Según un estudio reciente, son muchos los aspectos ligados a nuestra personalidad que creíamos inmutables y sin embargo experimentan variaciones a lo largo del día, a causa de factores ambientales sin importancia aparente.
Sin que hayan podido establecerse conclusiones de orden causal, los autores del estudio dan por probado que el hombre adelgaza de manera momentánea cuando pasa por delante de un espejo o ante una mujer de belleza contrastada. También que su estatura se reduce al fichar por las mañanas a la entrada del trabajo, y los domingos en casa de los padres de ella. Su capacidad intelectual disminuye ligeramente en las gradas de los estadios de fútbol, y de manera significativa cuando le es presentada una mujer de indudable atractivo, viéndose comprometidas en tales ocasiones capacidades verbales y motoras que creíamos perdurables.
El mismo estudio demuestra que la tristeza se acentúa al pasar ante una estatua ecuestre, frente al portal de un antiguo amor, o cuando rellenamos formularios.
Sus autores consideran probado asimismo que la belleza de la mujer se multiplica exponencialmente mientras hace el amor y cuando se emociona de manera inesperada. Por el contrario, se ve seriamente mermada cuando se enfada al encontrar la tapa del retrete abierta.
La belleza del hombre se multiplicaría también mientras hace el amor, llegando a triplicar sus valores absolutos días después, cuando se lo cuenta a sus amigos en el bar donde se reúnen los jueves, pero alcanza su mayor expresión cuando lo recuerda pasados los años, un martes de otoño, en la soledad de su dormitorio.
Autor: carlos
1.533 – Día de la diversidad cultural
En 1906, un pigmeo cazado en la selva del Congo llegó al zoológico del Bronx, en Nueva York.
Fue llamado Ota Benga, y fue exhibido al público, en una jaula, junto con un orangután y cuatro chimpancés. Los expertos explicaban al público que este humanoide podía ser el eslabón perdido, y para confirmar esa sospecha lo mostraban jugando con sus hermanos peludos.
Algún tiempo después, el pigmeo fue rescatado por la caridad cristiana.
Se hizo lo que se pudo, pero no hubo manera. Ota Benga se negaba a ser salvado. No hablaba, en la mesa rompía los platos, golpeaba a quien quisiera tocarlo, era incapaz de realizar ningún trabajo, se quedaba mudo en el coro de la iglesia y mordía a quien quisiera fotografiarse con él.
Al fin del invierno de 1916, tras diez años de domesticación, Ota Benga se sentó frente al fuego, se desnudó, quemó la ropa que le obligaban a vestir y apuntó al corazón la pistola que había robado.
Eduardo Galeano
Los hijos de los días – Siglo XXI – 2012
1.532 – Olvido
Busco a mi perro que lo apodamos «Olvido», cuyo mote jamás recuerdo. Mi mujer le colgó del cogote un collar con la palabra Olvido para ayudarme. Todo resultó en vano pues el perro se lo pasa en la calle. Yo en casa, y con mi falta de memoria trate de llamarlo por su nombre que siempre olvido, aunque de sólo pensarlo, él viene.
César Antonio Alurralde
1.531 – Augurios
En mi juventud en el Lacio, sacrifiqué gorriones y palomas. Más tarde, ya en campaña, halcones de fiero vuelo. Después faisanes, pavos de cola real tan azul como el cielo en los atardeceres del foro. Ordené a los arúspices extraer las vísceras para leer en ellas mi futuro. Ahora, en el lecho, ya abatido, daría el tiempo que me queda, por sentir la brisa de unas alas.
Isabel Cienfuegos
1.530 – Ballena mínima
En el orden del miniaturismo animal brilla por su pequeñez la llamada ballena de los Sargazos. Su color tiene la claridad, la inquietante luminiscencia de la olivina y su fumarola la transforma a ojos de un raro observador en un nenúfar gaseoso. La leyenda le ha fabricado un origen mítico, y dice que en el primer día fue una muchacha alada, casi un ángel que huyendo de un arquero rijoso ocultó su gracia en el laberinto de lo vegetal oceánico; y así también, que su tamaño es sólo una defensa, una fuga ante un enamorado tenaz. Y añade que las sirenas, celosas de su hermosura, obligaron a los dioses a que la convirtieran en un vulgar mamífero. Mas aun así, los navegantes que le han dado caza celebran su poder amatorio y cantan la belleza única de sus pechos de niña.
Rafael Pérez Estrada
1.529 – Mujer portátil
Una mujer que aprenda mi nombre a besos cada día. Mujer que ronque como roncan las notas de un bandoneón. Mujer duplicado de mis llaves. Mujer hoja del árbol que soy; palabra de cuanto hablo. Una mujer que no tenga país de origen. Que cuando diga su nombre: llueva.
Rogelio Guedea
Por favor sea breve 2
Ed. Páginas de espuma 2009
1.528 – Hoy veré a mi abuelita
Ya no tengo abuelita, pero me he encontrado en la calle unos anteojos y pienso que es ella la que me los ha enviado desde el cielo.
Ahora, cuando juegue con mamá, vendrá a verme abuelita, bastará con que le ponga a madre los anteojos que me he hallado hoy, y que la envuelva en el chal color de rata que dejó mamá grande a los pies de mi cama, para que me arroparan por la noche, y que yo diga: «¡Ven, abuelita!». Ella vendrá luego, me abrazará riendo, y llorará arrepentida por haberse ido sin permiso de su muchachita.
Josefina Zendejas
1.527 – Tarzán
Avanzando en oleadas malignas, las hormigas carnívoras no han dejado más que esqueletos blanqueados a su paso. Horrorizado, Tarzán sostiene en su mano temblorosa la calavera pelada de un primate. ¿Se trata de su amada mona Chita? Condenado al infinitivo, el rey de la selva se pregunta ¿ser tú Chita, mi buena amiga mona? ¿La compañera que alegrar mis largos días en esta selva contumaz? ¿Ser o no ser?
Ana María Shua
1.526 – Abdel el de los barcos
Le llaman el de los barcos, aunque vive en el desierto.
Sentado a la puerta de su jaima, con un té en la mano, Abdel cuenta su historia a todo el que quiera escucharla.
Siendo muy joven, sus padres le enviaron al extranjero a hacer sus estudios universitarios. Cuando regresó, Abdel era ingeniero naval, pero su país había perdido el mar. Se lo quedó Marruecos, aprovechando la salida de España de su colonia, que confinó al pueblo saharaui al interior del desierto.
Desde entonces todos le llaman Abdel el de los barcos, porque sabe cómo hacerlos, pero vive en el desierto.
Sentado a la puerta de su jaima, con un té en la mano, Abdel entorna a veces los ojos y en el horizonte infinito de arena, entre las dunas, ve alejarse la silueta de los barcos que nunca hizo, sus bodegas llenas de los sueños no cumplidos de su pueblo.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.525 – Pedro Lapso y la fuerza gravitatoria
En la víspera del nacimiento de su primer hijo, a Pedro Lapso se le cayeron varios objetos de las manos. Los más eran menudencias recuperables y su caída no produjo ningún quebranto.
Sin embargo, otros eran objetos valiosos que estallaban con estrépito y pasmo. Era como si la fuerza gravitatoria se hubiese empeñado en demostrarle su omnipresencia. Asustado y temiendo males mayores con el niño, Pedro Lapso se amputó los brazos. Por eso no pudo evitar, aun estando a su lado, que a su mujer se le escurriese el bebé.