Autor: carlos
2.874 – Novela policiaca
Lo que más me molestó, irritó, por lo que me juré no volver a hacerlo más, por muy motivado que estuviera, por mucha fama que estuviese esperándome, fue que, tras ordenar de una forma coherente toda la historia en mi cabeza, dar los antecedentes de lo ocurrido, explicar la importancia de la mujer rubia en todo esto, atar cuanto cabo permaneciera suelto y procurar no dejarme ningún cadáver sin mencionar, todo narrado despacito y con buena letra, hora tras hora, al final del interrogatorio al policía sólo se le ocurrió decir que quién era yo, que después de tantas preguntas como hizo ya se le había olvidado incluso de qué se me acusaba.
Paul M. Viejo
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
2.873 – Amnesia
-¡Maldito Alzheimer! –gritó el abuelo desesperado.
-¿No quieres que siga leyendo? -preguntó la nieta mientras pasaba de página. El viejo fijó la vista en una atractiva enfermera.
-Abuelo, deja de mirar a las chicas. Escucha la historia: «Entonces me salpicó con el polvo mágico de sus alas. Jamás creceré, Wendy. Nunca me haré mayor…».
Antes de acabar el párrafo, los ronquidos del anciano ya resonaban en el pasillo del geriátrico.
-Voy a casa con la abuela. Me llevo tu diario -susurró la niña. Cogió el libro y salió volando por la ventana.
Manuel Sanchez Vicente
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010
2.872 – La tumba de Camila
Camila, la hija mayor de Don José Rodríguez Rico, murió con 13 años el 13 de diciembre de 1913. El óbito se produjo a las 13 horas (aunque esto en Luarca no lo sabían al no existir todavía en la villa los relojes digitales). Camila murió, pues, a la 1 de la tarde y hasta bien entrada la noche las campanas de la Ermita del Nazareno no dejaron de sonar. Don José Rodríguez, armador y dueño de la mitad de las acciones del Ferrocarril del Norte, le había pagado la cantidad de 20 reales a los cuatro chicos de la finca de Almuña para evitar el silencio del campanario. Esas campanas eran las únicas de la villa que se escuchaban siempre (daba igual de donde soplara el viento) desde la habitación de Camila en el último piso de la fantástica Villa Excélsior a donde su familia se había mudado catorce meses antes del fallecimiento de la chica. Eran las únicas que se oían en aquella estancia luminosa y bajo la cúpula en donde pasaba los días enferma Camila y eso bien lo sabía el joven Nicanor, que no quiso los cinco reales que le hubieran correspondido por tañer las campanas de la ermita del Nazareno, aunque él fue, de los cuatro de Almuña, quien más hizo doblar aquella tarde las campanas del templo. Los demás no lo vieron pero lloró durante todo el tiempo. Cansado de brazos y alma esa noche volvió a casa con la secreta y firme intención de marcharse muy lejos, a Cuba.
Don José, al que tanto había temido cuando se colaba entre los muros de Villa Excélsior para ver a Camila y robarle besos, le ayudó en todo. Le dio un pasaje en uno de sus barcos y contactos suficientes para hacerse una vida muy lejos, en Cuba.
Antes de embarcarse acudió con él al cementerio. Rezaron. Al marcharse, en silencio, Nicanor sintió una mano sobre su hombro derecho:
«No la olvides»
«No podría»
Ellos dos son los únicos que saben el secreto de la inscripción en la tumba de Camila y a la que todo el mundo le busca un significado místico. Pero G.I.E.D., que es lo que trae en letras bien grandes sobre mármol gris la lápida de Camila, es la manera en que ambos la querían: «Guapa, Inteligente, Enamoradiza, Dormilona».
(*Esta historia no es verdad, es el mosaico literario que se formó en mi cabeza tras un fin de semana en Luarca de mil conversaciones y abrazos acopiados para vencer al tiempo y al espacio. Y también es la respuesta que necesita una amiga que no duerme si se queda con la duda de saber qué significa GIED).
Aitana Castaño
http://sairutsa.blogspot.com.es/2016/01/la-tumba-de-camila.html
2.871 – El ardor
Nicolás hundió los labios en el cuello de Dulce María y, empujándola hacia un rincón del portal, intentó otra vez tocarle los pechos.
-¡Basta! -exclamó ella, apartándolo.
-¿Qué pasa? ¿Es que no me quieres?
-Claro que te quiero. Lo que pasa es que aquí puede vernos cualquiera.
-Pues vámonos a otro sitio
-No tenemos otro sitio.
-Hay una pensión aquí cerca.
-Ya te he dicho que de pensiones, nada. Y menos para nuestra primera vez. Eso es de pelanduscas. Además, yo no sé qué prisa te ha entrado.
-Vale, vale -dijo Nicolás, abrazándola.
Luego pensó: «No es justo». Y lo intentó de nuevo.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.870 – La distancia de la muerte
2.869 – Bruma
Cuán lábil es la razón.
Le basta un puñado de niebla
Para volver a ti.
Alejandra Díaz Ortiz
https://alejandradiazortiz.wordpress.com/2016/01/27/bruma/
2.868 – La Flor Azteca I
Cuando era chica, mi madre conoció a la Flor Azteca, una cabeza de mujer cuyo cuello muy fino cimbreaba en un jarrón. Hacía muecas, guiñaba los ojos, contestaba preguntas y no se consideraba un espectáculo para niños. Sin embargo mi madre no lloró hasta que le explicaron que sólo se trataba de un juego de espejos. Decepcionada pero incrédula, alcanzó a esconderse detrás de una maderas pintadas.
A la madrugada, cuando todos los espectadores se habían ido, salió trabajosamente del jarrón una mujer desnuda, diminuta, enjabonada. Una férula de metal en la base del cuello le ayudaba a sostener la cabeza erguida. «Nomás los chicos se dan cuenta de que esto no es un truco. Por eso no los dejan entrar», le dijo la Flor Azteca. Y la convidó con un mate.
Me parece imposible que me madre haya sido niña alguna vez.
Ana María Shua
Botánica del caos
2.867 – Sacrificio
A pesar de que lo odiaba, Juan hizo todo lo que pudo por salvar a Pablo, su hermano gemelo. No pensó en sus diferencias mientras le agarraba la mano desde la orilla del río para evitar que se lo llevara la corriente. Tampoco tuvo en cuenta que en casa Pablo era el rey, el favorito, y que él, más alocado, menos dócil, lo único que recibía era desprecio. Todo eso se le pasó por la cabeza más tarde, cuando la policía encontró el cuerpo flotando entre los juncos, y los padres, apartando a los curiosos, corrieron hacia su hijo vivo y lo abrazaron como nunca antes lo habían hecho.
-Menos mal que tú estás bien, Pablo -dijeron, llorando.
-Pobre Juan -se lamentó Juan, y lloró con ellos.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.866 – Los nombres
La configuración de nuestros rasgos, la sonrisa bobalicona, el pelo ralo… prefiguran un nombre.. Uno viene al mundo con las facciones inequívocas de un Alfredo, con el labio inferior grueso de los Simones o la expresión estupefacta de los Marcos.
Los Danis, tan rubios; los meticulosos Alejandros o las Isabeles, incapaces de matar una mosca: todos traemos preasignado un nombre. De la habilidad de nuestros padres dependerá que el que nos den coincida con el que en justicia nos corresponde.
Porque, ¿quién no ha llamado alguna vez Luis a un Alberto? ¿Quién no le dijo Pablo a un Ramón? No es nuestra memoria la que se equivoca en tales ocasiones: fueron sus padres al nombrarles.
La exacta correspondencia entre el nombre otorgado y el nombre que biológicamente traemos impreso garantizará una existencia feliz. Por el contrario, un desacuerdo entre esos dos niveles conducirá a una quiebra íntima, y dará como resultado una existencia desgraciada, infeliz.
Se sabe de un Jorge al que llamaron grandilocuentemente Hernando, y nunca fue nada en la vida. También de una Margarita a la que llamaron Luisa: fue desdichada en amores. Pero nunca nadie tuvo una existencia tan exacta, tan merecida, como la de un Juan al que llamaron Juan.

