1.745 – Libertad

sara lew  Esa tarde, al salir de la oficina, Ramiro se encontraba más abatido y tenso que de costumbre, así que decidió volver a casa dando un paseo, callejeando despacio por el barrio viejo de la ciudad. Mientras arrastraba con desgana los pies pensaba en todas esas ilusiones aplacadas con los años, en aquellos anhelos antiguos que las rutinas se habían encargado de domesticar. Como su loca obsesión por volar como los pájaros. Por eso, cuando pasó delante del taller de tatuajes y vio unas extrañas alas tribales que parecían llamarlo desde el escaparate, no dudó en tatuárselas en la espalda, albergando el sueño de que en algún momento se desplegaran. Y así sucedió. Esa misma noche la tinta negra comenzó a emerger de la piel tirante e hinchada hasta cobrar volumen, mientras su dorso crujía y sus omóplatos se crispaban en bruscos espasmos. Debatiéndose entre el dolor y el éxtasis corrió hasta la hondonada para abrir los brazos al cielo. Entonces, en el último impulso, las alas se desprendieron del cuerpo en el que estaban atrapadas y salieron volando.

Sara Lew

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1.744 – La princesa calva

Maria Jesus Lavado Jimenez  Desde que ha descubierto un castillo en miniatura bajo el bonsái que le regaló su tío sus días son menos tediosos. Las horas vuelan mientras  alimenta con migajas a los minúsculos (aunque  voraces) cocodrilos que habitan el foso. Hoy, una bandada de colibrís magenta ha anidado en una almena. A veces juega a estornudar para espantarlos, y ríe cuando le hacen cosquillas en la nariz con su frenético revoloteo. En el interior hay un príncipe. Es delicado y solitario, y al atardecer baila claqué sobre el puente levadizo, aunque su danza posee una cadencia triste. Ella sueña con el día en que termine de menguar (cada día se nota más liviana) y, ya diminuta, puedan ser amigos y jugar a adivinar el animal en el que tornará una nube, o el color que adquirirá  el sol justo antes de perder el horizonte.  “Pero eso tendrá  que ser mañana. Ahora debes descansar, pequeña”. Dice la enfermera, cogiendo su arbolito y dejándolo junto a la ventana. Y ella protesta débilmente, porque allí no puede verlo bien. Apenas consigue vislumbrar los multicolores fuegos de artificio que escupen ya las esbeltas  torrecillas, todos en su honor, dándole la bienvenida.

Maria Jesus Lavado Jimenez

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1.743 – Tila

alejandra d o2   Que el amor no tiene nada que ver con el sexo, me lo dijo Aute demasiado tarde…
Cuando llegué a la parada 66 del metropolitano para volver a casa, donde me esperaban mi mujer y los niños, fue imposible no fijarse en su cara llena de tristeza. Era tal el dolor que reflejaba que no pude evitar rodearle con mis brazos, como queriendo asegurarle que «todo está bien». Lejos de rechazar mi gesto, me apretó muy fuerte y comenzó a llorar amargamente. Hipaba, gemía e iba dejando mi camisa empapada sin que yo aflojase el abrazo.
Tras quince minutos de llanto y tres autobuses perdidos, cogí su mano hasta una cafetería cercana. Sin preguntarle nada, pedí una tila (he escuchado que es buena para calmar a las personas) y, para mí, un café. Le indiqué al camarero que en ambas tazas echara un buen chorro de coñac.
Busqué una mesa en el rincón. Nos sentamos. Nos miramos por primera vez a los ojos. Una lánguida mueca apareció en su rostro. Acaricié su mano con dulzura, con mucha calma. Me estremecí. Entonces, una especie de sonrisa desdibujó el rigor de sus labios.
Encendí un cigarro, que coloqué suavemente entre sus dedos. Todo fue instinto: yo no sabía si bebía o fumaba; si deseaba infusiones o abrazos; si quería hablar o seguir llorando, pero seguí haciéndolo con la certeza de que a nada dijo que no.
Durante una eternidad nos estudiamos en silencio.
Las tazas quedaron vacías.
Entre el sexto cigarrillo y un suspiro irremediablemente enamorado, susurré: -Me llamo Luis, ¿y tú? -Pablo…

Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012

1.742 – Amantes

eugenio mandrini  A diferencia del ojo lujurioso de los Cíclopes y de las acometidas insaciables de los Centauros, la leyenda de los amores del Ogro y la Ogra nos relata que en los momentos de vitalidad y estruendo sanguíneo, ellos comienzan a devorarse entre sí, a dentelladas él, a mordiscos ella, a mordiscos él, a dentelladas ella (sin detallar aquí los recovecos de uno y otro donde más se deleitan, pues ello haría despertar a los caballos muertos y enardecer a las estatuas), hasta que por último del gran festín quedan indemnes solo sus lenguas chasqueando en el vacío ante la ausencia de los cuerpos.
Dicha leyenda nos revela, por un lado, el porqué de la desaparición de los Ogros y, por el otro, nos advierte que ellos ocupan el sitial más elevado entre las grandes parejas de amantes de la historia romántica universal, por ser los únicos seres que devorando y dejándose devorar, alcanzaron la suprema y monstruosa belleza del deseo carnal practicado hasta el fin.
Gloria a los Ogros.

Eugenio Mandrini

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1.741 – Los que caminan despacio

aranoa_4  Los que caminan despacio no vienen ni van, no huyen ni persiguen. Su huella es más profunda, y son fáciles de hallar, de dar alcance. Los que caminan despacio compiten sólo con el tiempo, y hacen la digestión lenta del camino con los pies, del paisaje con los ojos.
Como los viejos, que no es que no sepan a dónde van: es que no quieren llegar.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

1.740 – Apenas me despierto…

a_m_shua46  Apenas me despierto, mi ropa se apresura a colgarse de las perchas. El espejo se abraza a la pared como si nunca la hubiese abandonado y el velador vuelve a la mesita de luz con el paso cansado de un noctámbulo a la hora del desayuno. Cuando abro los ojos, todos están más o menos en su lugar. La cómoda, para disimular, silba un tango bajito. Si no fuera por el desorden de mi ropero, podría creer que aquí no ha pasado nada.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

1.739 – La cena

marina de la fuente  Esparció las sales por la bañera, ajustó la temperatura del agua y activó las burbujas. Antes de dejarla a solas en el jacuzzi le colocó un par de rodajas de pepino sobre los párpados, como tantas veces había visto hacer en las películas; luego se fue a la cocina a preparar la guarnición de verduras que acompañaría la cena.
Cuarenta minutos después, regresó al cuarto de baño y comprobó con disgusto la rigidez del cuerpo de su invitada. Aumentó la temperatura del agua, la potencia de las burbujas y rectificó la sazón. Aún no estaba en su punto.

Marina de la Fuente

http://nomevengasconhistorias.blogspot.com.es/2011/04/la-cena.html

1.738 – Amor, amor, amor,…

raul ariza escritor 01   A mis ex
Las palabras que dicen los enamorados están cargadas de una emoción que todo lo deforma y lo enturbia. Únicamente el silencio tiene la capacidad y la crueldad precisa de devolverles a la tierra.
Ella y yo nos hemos quedado callados, cogidas nuestras manos y fija la mirada en la del otro, unos pocos segundos después de habernos jurado amor eterno.
No hacía dos horas que nos conocíamos y ya cerrábamos el mundo en torno nuestro. Habíamos hablado sin parar desde el primer momento, chisposos, animados por no sé qué fuerza arrebatadora. Habíamos bailado tarareándonos al oído, de forma dulce y melodiosa, los sones de una canción que ya sería nuestra para siempre. Compartimos a lametones un helado de chocolate, sabor que, entre risas que sonaban a caricias, coincidimos en decir que era el que más nos gustaba a ambos. Perdimos el aliento de tantos besos que nos dimos. Casi mordiscos. Nos precipitamos haciendo planes de viajes exóticos a países imaginarios o a islas vírgenes que no salían en ningún mapa. Nos brillaron los ojos al descubrir que teníamos los mismos gustos para los estampados de la tela del sofá, que decidimos compraríamos para el piso que en breve compartiríamos, donde acordamos sin mayor trauma que criaríamos a dos hijos, chico y chica, cuyos nombres también salieron de forma espontánea y sin controversia.
Pero sin darnos cuenta han ido remitiendo los emocionados jadeos, hemos recompuesto el ritmo cardiaco y la cordura ha comenzado a llenar el vaso de un adiós que me resulta evidente. Todavía con las manos enlazadas pero ya en silencio, en mitad de una tarde que se acaba y sometidos a una brisa un tanto molesta, algo fría y bastante húmeda, me doy cuenta de que empieza a costarnos mantener las acarameladas miradas de hace un rato. Así que ella, un tanto turbada e incómoda, me ha soltado las manos y ha llamado a un taxi.

Raul Ariza

La suave piel de la anaconda – ed. Talentura – 2012

1.737 – Incidente

alonso-Ibarrola2  M. se dirigía con el coche y toda la familia en su interior hacia el campo, dejando tras sí la gran ciudad, con sus ruidos, olores y colapsos en la circulación. De repente, un coche le surgió de una calle lateral sin detenerse, ni señalar nada. Un brusco frenazo salvó la situación, pero rabioso comenzó a tocar histéricamente el claxon. El autor del lance, un hombre corpulento y barbudo, detuvo unos metros más adelante su coche, impidiendo el paso del que protestaba y arrimándose altaneramente a la ventanilla del airado conductor, preguntó: «¿Le ocurre a usted algo?». M. calló y el hombre volvió a su coche, arrancando pausadamente. M. no fue feliz en el resto de la jornada.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.736 – Una línea aérea…

Avion_2_g.jpg  Una línea aérea regaló billetes de avión a las parejas de todo cliente que viajara semanalmente con ellos por negocios, también el hotel, e incluso un circuito de spa. Fue un éxito. El publicista envió un correo a los acompañantes para que compartieran su experiencia, pero pronto un grupo de ejecutivos recién divorciados le sepultó bajo la Ley de Protección de Datos. Todavía llegan cartas de cónyuges en las que preguntan: ¡¿Qué viaje?!

Nereida Abreu Pérez

http://www.revistaparaleer.com/premiosms2011/ver/ggn3x1w