, le dice Juanma exhibiendo madurez.
Antes de contestarle, su hermano pequeño dispersa una violenta mirada por la estrechez de aquella cabina aséptica y mal ventilada, y acaba diciendo con gesto fiero que Rocío es una puta y que ya se enterará cuando la pille.
Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed. Talentura. 2012
http://elalmadifusa.blogspot.com.es/
1.203 – Madrugadas I
Y por la noche, o de madrugada, que nunca ha estado muy claro de qué forma llamar a esas horas intempestivas, ella se levanta, como impulsada por un resorte, y descalza, ya sea invierno o verano, y a tientas, va cerrando o abriendo ventanas, subiendo o bajando sábanas sobre cuerpos dormidos, y echando o quitando algún edredón. Y luego, después de beberse un vaso de agua fresquita, ya no puede volver a dormirse, vete tú a saber por qué, pero en vez de filosofar, escribir, leer lo atrasado, o ver la tele, le da por hacer la comida del día siguiente, mientras musita con desesperación, una y otra vez, cago en la mar, hay que ver qué bien se vivía de hija.


