1.514 – La televisión

teleVISOR El soldado me mira antes de disparar. Es sólo un instante, y me mira con esa cara de vidrio oscuro que tienen los soldados antes de disparar. El estudiante extiende los brazos en un gesto instintivo e inútil. Lo van a matar, se da cuenta y trata de detener el tiempo extendiendo los brazos hacia delante. El soldado tiene el fusil automático listo y apunta al estudiante, que extiende los brazos. En ese momento se puede pensar que el estudiante ya está muerto, pero no; hay una larguísima fracción de segundo entre un momento y otro. Los dos se han quedado mirándome desde la pantalla del televisor, el matador y su víctima, bajo un sol que no he visto nunca.
El soldado dispara, pero no lo vemos, gracias al anuncio del nuevo detergente.

Benito Martínez
Por favor, sea breve. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2001

1.513 – El otro

araceli esteves2 Cambié por ella, para parecerme al hombre que siempre quiso ver en mí. Abandoné mis costumbres y me adapté a sus horarios, dejé de frecuentar amistades que a ella le molestaban. Ahora por las noches me busca melindrosa, se acerca a soplarme detrás de la oreja para que me disuelva, para mezclarme con ella y vaciarnos los dos en un nuevo organismo que nos acoja y nos contenga. Labios y brazos, piernas y sexos enroscados formando parte de una sola criatura de movimiento suave y jugoso. Busca inútilmente aquello que conseguíamos cuando yo era yo.

Araceli Esteves
Fisuras en el aire, Eugenio Cano editor, Madrid, 2013, 144 páginas.

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1.512 – La pasión del híbrido

rafael perez estrada Su madre había sido una cebra, y él hacía todo lo posible por disimularlo. Generalmente se colocaba allí donde la luz juega a hacer paralelas con las sombras. También, como conviene a los híbridos de cebra y hombre, sus trajes eran rayados, y sus palabras. A veces, si nadie lo veía, retozaba en el parque. Le gustaba sentir la proximidad de la yerba, la humedad siempre amanecida de los pastos. Y cuando llegaban las amables muchachas que suelen traer los días felices, también él las miraba con codicia. Alguna vez -decía- tendré una muchacha para mí solo. Pero al decirlo, pensaba en la grácil armonía de las cebras y, aun confuso, se sentía feliz.

 Rafael Pérez Estrada
Los amores prohibidos.  1995

1.511 – El escritor calvo

rafael camarasa Se niega a creer que su alopecia es una enfermedad sin poesía. Es mejor pensar que años de viento le han arrebatado la cabellera y que sus mechones se enredan hoy con los árboles de los bosques que caminó Thoreau, flotan sobre las frías olas de Punta Desengaño o se mezclan en el brebaje de algún santero del Sur. Acaso viven enterrados bajo el polvo de algún camino de Addis Abeba, donde la luz hace más largas las sombras esqueléticas de las mujeres. Territorios de niebla en los que el cielo no perlará de lluvia su calva y a los que no llegará sin las mentiras que ahora tú lees sobre el viento.

Rafael Camarasa
Por favor, sea breve 2. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2009

1.510 – La calle

pedro-arturo-estrada-2 Cuando tomó por la vieja calle —a esa hora irregular—, rumbo a su casa, algo en su corazón más que en su mente le advirtió del peligro. Sin embargo, la costumbre, la inercia o esa extraña fascinación que experimentan los suicidas, le hizo avanzar casi tranquilo bajo la luz exigua de una lámpara, a través del silencio sólo disturbado por el eco de sus zapatos. Cuando se dio cuenta, notó entonces que aquel no era más su rumbo de siempre. Ahora, hipnotizado, caminaba descalzo —ya no había ningún eco—, sobre la superficie antigua y terrosa de su olvidada callejuela de infancia: alcanzó a advertir la vieja casa, la puerta abierta y de nuevo, como la primera vez, el mismo, oscuro abandono.

Pedro Arturo Estrada
Deshistorias, Cuadernos Negros, Calarcá, 2012.
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1.508 – Instrucciones para dar cuerda al reloj.

julio-cortazar1g Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes.Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Julio Cortazar
Por favor, sea breve. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2001

1.507 – Sueño del violinista

ramon g de la serna Siempre había sido el sueño del gran violinista tocar debajo del agua para que se oyese arriba, creando los nenúfares musicales.
En el jardín abandonado y silente y sobre las aguas verdes, como una sombra en el agua, se oyeron unos compases de algo muy melancólico que se podía haber llamado «La alegría de morir», y después de un último «glu glu» salió flotante el violín como un barco de los niños que comenzó a bogar desorientado.

Ramón Gómez de la Serna
Por favor, sea breve. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2001

1.505 – Munición

ana maria shua El creador del truco o disciplina del hombre-bala fue un militar italiano de apellido Farini. En realidad, los hombres-bala no son impulsados por una explosión de pólvora, sino por un resorte que activa un mecanismo de fuerza hidráulica o de aire comprimido. La pólvora se usa en el circo para provocar efectos auditivos, olfativos y visuales. El primer hombre-bala fue una jovencita de catorce años, disparada en 1877.
A diferencia de las balas comunes, los hombres-bala no son descartables y pueden usarse una y otra vez. Por eso, aunque necesiten mantenimiento, se los recomienda con frecuencia como munición.

Ana María Shua
Fenómenos de circo. Ed. Páginas de espuma. 2011