1.854 – Mujer medio desierta

Lorena escudero  Ella no se enfada. Sabe que la intención de él es ayudarla y por eso no se enfada. Aunque a menudo se siente incomprendida y retrocede, como empujada se separa de la fértil costa hasta una zona donde ella es más árida, donde tiende al desierto. En momentos así no dice nada, se muerde los labios secos y se va a la cama. Él cree que todo está bien porque los ojos de ella no se humedecen y no sabe que peor que la lágrima es su ausencia, y se duerme tranquilo a su lado. Ella sueña toda una noche de arena y se esfuerza por cruzar el desierto, para así al día siguiente amanecer de nuevo en el verde y sentirse bosque y cerca del mar. Pero si no consigue cruzarlo, si queda anclada en esa zona… Entonces el hombre despierta y encuentra junto a él un montón de tierra seca. Y el hombre llora sin pausa porque él es medio océano, y no han sabido inundarse a tiempo.

Lorena Escudero
http://nalocos.blogspot.com.es/2013/06/lorena-escudero-1.html
https://veintisietelorenaescudero.wordpress.com/

1.851 – El festejo de viejas comadres

dia_muertos_02  Fue en aquel viaje de regreso a San Luis Potosí durante la celebración del Día de los Muertos que pude al fin reencontrarme con mis viejas comadres después de cuarenta años. Me vinieron las cuates toditas cadavéricas a buscarme al aeropuerto arrastrando un aire festivo que contagiaba a todo el mundo. Y yo, sintiéndome partícipe de la fiesta, me dejé llevar así nomás, sin máscara ni nada.
-Señorita ¿Me da mi calaverita?-Nos decían los chamacos a nuestro paso reclamando sus golosinas.
En verdad las calles eran un bullicio de procesiones, gentes enmascaradas, como ríos de difuntos que daban a parar al santuario: El camposanto, invadido por una algarabía a la que ya no estaba acostumbrada. Y esquivando familias creí ver la tumba de mi mamacita y quise pararme, pero las comadres me llevaban decididas a un lugar concreto con sus cestos repletos de quesadillas, que me encantan, y panes dulces de muerto. Entonces, frente a tres tumbas solitarias donde nadie festejaba, soltaron los cestos y prendieron llama a los cirios que las rodeaban. Vi sus nombres: Asunción, Guadalupe y Eulalia… Se sentaron ante mí con sus máscaras, comimos, bebimos y celebramos que yo sí huí evitando así mi matanza.

Ana Tomás García
http://estanochetecuento.com/el-festejo-de-viejas-comadres/

Ilustración: http://www.diariocultura.mx/2012/11/dia-de-muertos-en-nuevo-leon/

1.849 – A grandes males, grandes remedios

Alejandra_d_ortiz  Jana clavó sus ojos en los de Miguel. Aunque húmedos, no se permitió ni un sólo parpadeo. Le estaba pidiendo que se separaran por sexta vez en los cinco años que llevaban juntos. No se habían casado, pero su amarre era aún más estoico que la firma en un papel. Era tan inexorable el nudo que, a pesar de llevar tanto tiempo destruyéndolo, eran incapaces de estar separados. Y, cuando lo habían estado, apenas habían sido unos pocos días, cuando mucho un mes. Sabían que no debían estar cerca uno del otro por una cuestión ya no de salud emocional, sino de simple integridad fisica. Pero eran incapaces de sentirse en la misma vida y no juntar sus miserias.
Miguel le sonrió. Tomó su mano entre las suyas, la acarició cariñosamente. Pausadamente, como midiendo cada palabra, le dijo:
-Mira, la única razón que se me ocurre para dejarte es que aparezca otra mujer…
El fin de semana siguiente, Jana le presentó a Teresa.

Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos chinos.Trama Editorial 2009

Foto: Javier Fernandez

1.847 – Había una vez..

enrique del acebo  Había una vez que se encontró con otra, y juntas hicieron las veces de una gran amistad. Se veían de vez en cuando, pero siempre era motivo de alegría: una y otra vez agradecían encontrarse.
Pero otra vez interrumpió tan buena relación de iguales, tratando de formar parte del grupo. Tal vez no era conveniente ni deseable. «¡Otra vez lo mismo!», se dijeron ambas. Pero ya no era igual. A la larga, muchas veces se veían pero solo dos veces se miraban. Es que la amistad, a veces, es única.
Como la primera vez.

Enrique del Acebo Ibáñez
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010

1.844 – Naufragio

Francisco Rodriguez Criado3BIS  Después de pasar toda la noche braceando en las frías aguas del Atlántico, llegó exhausto a la orilla justo cuando empezaban a clarear las primeras luces de la mañana. Exhausto, se arrojó sobre la arena y, palpando tierra seca, se echó a llorar de rabia y alegría: sabía que estaba a salvo. Cuando se giró para maldecir a ese desaprensivo océano que había tratado de acabar con su vida, vio que allí no había agua sino un inhóspito e interminable desierto. ¡Un desierto! El náufrago se echó a llorar de nuevo. Pero de repente vislumbró a lo lejos un reluciente oasis. Venciendo al cansancio, empezó a correr en dirección hacia el oasis. El suelo, duro y agreste, lastimaba sus pies desnudos. Loco de emoción -el objetivo estaba cada vez más cerca-, el náufrago recobró la creencia de que la felicidad es posible. Aquel pensamiento no duró demasiado, porque a pocos metros de alcanzar el oasis el desierto se cubrió nuevamente con las frías aguas del Atlántico. Su vida volvía a correr peligro.
Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para bracear por segunda vez hasta ganar la orilla. Afortunadamente, en esta ocasión las olas jugaban a su favor. Y también por segunda vez alcanzó la arena, tumbándose sobre ella, más exhausto aún si cabe, ahora con más rabia que alegría, prometiéndose no abrir los ojos bajo ningún concepto. Y en esa posición hubiera estado un día entero de no ser porque su mujer entró en la habitación, vistiendo una raída bata de color fucsia, los rulos en la cabeza y los brazos en jarras, para preguntarle, airada, si tenía pensado quedarse toda la mañana del domingo en la cama, o si por el contrario iba a levantarse de una vez para ayudarle en las tareas domésticas.
El hombre, incapaz de seguir escuchando la voz agreste de su malhumorada esposa, por la que ya no sentía sino hastío, se tapó los oídos y hundió el rostro en la vivificante arena.

Francisco Rodriguez Criado
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010

1.843 – La memoria de cristal

Javier Puche  Tras el Apocalipsis, un radar enviado desde Júpiter para confirmar la extinción del hombre, desciende con lentitud hacia las profundidades del Océano Pacífico, donde algo parece latir. Y es que abajo del todo, en mitad de un silencio vagamente iluminado por criaturas abisales, el único espejo que la gran explosión no ha logrado romper emite en orden cronológico, antes de apagarse para siempre, todas las imágenes que componen su memoria de cristal, demorándose en aquéllas donde aparece la mujer que lo tuvo en su alcoba hasta el fin, una joven risueña que ya no existe, aficionada a bailar desnuda ante él ciertas noches de verano, cuando todo era posible todavía en este rincón de la galaxia.

Javier Puche