14:22 p.m.

alejandra diaz ortiz5 No me molestó la estúpida caída en la bañera. Tampoco los veintiún pinchazos y tres descargas que me dieron los de Urgencias. El paso por quirófano no fue nada grave, más bien creo que divertido: yo era el centro de atención. El funeral tampoco estuvo nada mal, fueron los que yo sabía -ni uno más ni uno menos- y tú.
Se dijeron las cosas justas que fui escribiendo en los recuerdos de los que apenas me recuerdan. Ni siquiera tus lágrimas me conmovieron; te dejé en buen momento para jugarte una próxima vida.
Pero lo que sí me ha jodido de mi muerte es esta puñetera certeza de no volver a respirarte.

Alejandra Díaz-Ortiz

Música

JULIA OTXOA22 En la Plaza de La Florida, un hombre de aspecto eslavo toca el violín como los propios ángeles. Maravillada, la gente se arremolina a su alrededor; de pronto, en medio de la melodía, arroja el violín con fuerza a la acera, se agacha y comienza a golpear violentamente una lata vacía contra el suelo. No parecen la misma persona el músico de antes y el de ahora. La furia de su martilleo asusta a los viandantes que huyen de él como de un perro rabioso.
Luego, cuando se calma y vuelve otra vez a tocar suavemente el violín, me parece un cazador preparando sus trampas; la belleza de su música, tan sólo un preámbulo para la desesperación posterior, un pozo sin fondo donde caerán aterrados los viandantes.

Julia Otxoa

La dueña

NOR_6689bn2 Le dijo que la amaba, que ella era la única dueña de su alma y de su corazón. Su amor fue correspondido. Se casaron y tuvieron una nena.
Pero luego de diez años se separaron por diferencias irreconciliables. Ella se fue de la casa y se llevó a la nena.
A los pocos días volvió, reclamando el alma y el corazón de su ex esposo. Se los tuvo que dar.
La falta de alma casi no se nota en el hombre, excepto quizá por su mirada perdida.
Sin embargo, el lugar donde estuvo el corazón nunca cicatriza del todo, y por más vendas que se ponga, la sangre siempre mancha un poco sus camisas.

Marcelo Adrián Gill Ibarra

Silenciado

david_lagmanovich_jmv Al principio, miel sobre hojuelas: toda la familia pendiente de mí. Me escuchaban con fascinación; les encantaban mis historias. Sólo don Manuel, en ejercicio de su función de esposo y padre, creía obligatorio rezongar un poco. Celos, me dije, ya se le pasarán. Pero al contrario, crecieron. Me acuerdo del coscorrón que recibió el hijo menor porque, por escucharme, no se iba a la cama. Ahora fue peor: me expulsó violentamente de la sala. Era lo único que podía hacer, claro. Pero no hay nada más triste que un televisor silenciado.

David Lagmanovich

Doria

eduardo galeano2 En El Cairo, en 1951, mil quinientas mujeres invadieron el Parlamento.
Durante horas estuvieron allí, y no había manera de sacarlas. Clamaban que el Parlamento era mentira, porque la mitad de la población no podía votar ni ser votada.
Los líderes religiosos, representantes del cielo, en el cielo pusieron el grito: ¡El voto degrada a la mujer y contradice a la naturaleza!
Los líderes nacionalistas, representantes de la patria, denunciaron por traición a la patria a las militantes del sufragio femenino.
El derecho al voto costó, pero a la larga salió. Fue una de las conquistas de la Unión de Hijas del Nilo.
Entonces el gobierno prohibió que se convirtieran en partido político, y condenó a prisión domiciliaria a Doria Shafik, que era el símbolo vivo del movimiento.
Eso nada tenía de raro. Casi todas las mujeres egipcias estaban condenadas a prisión domiciliaria. No podían moverse sin permiso del padre o del marido, y muchas eran las que sólo salían de casa en tres ocasiones: para ir a La Meca, para ir a su boda y para ir a su entierro.

Eduardo Galeano

Cabeza de ratón

GAL_6875re En un país cercano habían (así con ene y en plural) tantos poetas y sabios que una vez en un congreso de bardos un león entró, se comió uno y nadie se dio cuenta. Si un ilustre dijo: «León», fue sólo para buscarle rima a camión o a circuncisión. Las actas no son claras sobre el particular. Nadie extrañó los versos del devorado, ni cundió el pánico. Otro ocupó su lugar en la polémica del día: que si el verso de Fulanito era una copia del de Zutanito… y en apoyo de sus opiniones citaban a otros poetas que tampoco habían leído. Se remontaban a Perengano en Grecia y a Mengano del neoclásico tardío español. Alguno sacó un verso de una enciclopedia, como de la chistera de un mago, cual conejo peludo y lo citó mal; otro trajo a cuento un latinajo sin ton ni son y uno más allá se indignó por el «pobre uso de la lengua de Catón, el cantor del amor» (sin duda se refería a Catulo). El ambiente se caldeó y se dijeron entre sí, sin saber con cuánta razón: «ignorante», «tienes agua tibia en la azotea» y alguno que tenía un diccionario de sinónimos resucitó, respiración boca a boca y vigoroso masaje cardiaco, la palabra estulto; luego la leyó en voz alta entre suspiros. Entre tanto el león se atragantaba opíparamente y una vez la panza llena de «Letrados a la bizantina», se animó a escribir unos versitos mientras hacía la digestión.

Carlos Alberto Jáuregui Didyme-Dôme

Novela que cambia de género

EnriqueAndersonImbert3 Adrián Bennet sube al tren y cuando va a sentarse observa que se han olvidado sobre el asiento una novela de tapas amarillas. No tiene tiempo de examinarla porque en ese momento entra en el vagón un hombre de anteojos negros y boca avinagrada que acomoda la valija, se arrellana frente a Bennet y se queda inmóvil. Bennet, intimidado, no se atreve a dirigirle la palabra. El viaje es largo. Mira por la ventanilla, se aburre, intenta dormir pero no lo consigue y de pronto recuerda la novela que encontró en el asiento. Ya tiene con qué entretenerse. La examina. El título no le dice nada, el autor le es desconocido. La hojea a saltos. Parece ser una novela policial en la que cierto detective, sospechando que el viajante de comercio Walter Lynch es en realidad un sicario al servicio de la Organización, va en pos de él a Villa María, le sigue los pasos hasta el hotel, lo acecha por el ojo de la cerradura y ve cómo despanzurra al incorruptible periodista.
El tren acaba de parar. El hombre de los anteojos negros y la boca avinagrada se pone de pie y agarra la valija, en cuyo marbete Bennet alcanza a leer: “Walter Lynch”. Rápido como la luz, Bennet arroja una mirada por la ventanilla y en el letrero de la estación lee: “Villa María”. ¡Pronto! ¿qué hacer? Piensa que su obligación es bajarse, seguir a Walter Lynch, acecharlo, denunciarlo, pero opta por no entrometerse.
El tren empieza a alejarse. Aliviado y avergonzado, Bennet entiende que acaba de escaparse de un peligro futuro pero no sabe exactamente de cuál. Para averiguarlo abre la novela y busca la revelación de lo que le pasó al detective cuando, después de ser testigo del asesinato en Villa María, tuvo que dar la cara al asesino. Antes la había hojeado a saltos; ahora la lee página por página. En la novela, que ya no es policial, sino psicológica, se describe un asesinato en Villa María pero, por más que se busque, allí no figura ningún detective.

Enrique Anderson Imbert