Los ángeles desean que la conversación decaiga para poder pasar.
Rafael Pérez Estrada
Los ángeles desean que la conversación decaiga para poder pasar.
Rafael Pérez Estrada
Fue en la cocina, durante el desayuno, él se armó de valor y se lo dijo sin cortapisas:
-Ya son muchas las noches en las que te muestras fría conmigo…
Ella, sin dejarle terminar la frase, montó en cólera y entre grandes aspavientos le recriminó a voces la observación. Duró poco su acceso de ira, justo hasta que los primeros rayos de sol entraron por la ventana.
El hombre siguió desayunando, mientras, a su lado, iba formándose un gran charco de agua.
Atreyu
ROBERTO PAYRO
El cuervo, que regresaba de las cercanías de una gran ciudad, dijo a las aves del bosque:Álvaro Yunque
Duplicar el capital frente a un espejo. ¿Especular?
Ana María Shua
Cuando se pone un espejo al oeste de la isla de Pascua, atrasa. Cuando se pone un espejo al este de la isla de Pascua, adelanta. Con delicadas mediciones puede encontrarse el punto en que ese espejo estará en hora, pero el punto que sirve para ese espejo no es garantía de que sirva para otro, pues los espejos adolecen de distintos materiales y reaccionan según les da la real gana. Así Salomón Lemos, el antropólogo becado por la Fundación Guggenheim, se vio a sí mismo muerto de tifus al mirar su espejo de afeitarse, todo ello al este de la isla. Y al mismo tiempo un espejito que había olvidado al oeste de la isla de Pascua reflejaba para nadie (estaba tirado entre las piedras) a Salomón Lemos de pantalón corto yendo a la escuela; después, a Salomón Lemos desnudo en una bañadera, enjabonado entusiastamente por su papá y su mamá; después, a Salomón Lemos diciendo ajó para emoción de su tía Remeditos en una estancia del partido de Trenque Lauquen.
Despechado, el espejo que se enamoró de la adolescente: «Ella sólo tenía ojos para si misma».
Antonio di Benedetto
Ella se miró en el espejo y desde entonces el espejo ya no fue el mismo; por las noches el mercurio le temblaba, azogado.
Enrique Anderson Imbert
El espejo es el sueño del río.
Rafael Pérez Estrada
Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David.
Pasó el tiempo
Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.
David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.
Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.
Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo
Augusto Monterroso
A qué escribir para la inmortalidad -me dijo el poeta contable, que era sumamente práctico- si la mortalidad está más cerca.