Cuando atravesaban el bosque, mandó detener el carruaje junto a un campo de tiro tras confesar que le apetecía realizar unos cuantos disparos para matar el Tiempo.
-¿Matar a ese monstruo no es acaso la ocupación más normal y legítima de cualquier persona?
Y tendió cortésmente la mano a su querida, deliciosa y odiosa mujer, a aquella misteriosa mujer a la que debía tantos placeres, tantos dolores y tal vez buena parte de su genio.
Algunas balas dieron lejos de la diana y una de ellas fue a parar incluso al techo. Cuando aquella encantadora criatura empezó a reír como una posesa, burlándose de la torpeza de su marido, éste se volvió bruscamente hacia ella y le dijo:
-Fijaos en aquella muñeca, allá, a la izquierda, aquella con la nariz respingona y el rostro tan altivo. Pues bien, angelito mío, imaginaré que sois vos.
Y tras cerrar los ojos, amartilló la pistola. Al momento la muñeca quedó decapitada.
Acto seguido, se volvió hacia su querida, su deliciosa, su odiosa mujer, su inevitable e implacable musa y, tras besarle la mano, añadió:
-¡Ah, angelito mío, cuánto os debe mi destreza!
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1.884 – La historia de la madre que quería pensar en todo
Una mujer quería subir a una montaña con sus hijos durante las vacaciones. Estuvo pensando lo que deberían llevar. Quería pensar en todo: Por ejemplo, podía haber lluvia. Entonces necesitaban impermeables, calzado para cambiarse y medias.
Podría hacerse de noche demasiado pronto. La mujer llevó una linterna para cada uno.
También podría suceder que se perdieran. Entonces tendrían que pasar la noche al aire libre. La mujer metió una tienda de campaña y sacos de dormir, junto con un hornillo de alcohol, una olla grande y alimentos para unos días.
¿Y si uno de ellos se ponía malo en el camino? Era imprescindible tener medicinas para diferentes enfermedades, y vendajes.
También se le ocurrió a la mujer que podría haber niebla. Así que ató a los niños a una cuerda fuerte y se colgó del cuello una bocina para la niebla.
De este modo subieron a la montaña, y se arrastraban unos a otros y jadeaban y sudaban. Pero no llegaron muy lejos. La mujer pisó una boñiga de vaca y como iba cargada se resbaló cuesta abajo y los niños detrás, atados a la cuerda.
En la boñiga del camino no había pensado la mujer
Ursula Wölfel
1.883 – Elegía para un bandolero
En la madrugada —quizá cuando ya la trompeta del arcángel había dado el toque de queda— alguien golpeó a las puertas del infierno. El portero de turno se apresuró a atender al trasnochado visitante y vio a un hombre joven, rubio, nervioso, con la dentadura montada en oro legítimo y los huesos montados en plomo de grueso calibre. Tal vez no dijo una palabra el recién llegado. Tal vez se quedó silencioso, jadeante, parado en el umbral eterno, aguardando la voz que le ordenase entrar. Debió pasar un siglo antes de que el portero, todavía con las imágenes del último sueño pegadas a los párpados y todavía sin reconocer al visitante, diera la orden de pasar adelante, de acuerdo con las más elementales normas de la cortesía infernal. Una vez adentro, el huésped desocupó sus bolsillos y colocó el contenido en la mesa de nogal que debe haber en la sala de recibo del infierno. Dos revólveres, ochenta cartuchos, setecientos pesos en efectivo y dos escapularios fue lo que alcanzó a distinguir el portero, medio asombrado, medio confundido y con el libro de actas abierto y listo para llenar los requisitos del registro. ¿El nombre del recién llegado? Marco Tulio Tafur Triana, alias “Lamparilla”. ¿Torero? No. Bandolero de profesión y criminal, por más señas. ¿Causa de la muerte? Muerte natural. ¿Natural? (el portero hizo un gesto que era a la vez de duda y de sospecha), ¿Por qué decía el visitante que había fallecido de muerte natural cuando tenía el cuerpo cosido de proyectiles? “Lamparilla”, eterno ya, transfigurado por el escabroso viaje metafísico, hizo la aclaración: “Para un hombre como yo, ocho proyectiles después de una reyerta es muerte natural, la más natural de todas las muertes. Una pulmonía o un ataque de apendicitis habría sido un epílogo artificial, completamente falso para un bandolero con dignidad”. Eso fue todo, antes de que el portero infernal, trasnochado y confundido, dijera al visitante, ocho siglos después de haber tocado a la puerta: “El caso sería sencillísimo, si no fuera por los escapularios”.
Gabriel García Márquez
(Diario El Heraldo, enero de 1950)
1.882 – Redes sociales
Todos los días abro el correo electrónico, esperanzada, con la misma ilusión con que años antes, muchos años antes, abría el buzón después del último verano.
Todos los días, invariablemente, busco tus mensajes en mis cuentas, hasta en las más antiguas, y rastreo tu nombre en las redes sociales, incluso en las adolescentes, donde sé que nada se te ha perdido.
Todos los días te tecleo en vano, mientras los buscadores no se cansan de decirme que no encuentran ningún resultado coincidente.
Has borrado tu rastro desde aquella noche después de nuestra enésima discusión.
A lo mejor has muerto.
A lo mejor esa es una buena razón para que no haya vuelto a saber de ti.
La pantalla, la muy puta, sigue insistiendo en que pruebe con otros nombres.
Pilar Galán
http://editorial-delalunalibros.com/tecleo-en-vano-pilar-galan
1.881 – Houston…
Agustín Fernández Mallo
https://twitter.com/microcuentos/
Ilustración: http://anacosdocole.blogspot.com.es/2011/10/como-construir-unha-nave-espacial.html
1.880 – La oveja feroz
Una oveja decidió disfrazarse de lobo, para confundir a su habitual enemigo, y se encontró con un lobo que había recurrido a su vieja costumbre de vestirse de oveja. En medio de la confusión que ocasionó el encuentro, todos pudieron presenciar cómo, por primera vez en la historia, la oveja feroz devoraba al lobo indefenso.
Jaime Alberto Vélez G.
http://www.calarca.net/minificciones/index10.html
1.879 – La camaleona
—Estoy cansada de que la gente critique mis continuos cambios de color. Me dicen: “fíjate que el ornitorrinco es siempre un ornitorrinco, y el escarabajo un escarabajo”. Así que he decidido ser una camaleona de carácter, de personalidad centrada y sólida, una camaleona con identidad encapsulada.
Y dicho esto, se puso seria, hizo un gran esfuerzo, se volvió morada y no volvió cambiar de color. Pasaron por un bosque y la camaleona no se puso verde. Pasaron por un jardín de margaritas y la camaleona no se puso amarilla. Durante todo el día, a pesar de los muchos colores que presenciaron en esa variopinta tarde de verano en un trópico evanecido de sus excesos coloristas, a pesar del rojo crepúsculo incendiario, la camaleona permaneció firme en el color morado.
Al regresar de la tarde de charla literaria por la orilla del río, la camaleona les preguntó a sus amigos:
—¿Cómo os pareció mi firmeza de carácter?
El ornitorrinco y el escarabajo pelotero respondieron:
—Has mostrado una firmeza de carácter admirable. Pero ya no eres una camaleona.
Rodrigo Parra Sandoval
http://e-kuoreo.blogspot.com.es/2013/08/84-piezas-del-museo-de-lo-inutil.html
1.878 – La caída
Sentado en el borde de la cama, como cada día a esas horas, pactó con la realidad los límites de la jornada y luego se dirigió al cuarto de baño para comenzar a cumplir su parte del trato. Se duchó y se afeitó, pues, como un hombre real, se colocó encima un traje verdadero y tomó un autobús auténtico en la esquina de costumbre. Llevaba tanto tiempo realizando los mismos gestos que ya no se acordaba casi de la época en que había sido irreal ni lograba explicarse el porqué de esa caída en el universo de las cosas evidentes. Tal vez al dar un traspiés se había colado por alguna rendija que comunicaba ambas dimensiones. En cualquier caso, no renunciaba a encontrar el camino de vuelta. Mientras tanto, disimulaba su condición impalpable para no levantar sospechas. Esa mañana había en la oficina una atmósfera algo turbia: despedían a un compañero que estaba a punto de llorar frente a los canapés de caviar sintético con los que la empresa se lo quitaba de encima. Cuando fue a abrazarle, el despedido le confesó: «Tengo una sensación de irrealidad insoportable, como si todo esto le estuviera sucediendo a otro». «A lo mejor me está pasando a mí», pensó el hombre irreal súbitamente esperanzado. Hubo discursos, más canapés y un diploma para la víctima. El hombre inexistente, en un aparte, dijo a su colega: «En confianza, yo soy irreal, lo más probable es que me estén despidiendo a mí, no te preocupes». El otro volvió a casa, le contó a su mujer que todo había sido un malentendido, e insistió en ello durante las semanas siguientes, pese a que nunca le permitían entrar en la oficina. Cada mañana, sentado en el borde de la cama, pactaba con la irrealidad las incidencias de la jornada y luego se pasaba el día buscando la rendija por la que había caído de una a otra dimensión.
Juan José Millás
Cuerpo y prótesis. Ed El País. 2001
1.877 – El balón
Un alto muro separaba el patio de recreo de los chicos del patio de recreo de las chicas. Para esas criaturas que estaban entre los trece y los dieciséis años ¿qué mejor recreo que dejarlos estar juntos? Los maestros pensaban distinto. Y el muro, exasperando las diferencias de sexo, sugería uniones secretas.
Inútil pensar siquiera en escalar el muro. Por lo contrario, el balón desafiaba el obstáculo; viajaba maravillosamente de un patio a otro.
¡Oh juegos! ¡Minutos púberes! ¡Oh las redondeces latentes! ¡Las mudas de ropa!
Aquel balón parecía un balón honrado. De hecho, lo era. En cada despegue, cargado de sexualidad, ronroneaba. Principios machos y principios hembras se concentraban en su corazón. Finalmente iba tomando un aspecto singular… A veces volvía con barba, o dolores de barriga, ronchas, espinillas…
Por turnos, manifestaba rudezas ferruginosas, dulzuras lácteas, saltos de temperatura… El chico o la chica que lo lanzaba se estremecía de pies a cabeza.
-¡Confisco ese balón! -dijo un día la institutriz.
¡Oh suplicios aéreos! ¡Pasiones de cristal! ¡Transparencias! ¡Oh la primera sangre cuya mancha cubre el universo! ¡Oh!
Pocos meses después, los alumnos notaron que la malvada maestra había ocultado el balón en su vientre. Pero nadie se atrevía a reclamarlo.
René de Obaldia
De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos. Thule ediciones.2005
1.876 – La tempestad
Mi amigo Pedro y yo habíamos salido a dar un paseo en barca como hacíamos algunas tardes. Sin darnos cuenta nos fuimos alejando de la costa, aunque en una ocasión mi amigo, que apenas sabía nadar, me rogó que diésemos la vuelta pues el tiempo parecía empeorar. En efecto, el cielo se ensombreció con rapidez, comenzó a llover de pronto con bastante intensidad y las olas fueron aumentando de tamaño. Pronto la ligera barca experimentó los embates de las agresivas olas, fue remontada a la cresta de una de ellas y volcó. Yo pude reaccionar con presteza y conseguí cogerme a la quilla para salaguardarme del oleaje, pero Pedro cayó varios metros más allá y gritaba pidiéndome ayuda. Nadé hacia él remolcando la barca, alargué el brazo, y cuando creía que iba a darle la mano me desperté.
Al salir del sueño me encontraba bañado en sudor recordando las imágenes que acababa de sentir. Cuando me tranquilicé procuré borrarlas de mi mente y la primera reacción fue telefonear a casa de mi amigo. Se puso su madre que me dijo que estaba preocupada porque Pedro le había dicho que iba a dar un paseo en barca conmigo y tenía miedo de la tormenta que había. Supe de inmediato la peligrosa tarea que me esperaba: tenía que volver al sueño, salvar a mi amigo y luego salvarnos los dos de la borrasca. Sin muchos ánimos, me eché de nuevo a dormir.
