Con frecuencia, pero también cuando menos lo espero, se me aparecen mis padres. Tras el susto inicial, el miedo va dejando paso a un sentimiento de impotencia y de rabia, porque, por más empeño que pongo, nunca consigo comunicarme con ellos. Me gustaría decirles, sobre todo, que los echo mucho de menos, que me cuesta asumir que aquel desgraciado accidente me haya privado de su compañía.
Luego, cuando desaparecen, me quedo durante horas muy triste, abrazado a las flores que amorosamente han depositado sobre mi lápida.
Autor: carlos
1.553 – La ausencia
La echó de menos nada más despedirse. También al levantarse esa mañana y avanzar hacia el trabajo. Tenía la sensación de que aquel no sería un día más. Cada escaparate le traía su recuerdo, identificaba a lo lejos su silueta aunque no fuera la de ella. Creía verla en las calles, sonriendo a otro hombre, hablando a una amiga, levantando el brazo para pedir un taxi. Se le había quedado aquel recuerdo grabado al verla marchar. Al igual que el aroma de su cabello recién lavado y la imagen de dos pequeñas gotas de sudor dibujadas en su frente. Pero lo que más lamentó fue que durante aquella noche juntos ni siquiera le hubiera preguntado su nombre.
Álex Oviedo
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.552 – ¿Que es un imbécil?
1.551 – Era tan guapo…
Era tan guapo, tan inocente, despertaba tanta lástima tras haber perdido a sus padres en aquel pavoroso incendio, su trauma era tan grande, que a los que le adoptaron ni se les ocurrió prohibirle que jugara con cerillas. A sus padres tampoco se les había pasado por la cabeza.
Espido Freire
Cuentos malvados. Ed. Páginas de espuma – 2010
1.550 – Primera Comunión
Teresina se mostraba muy nerviosa y era natural. Todos los niños experimentan lo mismo, días antes, cuando van a hacer su Primera Comunión. Y llegó el día, y a la niña la vistieron de blanco, como si fuera una novia. Radiante estaba Teresina y su madre, y sus abuelos, y sus tíos y demás parientes por parte de madre. Todos juntos, en varios coches, se dirigieron a la iglesia parroquial. La ceremonia resultó muy emotiva, el fotógrafo hizo las fotos de rigor y luego se fueron todos a casa, para celebrar el hermoso día en torno a una copiosa mesa donde no faltó el espumoso. Casi todos los niños, al final de la jornada, suelen sentir una enorme pena cuando se desprenden del traje de su Primera Comunión. El día feliz ha terminado. Pero Teresina fue a la cama, feliz, rendida y contenta. Sabía que el domingo siguiente celebraría su Primera, mejor dicho, Segunda Comunión, con su padre, sus abuelos, sus tíos y demás parientes por parte de padre. En otra iglesia, con otro sacerdote, pero siempre con seres queridos. Y volvería a repetir el almuerzo en casa de su padre, con sus abuelos… Y volvería a recibir muchos regalos. Le preocupaba solamente una cosa: ¿Se repetirían los regalos? ¿Su padre y su madre se habrían puesto de acuerdo? ¿Sus abuelos habrían hablado antes? ¿Y los tíos? ¿Y los padrinos? La madrina era hermana de su madre y el padrino hermano de su padre. Desde cuando sus padres se habían separado, jamás supo si se hablaban entre ellos. La verdad es que tampoco le había importado mucho. Y llegó el día tan esperado. Y de nuevo volvió a comulgar, por vez segunda, con el mismo traje de la primera vez y sus zapatos blancos. Y de nuevo cortó en casa de su padre la tarta. Y todos aplaudieron. Cuando el lunes regresó al colegio y contó a sus compañeros y compañeras de clase lo de su segunda comunión, todos sintieron envidia de Teresina. Y muchos niños, al volver a casa de sus padres, se sintieron frustrados al verles juntos viendo la televisión, sin hablarse casi siempre… De todos modos, era lo mejor que podían hacer, porque cuando abrían boca era para iniciar una de sus habituales discusiones, interminables y desagradables. Y más de un amiguito de Teresina envidió a ésta y deseó fervientemente que sus padres se separaran de una vez por todas… Para algunos era la primera cosa que le pedían a Dios.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.549 – El Dios Viejo del Fuego
Con las piedras del antiguo templo pagano dedicado al dios del fuego se construyó la iglesia.
Hoy, la iglesia está atestada. Hay, sobre todo, mujeres y algunos niños. Se han refugiado allí y han cerrado la única, enorme puerta con pesadas trabas para defenderse de sus enemigos.
El Dios Viejo del Fuego usa una de sus llamaradas para encender un cigarro de hoja. Los fieles no ven el peligro: confunden con incienso el humo que enrojece sus ojos, confunden con el brillo del sol en los vitrales el fulgor de la brasa.
El Dios del Fuego ha visto ascender y borrarse en la consideración de los hombres muchos monótonos Dioses de la justicia. Sabe que sólo el terror y la locura perviven a través de los ritos, de las culturas, de los siglos. Usa otra de sus inmensas llamaradas para iluminar la escena a sus ojos legañosos. Es infinitamente viejo y fuma en paz. No va a molestarse en incendiar la iglesia sólo para darle el gusto al lector.
Ana María Shua
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Ed. Menoscuarto. 2005
1.548 – Los peligros de la ambición
Nils Honaffos -escritor en ciernes, y enaltecido por las bellas letras hasta el extremo de jurar que un día habría de encuadernar sus obras con su propia piel- decidió convocar a los espíritus de los grandes maestros antiguos de la poesía noruega para que estos le dieran a beber, secretamente, el elixir de la inmortalidad literaria. Así pues, Nils enterró un sapo junto a un acebo solitario a medianoche y caminó en círculo alrededor del árbol hasta la salida del sol. Con los primeros rayos, emergiendo de entre las cegadoras estelas vítreas de una nube a ras de tierra, se materializaron los grandes poetas con sus barbas de yak y sus impresionantes ropajes de rigor. Tiódolf de Hvin, Tóbiorn el Cuervo y Eyvind Roba-Escaldos entregaron al escritor en ciernes el odre antiquísimo que rezumaba elixir de la inmortalidad literaria. Nils Honaffos bebió el contenido con un largo y fervoroso sorbo y murió en el acto: era tinta; oscura, humilde y ponzoñosa tinta.
Ángel Olgoso
La máquina de languidecer. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.547 – Intuición
En la cocina, como en el amor, la ortodoxia no sirve para nada.
Un buen cocinero, igual que un buen amante, intuye el momento preciso en que se deben ligar los ingredientes.
Cocinero que no sepa cuánto y cuándo se debe agregar el pimentón al pulpo á feira servido con cachelos cocidos al punto, o que se muestre avaro con el chorro de aceite de oliva y una generosa porción de sal en grano, es seguro que consiga un plato muy amargo.
Lo mismo que se obtendría de un mal amante.
Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012
1.546 – Cena fría
La noche anterior han discutido por tonterías, como tienen por costumbre, levantando más la voz y diciendo esas cosas que se dicen sin pensar, cuando la rutina conyugal no da motivos suficientes para perder los estribos, y es preciso recurrir a antiguas ofensas y sospechas sin fundamento. Por eso, temerosa de haberlo calumniado por culpa de un vulgar ataque de celos, la mujer prepara hoy a su marido una fiesta sorpresa, para decirle que lo quiere mucho y para que sepa que -aparte de ella- también lo quiere mucho un montón de gente. Con esta finalidad ha llamado a sus amigos, ha reunido a buena parte de la familia, ha elegido la jornada en que su guardia nocturna como enfermera en el hospital (que hoy ha podido cambiar con una compañera) obliga al hombre a hacerse la cena cuando llega a casa después del trabajo. Lo ha dispuesto todo para que, cuando él abra la puerta del piso y prenda la luz del recibidor, le caiga encima una lluvia de confeti, una salva improvisada de aplausos, el alboroto de unas voces coreando su nombre con entusiasmo. Todo ello, seguido de un silencio sepulcral de todos los presentes, que le permita explicar entonces –sin prisa y con argumentos satisfactorios- quién demonios es la señorita que lo acompaña.
Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com.es/2012/09/cena-fria.html
1.545 – Mi hija
Yo tengo una hija de más o menos veinte meses que cuando vamos a la playa se dedica a tirar arena sobre la gente. Y me parece muy divertido. Por el contrario, cuando otros niños me tiran arena a mi, no me hace ninguna gracia. Esto es una prueba contundente de que mi hija, cuando tira arena, tiene mucha más gracia que las demás.
