1.851 – El festejo de viejas comadres

dia_muertos_02  Fue en aquel viaje de regreso a San Luis Potosí durante la celebración del Día de los Muertos que pude al fin reencontrarme con mis viejas comadres después de cuarenta años. Me vinieron las cuates toditas cadavéricas a buscarme al aeropuerto arrastrando un aire festivo que contagiaba a todo el mundo. Y yo, sintiéndome partícipe de la fiesta, me dejé llevar así nomás, sin máscara ni nada.
-Señorita ¿Me da mi calaverita?-Nos decían los chamacos a nuestro paso reclamando sus golosinas.
En verdad las calles eran un bullicio de procesiones, gentes enmascaradas, como ríos de difuntos que daban a parar al santuario: El camposanto, invadido por una algarabía a la que ya no estaba acostumbrada. Y esquivando familias creí ver la tumba de mi mamacita y quise pararme, pero las comadres me llevaban decididas a un lugar concreto con sus cestos repletos de quesadillas, que me encantan, y panes dulces de muerto. Entonces, frente a tres tumbas solitarias donde nadie festejaba, soltaron los cestos y prendieron llama a los cirios que las rodeaban. Vi sus nombres: Asunción, Guadalupe y Eulalia… Se sentaron ante mí con sus máscaras, comimos, bebimos y celebramos que yo sí huí evitando así mi matanza.

Ana Tomás García
http://estanochetecuento.com/el-festejo-de-viejas-comadres/

Ilustración: http://www.diariocultura.mx/2012/11/dia-de-muertos-en-nuevo-leon/

1.850 – El hada

jose_antonio_ayala  Se consideraba una muchacha desgraciada, pero en absoluto resignada con su situación. El comienzo de su vida no había podido ser más triste: se había quedado huérfana a los pocos años y había sido adoptada por compromiso por algunos parientes lejanos y al poco tiempo internada en un hospicio más bien sórdido. De allí la había sacado una bondadosa, pero exigente señora para tomarla a su servicio. Y esa había sido su vida desde entonces: trabajar, comer y poco más. Ni tenía familia, ni amigos, ni ilusiones, pero todo ello la rebelaba y tenía la esperanza de que algún día encontraría la justa compensación a sus tristezas y miserias.
Y su esperanza no fue vana. Un día que estaba sola en la casa, sacando brillo, como siempre, a muebles y suelos que no eran los suyos, se le apareció una hermosísima mujer, toda vestida de blanco, de rostro muy bondadoso y con una varita en la mano.
-Soy el hada de tu guarda -le dijo-. Me ha conmovido tu desgracia, tus trabajos, tu soledad, y estoy dispuesta a darte lo que quieras, lo que más te guste con mi varita mágica.
La muchacha guardó silencio y bajó los ojos humildemente. El hada admirada por su modestia y su recato se propuso hacerle espléndidos regalos. -Mira, qué bonito vestido para ti, y varios más para que puedas cambiarte. Y una casita pequeña, para ti sola, mira por la ventana y la verás en la ladera de aquel monte; y un coche, para que puedas viajar, y…
El hada miró a la muchacha y observó que ninguno de estos regalos parecía hacerle ilusión. Le preguntó entonces qué era lo que ella prefería, que fuese lo que fuese estaba dispuesta a dárselo. -¿Sí? -dijo la muchacha, saliendo de su mutismo-. Quiero tu varita mágica.

José Antonio Ayala
Chispas. Editora Regional. Murcia.2005

1.849 – A grandes males, grandes remedios

Alejandra_d_ortiz  Jana clavó sus ojos en los de Miguel. Aunque húmedos, no se permitió ni un sólo parpadeo. Le estaba pidiendo que se separaran por sexta vez en los cinco años que llevaban juntos. No se habían casado, pero su amarre era aún más estoico que la firma en un papel. Era tan inexorable el nudo que, a pesar de llevar tanto tiempo destruyéndolo, eran incapaces de estar separados. Y, cuando lo habían estado, apenas habían sido unos pocos días, cuando mucho un mes. Sabían que no debían estar cerca uno del otro por una cuestión ya no de salud emocional, sino de simple integridad fisica. Pero eran incapaces de sentirse en la misma vida y no juntar sus miserias.
Miguel le sonrió. Tomó su mano entre las suyas, la acarició cariñosamente. Pausadamente, como midiendo cada palabra, le dijo:
-Mira, la única razón que se me ocurre para dejarte es que aparezca otra mujer…
El fin de semana siguiente, Jana le presentó a Teresa.

Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos chinos.Trama Editorial 2009

Foto: Javier Fernandez

1.848 – Cubo y pala

Carmela Greciet  Con los soles de finales de marzo mamá se animó a bajar de los altillos las maletas con ropa de verano. Sacó camisetas, gorras, shorts, sandalias…, y aferrado a su cubo y su pala, también sacó a mi hermano pequeño, Jaime, que se nos había olvidado.
Llovió todo abril y todo mayo.

Carmela Greciet
Mar de Pirañas. Edición de Fernando Valls.Menoscuarto ediciones.2012

1.847 – Había una vez..

enrique del acebo  Había una vez que se encontró con otra, y juntas hicieron las veces de una gran amistad. Se veían de vez en cuando, pero siempre era motivo de alegría: una y otra vez agradecían encontrarse.
Pero otra vez interrumpió tan buena relación de iguales, tratando de formar parte del grupo. Tal vez no era conveniente ni deseable. «¡Otra vez lo mismo!», se dijeron ambas. Pero ya no era igual. A la larga, muchas veces se veían pero solo dos veces se miraban. Es que la amistad, a veces, es única.
Como la primera vez.

Enrique del Acebo Ibáñez
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010

1.844 – Naufragio

Francisco Rodriguez Criado3BIS  Después de pasar toda la noche braceando en las frías aguas del Atlántico, llegó exhausto a la orilla justo cuando empezaban a clarear las primeras luces de la mañana. Exhausto, se arrojó sobre la arena y, palpando tierra seca, se echó a llorar de rabia y alegría: sabía que estaba a salvo. Cuando se giró para maldecir a ese desaprensivo océano que había tratado de acabar con su vida, vio que allí no había agua sino un inhóspito e interminable desierto. ¡Un desierto! El náufrago se echó a llorar de nuevo. Pero de repente vislumbró a lo lejos un reluciente oasis. Venciendo al cansancio, empezó a correr en dirección hacia el oasis. El suelo, duro y agreste, lastimaba sus pies desnudos. Loco de emoción -el objetivo estaba cada vez más cerca-, el náufrago recobró la creencia de que la felicidad es posible. Aquel pensamiento no duró demasiado, porque a pocos metros de alcanzar el oasis el desierto se cubrió nuevamente con las frías aguas del Atlántico. Su vida volvía a correr peligro.
Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para bracear por segunda vez hasta ganar la orilla. Afortunadamente, en esta ocasión las olas jugaban a su favor. Y también por segunda vez alcanzó la arena, tumbándose sobre ella, más exhausto aún si cabe, ahora con más rabia que alegría, prometiéndose no abrir los ojos bajo ningún concepto. Y en esa posición hubiera estado un día entero de no ser porque su mujer entró en la habitación, vistiendo una raída bata de color fucsia, los rulos en la cabeza y los brazos en jarras, para preguntarle, airada, si tenía pensado quedarse toda la mañana del domingo en la cama, o si por el contrario iba a levantarse de una vez para ayudarle en las tareas domésticas.
El hombre, incapaz de seguir escuchando la voz agreste de su malhumorada esposa, por la que ya no sentía sino hastío, se tapó los oídos y hundió el rostro en la vivificante arena.

Francisco Rodriguez Criado
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010