1.777 – Te quiero

daniel sanchez bonet  Que sí cariño que no voy a levantarte la mano nunca más. Ya verás, fíate de mí. Qué yo sólo quiero estar a tu lado. Te prometo que tampoco voy a volver a beber, ni a ponerme celoso cuando hables con tus amigos. Vamos a sacar esto adelante, ya verás como sí. Podemos ser muy felices y lo sabes. Mañana mismo pienso llevarte una sorpresita al trabajo y no dejaré de hacerlo hasta que me perdones. Voy a hacerte la mujer más feliz del mundo. No lo dudes. Todo esto va a cambiar… te lo prometo.
A pesar de llenarse la boca con todas sus mentiras, a Armando, aún le quedó valor para decir una más.
La mayor de todas.

Daniel Sánchez Bonet
http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2011/07/14/te-quiero/

1.774 – Soledades

fernando-leon-de-aranoa02  Estaba tan solo que, para sentirse acompañado, iba a manifestaciones. Igual le daba que pidieran la paz que la guerra, el sí que el no, un supuesto que su contrario. Se dejaba apretujar por la multitud vociferante y, cogido de la mano de los otros, reconfortado, gritaba consignas que no comprendía, pero lloraba de contento.
Estaba tan sola que, para que alguien la tocara, iba al médico. Que la tomaba con suavidad del antebrazo para medir su tensión, y sostenía su mano anciana durante un minuto, que a ella se le antojaba eterno. Nunca la tuvo alta ni baja, pero el doctor repetía dos veces la toma, decía que para asegurarse de que todo iba bien. Y luego ella se iba, y todo iba bien.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

1.773 – Llueve con ganas

angelzapata  Empezaría a llover hacia las doce, o puede que después incluso; bueno, no sé: qué más da; el caso es que la lluvia sonaba en la ventana y era ya un poco tarde (o muy tarde más bien, según se mire); y al final lo que importa es que lloviese, porque en la vida (o por lo menos yo lo siento así) las cosas pueden ser demasiado distintas según llueva o no llueva, y lo cierto es que anoche llovía. Se había hecho muy tarde y llovía con ganas. Así lo dijo Marta. «Llueve con ganas ¿verdad?» Y al decirlo me abrazó más fuerte, o más por dentro, no sé, debajo de las sábanas que olían intensamente a su piel tibia, a final de domingo, a esas palabras dulces y pese a todo precavidas que es lícito decirse entre amantes recientes («¿Me quieres? Te quiero. Pues dímelo otra vez. Te quiero. Te quiero mucho»), y borrarlas después sin encono, con disimulo casi, mientras se recuperan pantys o calcetines entre el desorden de la habitación (la ventana empañada por el vaho de octubre), como quien pasa una bayeta gris por el cristal de la ternura.
«Llueve con ganas ¿verdad?», me dijo Marta anoche; y según lo decía me abrazó de otro modo, o más, o muy por dentro, o algo, y yo habría querido decirle: «Sí. Llueve con ganas»; aunque tal vez solo le dije «Bueno», o «Está lloviendo un poco, sí»; no sé muy bien lo que le dije; eran seguramente más de las doce, y oíamos la lluvia infatigable correr (hacia dónde) por los patios de octubre y correr más allá por las calles atroces del final del domingo; y a mí me habría gustado decirle a Marta: «Sí. Llueve con ganas», aunque tal vez solo le dije: «Bueno», o «Está lloviendo un poco, sí»; pero sé que lo dije tan dentro de su abrazo, tan a resguardo ya, dentro de esa ternura inusitada que la lluvia, de pronto, había vuelto antigua, que no era deseable, ni posible siquiera, borrar esas palabras precavidas que es licito decirse entre amantes recientes; y fuera, en la ventana, estaba oscuro, o quizá se notara un poco más de frío dentro de la habitación (ya no quedaba vaho en los cristales), de modo que me oí decirle a Marta: «¿Tienes que irte?»; y al final lo que importa es que la lluvia sonaba todavía por las calles desiertas, tocaba con sus dedos el alero del patio, más fuerte cada vez, y era ya un poco tarde (o hasta muy tarde incluso); y hay veces que en la vida las cosas pueden ser demasiado distintas según llueva o no llueva (o por lo menos yo lo siento así), o así fue como lo sentí anoche, al final del domingo, perdido en la tibieza de las sábanas que la lluvia de octubre había vuelto de pronto reconocible y nuestra, cuando Marta me dijo: «Puedo dormir contigo si tú quieres»; y yo le dije: «Entonces quédate».
«No quiero que te marches.» «Llueve con ganas.»

Ángel Zapata
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012

1.772 – Túnel de lavado

Ignaciompison  Metí mi Seat Ibiza en un túnel de lavado y me devolvieron un Mercedes último modelo. Cuando el empleado me abrió la puerta con una sonrisa servil, me sentí obligado a darle una propina muy superior a la habitual. Llegué a mi casa, que ahora era una gran mansión en cuyo jardín crecían yucas y ciruelos chinos. Dejé el coche junto a un árbol de una especie para mí desconocida. Varias decenas de gorriones descansaban en sus ramas superiores. Oí la voz de mi mujer llamándome desde el interior de la casa. «¿Te has acordado de mis revistas?», me preguntaba. «Sí», contesté, porque bajo el brazo llevaba una revista de modas y dos de decoración. Entré en el salón, cuyos amplios ventanales daban a una extensa superficie de césped y a una piscina con la forma de una inmensa oreja. Cuando se me acercó, yo pensé que quería darme un beso pero lo único que hizo fue recoger sus revistas. «Corre a vestirte, que no hay mucho tiempo», me dijo, subiendo ya por las escaleras. En el otro extremo del salón estaba la mesa del comedor, que dos doncellas preparaban para la cena. Conté el número de sillas: seríamos ocho los comensales. Mi mujer volvió a apremiarme desde el piso superior: «¿Es que no me has oído? Tenemos solo media hora». Subí también yo y entré en una habitación elegida al azar.
A1 ver sobre la cama una camisa limpia y un traje de mi talla comprendí que ahora dormíamos en habitaciones separadas y aquella era la mía. Abrí el armario y me entretuve escogiendo una de mis corbatas y contando mis pares de zapatos. Una vez vestido bajé al piso inferior y me senté a mirar la piscina, que a esas horas de la tarde estaba ya iluminada. Poco a poco fueron llegando los invitados, a los que yo recibía con anodinas fórmulas de cortesía. Durante la cena hablamos de todo un poco. Yo me mantuve la mayor parte del tiempo en silencio y, cuando me pedían mi opinión sobre algún asunto, decía que lo conveniente en ese caso era tomar medidas drásticas. «Medidas drásticas», repetían ellos con admiración, y luego alguno sacudía la cabeza y agregaba: «Está claro. Medidas drásticas. Lo hemos entendido». Después de cenar salimos al jardín y nos servimos unas copas de whisky. De repente descubrí que mi mujer estaba bellísima en su vestido de noche negro. Estaba además tan animada que deseé quedarme a solas con ella. Esperé apenas un cuarto de hora para levantarme y decir que todos esos asuntos de los que habíamos hablado merecían una reflexión reposada. En cuanto se despidieron subimos al piso de arriba. Ahora era yo quien se sentía animado. Mi mujer, en cambio, dijo que se moría de sueño y me indicó la puerta de mi dormitorio. Ya por la mañana, me despertó el trinar de unos pájaros y al asomarme a la ventana vi el mismo árbol desconocido de la tarde anterior. Luego vi mi coche, con el techo y el capot repletos de cagaditas de pájaro. Lo primero que hice después de desayunar fue llevarlo a lavar. Metí el Mercedes en el túnel y me devolvieron mi Seat Ibiza. Di al empleado una propina modesta y decidí pasar por casa. Como el ascensor estaba estropeado, tuve que subir andando. Al ir a abrir la puerta comprobé que el cerrojo estaba echado. Llamé al timbre y oí la voz furiosa de mi mujer en nuestro pequeño recibidor. Me decía que estaba harta de mis aventuras nocturnas. Me gritaba: «¿Qué historia me vas a contar esta vez? ¡Me cuentes lo que me cuentes, no me lo voy a creer!».

Ignacio Martínez de Pisón

1.771 – Sin margen para la duda

flavia Company  «¿Vos me darías un riñón?» Se lo había preguntado la semana anterior por enésima vez mientras prendía un cigarrillo recostada en el cabezal de la cama. «¿Un riñón?», protestó él. «¿Nomás uno?», bromeó. Y entonces ella lo pateó para echarlo. «Andate», le ordenó. «¿Por qué? ¿Qué te hice?», quiso saber él, que además se estaba muriendo de sueño. «Confesarme que no me querés», lo acusó ella. «Pero sí te quiero, ¿cómo no te voy a querer?» «Si me quisieras, no me negarías un riñón.» Y ahí mismo, harto de acusaciones, se arrancó uno como pudo y le dijo: «Tomá. Y ahora, dejame morir».

Flavia Company
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012

1.770 – Muñecos de Playmobil

Maria_Paz_Ruiz_Gil  Amaneció y ambos se enfrentaron al peso de su matrimonio.
El sexo se había convertido en deporte y la convivencia en un hábito trágico.
Doce años pegados como caracoles, compartiendo sus babas, sus olores, sus manchas conocidas, tan propias de esos sonidos repetitivos, calcados del día anterior.
Habituados al espanto de su aliento caliente, al cuerpo del otro, visitado millones de veces, emprendieron un divorcio sin gritos ni copas rotas. Cada uno buscó su liberación. Pronto encontraron otras babas, otras manchas, igual de comunes, igual de sucias, igual de aburridas; porque nadie les dijo que el amor es biología, y todos los alientos son calientes, y todos apestan a lo mismo en la mañana, y todos los cuerpos se excitan con los mismos toques, y todas las parejas cumplen un guión que un desconocido les ha escrito dentro.

María Paz Ruiz Gil

Mar de Pirañas. Edición de Fernando Valls. Menoscuarto ediciones.2012