La rana fantasma puede croar a cualquier hora del día, pero suele hacerlo sobre todo en la noche. Su canto, aunque carece de realidad, no se diferencia del que emite una rana común, y hasta llega a confundirse con él. Pero no sólo eso: la rana fantasma jamás canta sola y prefiere, más bien, hacerlo acompañada de un grupo de ranas reales. Así que en una noche cerrada y en mitad del campo resulta imposible distinguirla; afirmar lo contrario constituiría una completa falsedad. Por esta razón, el miedo que este fantasma llega a producir posee tal exclusividad, que nadie puede aseverar que lo haya experimentado de verdad. Y, sin embargo, ¿quién podría asegurar que la rana fantasma no existe?
Autor: carlos
2.333 – Muerto de enmedio
Si hubo un primer hombre y, presumiblemente, también habrá un último, creo que la gran pregunta sobre la historia de la humanidad es la siguiente: ¿Habrá un hombre de enmedio, ése que sería tan venerado por las estadísticas porque el número de muertos antes de él será exactamente el mismo que el número de muertos después de él? ¿0 bien, el número de hombres que pasarán por la tierra será par y no habrá muerto de enmedio?
Lo mismo para las mujeres, lo mismo para los niños y las niñas, lo mismo para los rubios, etcétera.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. libros – 2008
2.332 – El cielo está alquilado
¡Tan tan!
-¿Quién es?
-Un alma caritativa.
-¿Deseaba pasar?
Sí. Vengo de la Tierra.
-Lo siento… pero el cielo está alquilado.
-¿Cómo me dice usted eso? ¿A mí, que tengo privilegio de reservación? He dado mi cuota correspondiente cada día que pasaba. ¡Hasta tengo intereses acumulados! Debe haber un error. ¡Revise! ¡revise! Lo suplico. Además, tengo derecho a explicaciones.
Silencio.
-¿Cómo dijo llamarse?
-(Con furia) ¡Eso qué importa! ¡Soy un alma caritativa!
-Realmente vienen pocas. Pero su nombre no aparece.
-(Irónico) ¡Si debería estar en letras de oro!
-El oro aquí no cuenta. Para escribir usamos las plumas viejas que se les caen a los ángeles y las untamos con tinta roja, indeleble e inagotable…
supongo que conoce la historia. –
-Sí la conozco. ¿Pero qué pasa que no abre?
-Ya se lo dijimos… el cielo está alquilado. Hay tanta demanda que apenas para nosotros queda un rinconcito. Tenemos muchos compromisos. Le quedan dos opciones: hacer una espera en el purgatorio o regresar a la Tierra. Nosotros siempre cumpliremos su solicitud de reserva.
-¡Pero si la Tierra es un infierno!
-Cierto. ¡Y aquí, por el momento, los del infierno no tienen entrada!
Octavio Robleto
Cuentos de verdad y de mentira. Ed. Nueva nicaragua – 1986
2.331 – El muerto
El hombre había caído atravesado a las vías del «metro» y muerto en el acto, porque un convoy, segundos después, pasó sobre su cuerpo y lo destrozó, ante el horror de los pasajeros que permanecían en el andén. El cuerpo sin vida fue cubierto con una manta, en espera de los trámites oportunos. Se reanudó la circulación y los convoyes pasaban por encima del cadáver. Era domingo y había escasa concurrencia. Tardaba en llegar el juez, o quizá no le dieron el aviso. El hecho es que todos se fueron olvidando del incidente. Luego, el paso veloz de los vagones terminó por desplazar al cadáver o lo que quedaba de él. Un convoy se llevó una pierna, otro un brazo… Al cabo de unos días no quedaba ni la manta, roída por enormes ratas cuando la circulación se interrumpía por la noche.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.330 – A Circe
¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.
¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.
Julio Torri
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
2.329 – Oración
2.328 – La versión…
2.327 – Gente de pena
En invierno, todas las tardes el mismo dilema con las limosnas, si comprar un chusco de pan y algo de engaño o picón para el brasero.
Por las mañanas subo a Madrid siguiendo las recuas de mulas con carros que llevan el pan desde Vallecas. Si tengo suerte —y no me lo quitan antes los mayores—, un bache o tropiezo deja caer una hogaza que se rompe en mil pedazos y guardo algunos en mis bolsillos. Otros días, si no he podido pegar ojo por el frío, llevo un capacho para intentar recoger la carbonilla que pierde el pequeño tren que sube a los cuarteles de Atocha.
Al atardecer, en la puerta de la chabola, enciendo el brasero con trozos de madera y papel. Mientras se prende el carbón, hablo con los vecinos que se acercan a buscar mendrugos en cama de galgos. Luego, arrebujado con las faldas de la mesa camilla, me caliento el cuerpo y me entretengo con una radio.
Sin embargo, días como hoy que tengo tanto frío y el hambre me causa dolor tan fiero, lamento no haber muerto en el vientre de mi madre, allí, tibio y alimentado.
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2015/04/gente-de-pena.html
2.326 – Electra
Hilaria levanta los ojos de la labor y observa risueña cómo Abigaíl, su nieta de seis años, se entretiene recortando una revista.
-Y dime, vida mía, ¿tú qué quieres ser de mayor? -le pregunta.
Abigail aplica pegamento al reverso de una modelo en bikini y aplasta el recorte contra un folio en blanco.
-Yo de mayor quiero ser mamá -responde, sin ningún asomo de duda.
Enternecida, Hilaria retoma la labor.
Al cabo de un rato, vuelve a levantar la vista. -¿Y cuántos hijos vas a tener, cielo?
Abigaíl termina de recortar un adonis con chaqué y lo fija junto a la modelo en bikini.
-A mí los hijos me traen sin cuidado -contesta en un tono didáctico, como si ella fuese la abuela, y la abuela una niña-. Yo lo que quiero es dormir con papá.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.325 – Garimpeiro
Gustaba el pastor de alabar las gracias de su joven esposa, entre las que destacaba una rubia y abundante cabellera.
—No hay diosa en el Olimpo cuyos rizos puedan compararse a los tuyos— alardeó un día mientras se bañaban juntos en el río.
Enfurecida al oírlo, la dorada Afrodita convirtió en oro macizo la melena y la muchacha fue arrastrada a lo más profundo del lecho.
Desde entonces su amado cierne las aguas en su busca y, en su afán, no atrapa más que rayos de sol, que escapan a través de la malla.


