2.895 – El grafógrafo*

salvador elizondo Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

Salvador Elizondo

*Para Octavio Paz

2.894 – Infidelidad a la luz de la teoría de la relatividad

Rene Aviles Fabila 2  Fue descubierto en plena infidelidad por su esposa (¡Y en mi propia casa, canalla!), pero no se preocupó mayor cosa: simplemente —recordando al viejo Einstein— avanzó a tal velocidad, a la de la luz, que regresó al punto anterior a la vista de su amante. Sin embargo, tuvo la sensación de que no había hecho el amor: comenzó a acariciar a la hermosa mujer y el pasado se reprodujo. Una vez que se amaron la esposa apareció en la recámara. De nuevo no tuvo más salida que moverse rápidamente y reinició el adulterio. Otra vez quiso evitar el terrible encuentro y fue imposible. Así quedó atrapado (condenado) dentro de un incómodo e infinito círculo vicioso. Todo por no aceptar la escenita de los celos.

René Avilés Fabila

2.893 – La bala

Hugo Lopez Araiza Bravo  La bala rompió el griterío desordenado de los machetazos ciegos, se abrió paso entre el rojo escándalo de herraduras y huaraches, penetró la pared de la agencia municipal, atravesó zumbante la oficina, desordenó todos los papeles, dejó un hoyo limpio en la silla de cuero del finado alcalde, persiguió al secretario que había logrado esconderse tras las cortinas, emergió triunfante a través de las puertas de doble aldaba, cruzó la plazuela del quiosco, despeinó las filas de arrayanes, espantó a las palomas que picoteaban la sanguinolencia desparramada en el empedrado, desgajó las baldosas de la pulquería, tronó cada uno de los jarros de curado de guayaba, salió en explosión de astillas por la ventana del retrete, recorrió el callejón del mercado negro, entró por la fuerza en la covacha de Mamá Carlota, apagó las lamparitas chinas del balcón de las hamacas y se fue a mezclar con las entrañas de Jacinto Rodríguez, comandante en jefe de las Fuerzas Insurgentes de Chuliapan, quien, tras haber comprendido que el último foco de la resistencia de los Altos sería devastado por la montada, había decidido pasar sus últimos minutos hundido en el regazo de su puta preferida.

Hugo López Araiza Bravo
http://1antologiademinificcion.blogspot.com.es/2011/04/hugo-lopez-araiza-bravo.html

2.892 – Del país o de importación

Jessica de la Portilla Montaño  —¿Quiere taxi?
El vehículo arrancó. Miriam se había robado unos cerillos de casa del papá de Gerardo: Hotel Best Western, Tel Aviv. El conductor cantaba una cumbia.
Una aventura es más bonita.
¿O era una salsa? En la pantalla del celular estaba Gerardo con sus viejos audífonos. Para ella fue la semana perfecta, un sueño hecho realidad: el músico internacional se fijó en esa groupie de Nuevo León con que chateaba diario. Se despidieron con la promesa de ahorrar para hacer pronto una vida juntos allá, en Israel.
Haciendo cuentas, el boleto sin escala costaba lo que el semestre de escuela. Tendría que tomar clases de hebreo. Gerardo le pidió que considerara cambiar de religión. ¿Cuánto gastaría viajando a Monterrey para ver a su familia?
Y un beso robado queda siempre como adiós.
Decidió que era más barato seguir enamorada de Luis Miguel: con los puntos acumulados en su tarjeta, ir al Auditorio Nacional le salía casi gratis.

Jéssica de la Portilla Montaño

2.891 – Tenía la belleza…

rafael perez estrada  Tenía la belleza de los tibios de corazón, la palidez de los lujuriosos, y un amor desmedido por los pájaros. Desnudo, gustaba -un hábito secreto de quien padece insomnio- probarse alas, artificiosos aparatos trenzados con paciencia, aunque su verdadera pasión eran los atardeceres marinos: ¡Ver ahogarse la tarde!, decía como quien señala la destrucción del tiempo.

 Rafael Pérez Estrada

2.889 – Escarabajos

Amelia DomínguezLa vida es sueño
Pero también suele ser una barca,
O mejor, un submarino amarillo;
Aparte de que siempre
Será una mierda.
             Xavier Villaurrutia
  Quince años y canciones de Los Beatles era todo lo que tenías para anteponerlo como escudo al tedio, a los gritos de tu hermanito a los chismes de las vecinas y a la suciedad que te rodeaba. Te pasabas horas pegada al radio, con los sueños dorados, que al apagarlo se convertían en desteñida vigilia.
En ocasiones te sentías Ana o Julia, otro día Prudencia, Mary la del corderito o cualquier otra, menos la que realmente eras.
Un largo y sinuoso camino recorrías a diario de u casa al mercado; comprabas lo indispensable y regresabas a hacer la comida para cuando llegara tu padrastro y después tu mamá, del trabajo. Si no lo hacías, te esperaban twist y gritos, de ambos.
Afortunadamente, cuando salías al pan, encontrabas a Jorge, con quien emprendías un viaje fantástico y misterioso, se perdían en un bosque noruego, llegaban hasta unos campos de fresas, donde comían hasta hartarse, para terminar en la panadería, con un pastelito.
En tu casa el Sargento Pimienta y Lady Madona nunca se llevaron bien. Tú y George, sí. Y lo mismo hubiera sido con John, con Paul o con Ringo, los cuatro eran fabulosos, aunque tuvieras que soportar sus infidelidades.
Cuando empezaron a aparecer noticias de que se casaban, trataste de mantenerte más ocupada que de costumbre, para no pensar en ello, y después, cuando el grupo se desbarató, se deshicieron tus sueños a gotas y el radio permaneció mudo por mucho tiempo.
Tus cumpleaños se han ido acumulando tanto como los trastos sucios y la basura, pero aún te gustan los escarabajos: imagina que eres Lucy en el cielo de brillantes, y que tal vez, cuando tengas sesenta y cuatro años…

Amelia Domínguez Mendoza

2.888 – A las niñas de Gamud no se les corta el cordón umbilical…

antonio fernandez molina  A las niñas de Gamud no se les corta el cordón umbilical cuando nacen; lo conservan incorrupto, mediante un tratamiento que guardan oculto, y continúa creciendo. Rodea la cintura debajo de la ropa y es su garantía de virginidad. Cuando se casan, el marido lo desprende bruscamente y algunas mueren de la hemorragia que suele seguir. El que una muchacha sin su cordón umbilical pretendiera casarse es tan absurdo que ni siquiera se piensa en ello. Desde luego, las relaciones sexuales previas al matrimonio, con cualquier persona, no se consideran en ningún caso.
A las que no se casan, se les arranca el cordón el día de su muerte; con él se ciñen sus muñecas y así bajan a la tumba.
Si se da el caso de que una soltera no lo tenga, se oculta esta circunstancia por todos los medios. Incluso hablar de ello sólo se concibe en los medios más ruines.

Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005

2.887 – Un fallo

jj millas2  Han descubierto en los ordenadores un defecto gracias al cual usted podría, a través del suyo, entrar en el disco duro del mío y comerse mi Menú, además de hacerse sus necesidades en Mi Maletín. Puede usted, en fin, invadirme, entrar en la novela que tengo a medias y cambiarle el argumento o quitárselo. Tampoco le sería difícil, aunque no le creo tan generoso, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano, volcar en mis archivos una obra maestra mientras yo me dedico a la meditación trascendental. El fallo informático en cuestión es deslumbrante, como todos los errores, y abre una grieta insospechada a la solidaridad o a la barbarie. La noticia ha tenido poca repercusión porque la gente no cree todavía mucho en la cibernética, e incluso a quienes tienen ordenadores les parece increíble que, mientras ellos duermen, un señor de Zamora esté manipulando su Fastopen. Pero imagínense que un error de fabricación en las neveras permitiera que yo me introdujera en la suya. En otras palabras, que abre el refrigerador y ve que de la pared del fondo sale una mano que toma un yogur y desaparece con él como por arte de magia. Seguramente se llenaría de pánico, hasta advertir al menos que a través de una rendija del suyo puede usted alcanzar las viandas del mío. Más aún, imaginemos que un error en la fabricación de las camas diera lugar a que con una sencilla operación pudiera usted aparecer en la de su vecina y viceversa. El escándalo haría época y sería titular de primera página en todos los periódicos. Sin embargo, la noticia de los ordenadores ha aparecido en un borde de la sección de «Sociedad», como si careciera de importancia. Lo que revela la poca fe que tenemos en el disco duro, al que confiamos sin embargo nuestra cuenta corriente y nuestro diario íntimo. Qué raro.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

2.886 – Perdido

leon_de_aranoa  Quería abandonar su relación con ella, pero no encontraba el camino. Cada vez que adivinaba una salida la bloqueaba un reproche, un silencio, una cuenta pendiente. La promesa de unos días en el campo, hecha a destiempo. O su propia conciencia, atravesada en el camino y en llamas, bloqueando el paso.
A veces eran simples recuerdos los que le impedían avanzar: fotografías desenfocadas, un jersey azul tejido a mano, viejas canciones de los ochenta grabadas en una casete. O el recuerdo de su olor, una tarde en el cine, como un muro infranqueable. Otras fue el roce perfecto de su piel, la sugerencia de sus pechos todavía firmes bajo la blusa, sus brazos como un refugio. Las más, una corriente profunda, difícil de vadear, en la que nos vemos reflejados y a solas, y eso nos asusta.
Se había perdido en ella. En sus callejones, en sus bifurcaciones, en sus rotondas mal señalizadas. Traspapelado para siempre en los archivos sin índice de su burocracia, deambulaba sin rumbo por la oscuridad de sus descampados, extraviado bajo la densa niebla.
Y se cruzó con otros. Con Clemente Marina, su novio de toda la vida. Con el bueno de Ismael Fuentes, con el que al parecer había mantenido una relación breve en el instituto. Con Ángel sin apellido aún, un becario joven, recién llegado a su departamento. Y con al menos otros dos tipos, cuyas caras no le sonaron. Allí seguían, perdidos también en ella. No pudo evitar preguntarse qué hacían allí. La muy hija de puta.
Parecía una mujer, pero era una trampa mortal: carretera de montaña con curvas, discoteca sin salidas de emergencia. Cuando se conocieron le pareció fácil, sin recodos, pero escondía en su interior un laberinto, un desierto sin sol ni estrellas; un colosal vertedero de brújulas, cubierto por las cenizas de todos los mapas.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones