1.394 – Imagine

Imagine all the people. . .
(John Lennon)

 -¿Qué hay de comer? -Moros con cristianos -¿Otra vez, mujer? -Otra vez, hombre. -¿Te burlas?
-¿Yo? ¿Qué tiene de malo el arroz con frijoles? -¡Que los pones todos los días!… ¿Acaso no tienes imaginación?
-Pues sí, marido, sí la tengo… Cada día imagino que entrarás por esa puerta y me darás un beso y me dirás que estoy muy guapa y que me quieres como el primer día…
-¡Tú estás enloqueciendo! ¿Por qué crees que estoy contigo desde hace veinte años? -¿Porque sí?
-Y porque no, también… Me aburres con tus cosas…
-Pues eso, ya sabes por qué hay moros con cristianos… Para que no dejemos de aburrirnos.

Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012

1.393 – Hermanos

 Seguimos sin hablarnos, mientras las estaciones cambian, anuncian el nuevo año y nos comemos las uvas. En tu país, ha habido inundaciones, en el mío el paro ha aumentado. Además, he tenido dos hijos y tú dos nuevos sobrinos, aunque eso no lo anuncian por televisión. Las noticias terminan y la meteoróloga asegura que mañana lloverá, tanto por tu mundo como por el mío. Si seguimos teniendo suerte, caminaremos por ahí, un día más viejos, compartiendo apellido y todavía enfadados bajo un paraguas gris. Todo eso, si te acuerdas, claro, de que mañana va a llover.

Almudena Sánchez Jiménez
Ganador del 8 de abril de 2010
Relatos en cadena 2009-2010. Alfaguara-2010

1.391 – Conspiración

 El psiquiatra le dio el alta porque ya no presentaba rasgos paranoides. El paciente no percibió la tensión en su mano al despedirle, ni la sonrisa falsa de la enfermera. Tampoco escuchó la conversación que mantuvieron en cuanto salió de la consulta. En el trabajo no reparó en los murmullos de los compañeros a sus espaldas. De vuelta a casa, no se fijó en el hombre que le seguía. Besó a su mujer sin detectar la mirada ansiosa y esquiva.
Esa noche, mientras él dormía, celebraron el éxito del tratamiento.

Rosana Alonso
Los otros mundos.Edit. Talentura, 2012

1.390 – El capitán

 ¡Al ataque!», gritó el capitán, sable en mano, saliendo de la trinchera, decidido, campo a través, contra el enemigo. Nadie se movió. Las balas silbaban por doquier… Al cabo de un rato, el capitán regresó, jadeante y fatigado. «No quiero cobardes en mi compañía. ¡Al que no me siga haré que lo fusilen!», y diciendo esto volvió a salir de la trinchera, gritando el habitual: » ¡Adelante!». Volvieron a silbar las balas y los soldados no se movieron. Esta vez el capitán, afortunadamente, no volvió.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.389 – Pegar a la mujer *

 La hija de Nasrudín fue a su casa un día llorando y quejándose de que su marido le había pegado.
Nasrudín cogió el bastón y le pegó también, Entonces dijo: «Ahora ve a casa y di a tu marido que si pega a mi hija, yo pegaré a su mujer».

Cuentos de Nasrudín

*Repetido otros 28 de diciembre

1.385 – Por estas fechas

 Fue una vecina la que dio el aviso. Al llamar a la policía dijo que el gato de los del tercero, de pelo atigrado y carita de pena, llevaba maullando sin cesar desde hacía dos días. Y que eso le había mosqueado bastante, por lo inusual.
Al llegar se encontraron las persianas bajadas. Penumbra espesa y ese olor dulzón que según las novelas del género siempre anuncia la muerte. Un piso de dos habitaciones, salón, cocina y un baño. En ambos dormitorios, el de matrimonio y el que claramente era el del crío, con un papel azul hasta media pared y una cenefa con dibujos de nubes, los cajones estaban abiertos y vacíos. Durante todo el recorrido que los agentes hicieron por la vivienda, un gato les persiguió algo inquieto, maullando y colándoseles por entre las piernas. El tintineo del cascabel, junto con su desesperante quejido, rompía burlonamente el silencio clínico de aquella inspección ocular.
En el salón se encontraron el televisor encendido, con niebla en la pantalla. Junto al reproductor del DVD, uno de los agentes encontró la carátula abierta de una película de Frank Capra, y entre los dedos rígidos del hombre que yacía desangrado vena abajo en el sofá, una carta de despedida firmada por una tal Anabel, que terminaba con estas dos frases: «Y ahí te quedas con tu puto gato, mamón. Feliz Navidad».
Lo primero que ordenó el sargento fue que le pusieran agua al minino, a ver si conseguían callarlo de una vez por todas.

Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed. Talentura. 2012
http://elalmadifusa.blogspot.com.es/