1.894 – Cambio de identidad

fernando ainsa  Cuando A se despertó a media mañana en una cama en la que no se había acostado, junto al cuerpo desnudo de la esposa de B, su mejor amigo, llamó de inmediato a su propia casa. Se sorprendió ligeramente cuando B le respondió al teléfono y le dijo que no se preocupara por la tardanza: su mujer todavía estaba durmiendo.

Fernando Aínsa
De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos. Thule ediciones.2005

1.893 – El amor

eduardo galeano34  En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas. -¿Te han cortado? – preguntó el hombre. -No -dijo ella-. Siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
-No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía: -No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
-¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
-Es así -dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.

Eduardo Galeano
De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos. Thule ediciones.2005

1.892 – Horticultura de la naturaleza humana

MAr Horno  Detrás de los huertos comunitarios del pueblo, siempre ha habido un campo de cuchillos silvestres. Tras las lluvias de acero inoxidable de abril empiezan a brotar pequeñas puntas afiladas que emiten suaves destellos cuando el sol los calienta. A finales de mayo, lucen ya altos y punzantes. Todos los vecinos pasan por allí y recolectan los que necesitan: que si un cuchillo pelador, que si uno panadero, que si otro de trinchar, que si aquel jamonero, que si de espátula, que si de mantequilla. Resultan imprescindibles para las tareas diarias de degollar, filetear, cortar, deshuesar, rebanar o untar viandas.
Aunque, secretamente, todos esperan encontrar otros, muy escasos y codiciados. Crecen como mala hierba y pasan desapercibidos para el ojo poco avezado.
Son pequeños, de mango descolorido, y, se clavan, sin esfuerzo, suavemente por la espalda.

Mar Horno
http://nalocos.blogspot.com.es/2013/12/precipicios-habitados-libro-de.html

1.891 – Anima mea

gomes  Ciertos momentos de nuestra vida son francamente aterradores. Basta frotar, mientras tomamos una ducha, la pastilla de jabón recién comprada esta tarde, para que emerja, súbitamente, de una de las burbujas, la mujer tantas veces deseada y nunca alcanzada.
Podemos contemplarla entonces, recorrer su desnudez una vez tras otra con miradas lúbricas, descubrir en sus ojos que ella también arde en deseos por nosotros. Pero no más. Todos sabemos lo frágiles que son las burbujas de jabón. Todos hemos visto cómo se deshacen cuando intentamos apoderarnos de ellas.

Miguel Gomes
De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos. Thule ediciones.2005

1.890 – Escalera

federico fuertes guzman5  Hay cosas que sé. Sé que un día tropezaré conmigo mismo al bajar las escaleras. Sé que el cigarro se me escapará de los dedos e intentaré bajar a buscarlo. Sé que no habrá luz y sé que mis pies no me responderán porque habrán olvidado la forma de bajar las escaleras. Sé que intentaré subir pero mis pies también habrán olvidado la forma de subir las escaleras. Sé que me sentiré atrapado, con el cigarro consumiéndose fuera de mi alcance.
Lo que no sé es si llegará un día en el que pueda empezar a contar esta historia de la siguiente manera: «Un día tropecé conmigo mismo al bajar las escaleras. El cigarro se me escapó de los dedos…». Será, sin duda, una buena señal.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes.E.D.A.libros.2008

1.889 – Marzo y el pastor

italo calvino  Había un pastor que tenía más ovejas y carneros que granos de arena hay en la orilla del mar. Pese a todo, siempre andaba preocupado de que se le muriese alguno. El invierno era largo, y el pastor no hacía más que suplicar a los Meses:
—¡Diciembre, sé propicio! ¡Enero, no me mates las bestias con la helada! ¡Febrero, si te portas bien conmigo, siempre te rendiré honores!
Los Meses oían los ruegos del pastor y, sensibles como son a todo acto de homenaje, no mandaron lluvia ni granizo, ni enfermedad del ganado. Las ovejas y los carneros continuaron pastando todo el invierno y ni siquiera pescaron un resfriado.
Pasó también Marzo, que es el mes de carácter más difícil; y anduvo bien. Se llegó al último día del mes, y el pastor ya no tenía miedo de nada; ahora vendría Abril, la primavera, y el rebaño estaba a salvo. Dejó su tono suplicante y empezó a burlarse y a fanfarronear.
—¡Oh, Marzo! ¡Oh, Marzo! Tú que eres el terror de los rebaños, ¿a quién crees que asustas? ¿A los corderitos? ¡Vamos, Marzo, yo ya no tengo miedo! ¡Estamos en primavera, ya no puedes causarme daño! ¡Marzo tonto, puedes irte directamente a donde ya sabes!
Al oír las palabras de ese ingrato, Marzo perdió los estribos. Corrió hecho una furia a casa de su hermano Abril y le pidió prestados tres días. Abril accedió, pues le tenía cariño a su hermano. Entonces, Marzo recogió vientos, tempestades y pestes que andaban sueltos y después los descargó sobre el rebaño del pastor. El primer día, murieron todos los carneros y las ovejas que no estaban muy fuertes. El segundo día, les tocó a los corderos. El tercer día, no quedó un animal vivo en todo el rebaño… y al pastor sólo le quedaron los ojos para llorar.

Italo Calvino
Cuentos populares italianos (Córcega)

1.888 – Variedad

jose_antonio_ayala  Cuando se casó en segundas nupcias todos sus amigos pensaron que repetía el mismo tipo de mujer de la que acababa de divorciarse. Sin duda, los mecanismos inconscientes habían actuado de la misma manera que en la primera elección. Pero él lo negaba tajantemente y aducía que su esposa actual no era rubia como la primera.

José Antonio Ayala
Chispas. Editora Regional. Murcia.2005

1.887 – Puestos…

Mario Perez Antolin  Puestos a elegir uno de los muchos sarcasmos con que el destino se mofa de nosotros, me quedo con el caso de José Asunción Silva. A este insigne poeta sólo le quedaban, de su en otro tiempo boyante patrimonio, diez pesos en la cartera antes de pegarse un tiro en el corazón (un médico le pintó en el pecho el lugar exacto de esta víscera para que no fallara) allá por el año 1896; y ahora son miles los billetes que llevan su efigie impresa por todos los rincones de Colombia.

Mario Pérez Antolín
http://nalocos.blogspot.com.es/2011/05/mario-perez-antolin.html

1.886 – El paso del tiempo

Pablo Urbanyi  Después de un año de casados, de sobremesa, ella, seria, le dijo a su marido:
-Veo que no nos entendemos. Siempre discutimos y nos peleamos. Es mejor que nos separemos antes de tener hijos, los haríamos infelices. Nos quedan muchos
años para vivir otras vidas mejores.
Él respondió:
-De acuerdo.
Luego de la cena en una cocina más grande, mientras los hijos miraban la televisión, ambos bebiendo oporto, ella le dijo:
-No, de una vez por todas, esto no va. Seguimos cada vez peor. Es mejor que nos separemos antes de arruinarles la vida a nuestros hijos. Oportunidades no
nos van a faltar.
Él respondió:
-De acuerdo.
Antes de sentarse frente al televisor con un vaso de whisky el marido, y una copa de coñac la mujer, ella le dijo:
-Nuestros hijos ya no están. Ni sabemos por dónde andan.
Definitivamente, no hay manera de entendernos. Es mejor que nos separemos antes de arruinarnos el resto de nuestros días. Él respondió:
-De acuerdo.
Ella, la espalda ligeramente encorvada por la edad, sentada frente a la televisión, una copa de coñac en una mano y con la otra acariciando un perro, le
dijo: -Nunca me contradecía. Realmente, era un buen hombre.

Pablo Urbanyi
De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos. Thule ediciones.2005