Un terremoto de siete grados en la escala Richter sacudió la costa occidental del continente australiano. Por fortuna, se trata de una zona poco poblada y los desperfectos no fueron de consideración. Tampoco hubo que lamentar bajas humanas. El lugar se declaró zona catastrófica. Instantes después de producido el seísmo, en una elevada peña de la sierra de Líbar, en la provincia de Málaga (España), una mariposa limonera que pasaba la tarde tomando el sol sobre la flor de un majuelo, vio como una agitación proveniente de un lugar desconocido la obligaba a batir las alas.
Autor: carlos
1.303 – Lo uno y lo múltiple
«Creo que todo empezó al aceptar el puesto de vigilante nocturno. Mientras hacía la ronda de madrugada, pensé en mi mujer y la imaginé dormida en mi lado del colchón. Fue tan fuerte la nostalgia de su cuerpo que me desdoblé en otro yo apasionado que corrió a acurrucarse junto a ella. Ahora no paro de escindirme, tengo varios clones repartidos por la ciudad cumpliendo mis deseos. Uno incluso ha empezado Filosofía. Pero ayer, viendo el telediario, creí reconocerme en el atracador que grabó la cámara de seguridad del banco. Estoy preocupado, usted me comprende, ¿verdad? ¿Por qué me mira así?».
Rosana Alonso
Los otros mundos.Edit. Talentura, 2012
1.302 – Cicely
Una página en blanco un día negro, tantos días.
Que atrás quedan los cerezos en flor, las bellísimas geishas, los campos ordenados, las calles limpias, las colas perfectas de los andenes, los trenes de fumadores, los torai, los templos.
Quedan los pétalos marchitos, hoy serían cerezas, el recuerdo de un tiempo que se empeña en volar. Queda una sucesión de días idénticos, clonados, nubarrones internos. Sé que detrás está el cielo.
En Madrid es otoño -se me hielan los pies en la cama
Quiero irme a Cicely. Allí vive la gente con quien paso las tardes. Ya no voy a fiestas, ni veo exposiciones ni apenas leo. Me siento en el sofá y me quedo con ellos. Con mi gente. Con la nube plomiza, con los pétalos secos -hoy serían cerezas-.
El teléfono me impide seguir el hilo de lo que sucede.
-¿Sí?
-Buenas tardes, me llamo Sonia Cifuentes. ¿Tiene usted internet?
-Disculpe, señorita Sonia Cifuentes, tengo el teléfono desviado y me está usted llamando a Alaska. Entienda que cuelgue.
-Perdone, adiós.
He perdido el hilo. No importa, está nevando. Un reno cruza la calle. La gente sale a celebrar los primeros copos. Y yo salgo con ellos, respiro, ha llegado el invierno.
María Jesús Muñoz Cánovas
Futuro imperfecto. Ed. de Clara Obligado. Colección Nuevos narradores/6
1.301 – Claustrofobia histórica
Yo me enamoré del hijo de la Paqui sabiendo que era un pinta y que andaba todo el día por ahí como un perro sin dueño.
Entonces no sabía que la única persona a la que puedes cambiar eres tú misma y que de redentores y buenas cenas están las sepulturas llenas.
Entonces no sabía eso ni otras muchas cosas, como que la marcha atrás no funciona, y que te puedes quedar embarazada aunque lo hagas de pie contra la tapia del cementerio, diga lo que diga la Sole.
Ahora sé cambiar pañales, preparar biberones y poner los ojos en blanco cuando me preguntan por qué dejé de estudiar, como si la respuesta tuviera que ser evidente para todo el mundo. Ahora también sé que no tendría que haber dejado de estudiar nunca.
El hijo de la Paqui (de cuyo nombre no me da la real gana acordarme) no se salió del instituto, aunque le costó Dios y ayuda acabar el bachillerato. Se fugaba de casi todas las clases porque no aguantaba los espacios cerrados. Que le entraba el nervio y una de dos, o abría la ventana o se tiraba por ella. Para eso hubiera sido mejor que se hubiera puesto a trabajar, pero a ver en qué sitio iban a aguantarle la manía esa de las puertas abiertas.
Alguna noche, tuvimos que bajar la Paqui o yo a buscarlo al parque. Decía que dentro del piso se asfixiaba, que le faltaba el aire.
Un día le faltó tanto que ni su madre ni yo fuimos capaces de encontrarlo.
Recorrimos el pueblo entero, hasta que la Paqui dijo que ya no aguantaba más, que a su hijo le podían dar muchas y buenas, y que con su edad y sus dolencias, no podía encargarse de nosotros.
Después, me puso la mano en la barriga, yo creo que con pena, y me deseó suerte.
Desde esa noche vivo con mis padres.
Él volvió unos días más tarde. Que le perdonara. Que yo ya sabía de más que a veces la casa se le caía encima y que tenía que salir a donde fuera. Qué él no estaba hecho para estar encerrado entre cuatro paredes.
Pero yo no le perdoné. Faltaría más. También una tiene su orgullo.
Ahora creo que se ha matriculado en historia. Normal.
Un pinta como él tenía que acabar estudiando una carrera llena de nombres de calles.
Pilar Galán
Paraiso posible. Ed. De la Luna libros. Abril 2012
1.300 – Levántate y anda
1.299 – Leones y payasos
Que los leones se coman al payaso es una gran desgracia. Es importante investigar para saber si se trató de un accidente, un crimen o un suicidio.
Que los payasos se coman un león, es una advertencia.
Ana María Shua
Fenomenos de Circo. Páginas de espuma 2011
1.298 – La alienación/ 1
Allá en los años mozos, fui cajero de banco. Recuerdo, entre los clientes, a un fabricante de camisas. El gerente del banco le renovaba los préstamos por pura piedad. El pobre camisero vivía en perpetua zozobra. Sus camisas no estaban mal, pero nadie las compraba.
Una noche, el camisero fue visitado por un ángel. Al amanecer, cuando despertó, estaba iluminado. Se levantó de un salto.
Lo primero que hizo fue cambiar el nombre de su empresa, que pasó a llamarse Uruguay Sociedad Anónima, patriótico título cuyas siglas son: U.S.A. Lo segundo que hizo fue pegar en los cuellos de sus camisas una etiqueta que decía, y no mentía: Made in U.S.A. Lo tercero que hizo fue vender camisas a lo loco. Y lo cuarto que hizo fue pagar lo que debía y ganar mucho dinero.
Eduardo Galeano
El libro de los abrazos. Siglo XXI -1989
1.297 – Curiosidades
Me ha dicho el médico que me pese cada mañana. De ese modo, si un día cojo unos gramos, al siguiente pondré los medios para perderlos. No es preciso añadir que se trata de un médico obsesivo, pero ni los médicos ni las esposas nos tocan en la lotería. Si estoy con él, me digo, por algo será. De otro lado, me gusta la idea de corregir el martes los errores del lunes. Lo primero que hago al sentarme frente al ordenador, a primera hora, es repasar las páginas escritas la jornada anterior. Siempre tacho algunas palabras o añado otras. Gracias al médico obsesivo he empezado a relacionarme con mi cuerpo como si fuera una novela que escribo día a día. Hoy peso 200 gramos más que ayer por culpa de una cena que ni siquiera me hizo feliz. Pues nada: a tachar esos doscientos gramos a base de frutas y punto (punto y aparte).
Tachar kilos es tan difícil como tachar adjetivos. Se les coge cariño a los unos y a los otros. Aunque sabes que no le vienen bien a la escritura ni al cuerpo, nos cuesta cortar por lo sano, ésa es la verdad. Pero quiero insistir en la idea del cuerpo como novela; a veces, como novela de terror. Me hice unos análisis que me entregaron en un sobre cerrado donde ponía la palabra «confidencial». Iba por la calle con aquel sobre debajo del brazo como si fuera un agente del Centro Nacional de Inteligencia. Pero sólo era un espía de mi propio cuerpo. Se lo entregué al médico y fue entonces cuando me recomendó que me pesara todos los días, para tachar el miércoles los gramos de más escritos durante el martes. En eso estoy.
Para amortizar la báscula, me peso siempre que paso cerca de ella. Por las noches, no sé por qué, peso siempre dos kilos más que por la mañana. Pero son dos kilos que se tachan solos, también de forma inexplicable, durante el sueño, como si los gramos se colaran por un sumidero invisible. El otro día me desperté de madrugada y estuve una hora sobre el peso, para sorprender al cuerpo en el instante de adelgazar, pero es más difícil que ver crecer la hierba. He hecho también experimentos con algunos libros. Las novelas pesan más por la noche que por la mañana. La poesía, en cambio, siempre pesa igual. Cuestión de metabolismo, supongo.
Juan José Millás
Articuentos completos. Seix barral – 2011
1.296 – Crianzas
Siempre imagino que mi madre tiene nada más que veinticinco años (la edad que ella tenía cuando yo nací), de ahí que me enfurezca si la oigo arrastrar los pies, cloquear, toser, pensar como una vieja. No entiendo por qué a los veinticinco años le han salido arrugas ni me explico cómo siendo tan joven se acuesta tan temprano.
Si en algún momento de pavorosa lucidez advierto que es una vieja, tal descubrimiento me llena de horror, por lo cual trato inmediatamente de expulsar dicho conocimiento de la luz de mi conciencia, de manera que en seguida recupera sus veinticinco años.
Ella me trata a mí continuamente como si yo fuera una niña, por lo cual nos entendemos perfectamente. No insisto en crecer, porque sé que es inútil: para nosotras dos, el tiempo se ha estacionado y ninguna cosa en el mundo podría hacerlo correr. Moriré de cinco años y ella de veinticinco: a nuestros funerales asistirá una muchedumbre de ancianos niños y de niños que jamás llegaron a crecer.
Cristina Peri Rossi
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma, 2001
1.295 – El preso
No ocurre todas las noches, pero ocurre. En mi celda, en la puerta de mi celda, hay una cruz marcada con tiza. Ya no puedo pagar mi impunidad personal y abusan de mí. Son tres o cuatro, y me desvelan. La primera vez, la primera noche, mi grito fue profundo y desgarrador. Pensé que algo se rompía en mi interior. El capellán de la prisión me preguntó si había sentido algún placer en alguna de las ocasiones. Puede usted suponer que me levanté con dignidad del reclinatorio y me fui lo más aprisa que pude, mordiéndome los labios, porque las heridas, los roces y quizás alguna llaga me están causando un tormento terrible.
