Tentativas

DAVID LAGMANOVICH Intentó ser un conquistador imbatible, pero las mujeres se le reían en la cara. Entonces trató de hacer fortuna en la Bolsa, y vio esfumarse las últimas propiedades de la familia. Sucesivos deportes sólo le acarrearon derrotas humillantes. Recordó entonces que en la escuela escribía muy bien, con letra afilada y erguida, sobre cuadernos cuadriculados de blancura incandescente, y en una súbita iluminación descubrió su vocación: escritor. Después de todo, en la escuela de su pueblo le habían enseñado a leer y escribir.

David Lagmanovich

Autorretrato

alejandra diaz ortiz Me veo en el espejo. Mi melena pinta cuatro canas más.
En mi frente aún no aparecen surcos, ni en la comisura de los ojos color miel que no te desnudan desde hace mil eternidades. Y mira que me río.
Mis labios siguen siendo delgados, pero están algo secos. Quizá desde el último beso que me diste. Aquel con el que me dijiste «Hasta pronto».
Veo mis manos y las encuentro inútiles. No se dónde he de ponerlas para que recuperen el sentido del tacto: desde que no te tocan, han perdido la delicadeza necesaria para incitar batallas. Tampoco han sabido enredarse en otras manos.
Quizá mis hombros estén un poco cargados: pesa tanta vida sobre ellos, que se han inclinado un poco hacia delante. Pero siguen sosteniendo, con cierta gracia, el cuello al que tanto honrabas.
Mis senos están tristes. No es que se hayan dejado vencer por la fuerza de gravedad. Ni que hayan perdido volumen o su capacidad de responder a tu recuerdo. No, es que están anhelantes de tu boca. Me parecen, así, a simple vista, como un par de flores que, aunque bellas, están faltas de color.
El ombligo reclama mi atención. Apenas y me doy cuenta: ¡ha susurrado tu nombre!
Mis piernas, aún largas y esbeltas, bailotean al recordar cómo rodeaban tu cintura «con la medida exacta» -decías- mientras te ibas perdiendo entre ellas.
Entonces mi pubis parece renacer por un instante. Otra vez, los recuerdos le han jugado una mala broma.
Como bromistas son los dedos de mis pies, esos con los que tanto te gustaba jugar y que ahora escondo por temor a que sigan corriendo tras tu imposible huella…

Alejandra Díaz-Ortiz

En las islas…

Robert Fulghum En las islas Salomón, en el sur del Pacífico, algunos lugareños practican una forma única de tala de árboles. Si un árbol es demasiado grande para ser talado con un hacha, los nativos lo hacen caer a gritos. (No tengo a mano el artículo, pero juro que lo he leído.) Los leñadores con poderes especiales se suben a un árbol exactamente al amanecer y, de pronto, le gritan con toda la fuerza de sus pulmones. Lo harán durante treinta días. El árbol muere y se derrumba. La teoría es que los gritos matan el espíritu del árbol. Según los lugareños, da siempre resultado.
¡Ay, esos pobres inocentes ingenuos! ¡Qué extraños y encantadores hábitos los de la jungla! Gritarles a los árboles, vaya cosa. ¡Qué primitivo! Lástima que no tengan las ventajas de la tecnología moderna y de la mentalidad científica.
¿Y yo? Yo le grito a mi mujer. Y le grito al teléfono y a la segadora del césped. Y le grito a la televisión y al periódico y a mis hijos. Incluso se dice que he agitado el puño y le he gritado al cielo algunas veces. El hombre de la puerta de al lado le grita mucho a su coche. Y este verano le oí gritarle a una escalera de tijera durante casi toda una tarde. Nosotros, la gente educada, urbana y moderna, le gritamos al tráfico y a los árbitros y a las facturas y a los bancos y a las máquinas…, sobre todo a las máquinas. Las máquinas y los parientes se llevan la mayor parte de los gritos.
Yo no sé lo que hay de bueno en ello. Las máquinas y las cosas siguen en su sitio. Ni siquiera darles patadas sirve a veces para nada. En cuanto a las personas, bueno, los isleños de Salomón pueden apuntarse un tanto. Gritarles a cosas vivas puede hacer que muera el espíritu que hay en ellas. Los palos y las piedras pueden romper nuestros huesos, pero las palabras rompen nuestros corazones.

Robert Fulghum

Espacio en el ropero

a_maria_shua Atribuye la renovada falta de lugar en el ropero (aunque regale la ropa, aunque la venda) a los groseros hábitos de ciertas prendas a las que no les importa, con tal de darse el gusto, terminar pariendo inmoderadamente esa minúscula ropita de bebé que comienza por llenar los intersticios de todos los cajones y crece y madura y se reproduce a su vez hasta que semejante orgía, descontrolada, constante, tan cerca de su cama termina por tentarlo, no puede hacer descendientes, se dice, para justificarse, del apareamiento entre especies tan diversas, lo hago sólo para conformarlas, se dice, para que no sigan entre ellas, lo hago sólo para tener más espacio en el ropero se dice, se miente.

Ana María Shua

El discípulo

Oscar Wilde Cuando murió Narciso, el remanso de su placer se trocó de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, y llegaron llorando a través de los bosques las ninfas de las montañas, las oréades, para consolar al remanso con su canto.
Y cuando vieron que el remanso se había trocado de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, soltaron las verdes trenzas de sus cabellos y gritando al remanso le dijeron:
-No nos sorprende que hagas un duelo tal por Narciso, tan hermoso como era.
-¿Era hermoso Narciso? -dijo el remanso.
-¿Quién había de saberlo mejor que tú? -respondieron las ninfas-. A nosotras siempre nos desdeñaba, pero a ti te cortejaba, y solía recostarse en tus orillas e inclinarse a mirarte, y en el espejo de tus aguas reflejaba gustoso su belleza.
Y el remanso respondió:
-Pero yo amaba a Narciso porque, cuando recostado en mis orillas se inclinaba a mirarme, en el espejo de sus ojos veía mi propia belleza reflejada.

Oscar Wilde

El fósil

alejndro gelaz Las plumas  extendidas y el cuerpo  escamado sobre el mineral  grababan la piedra con todo lujo de detalles. Tras largos años de observación y análisis del mosaico prehistórico hubo por fin quórum en el laboratorio. La especie era, sin lugar a dudas,  un reptil en proceso evolutivo hacia ave. Así lo aseveraba el eminente paleontólogo, a sus colegas venidos de las más prestigiosas universidades del mundo para escuchar su tesis.
Dentición perfecta, abdomen de rasgos reptilianos  y todo  un sinfín de datos científicos impresos en varios volúmenes lo confirmaban,  el ejemplar era un archaeopteryx.
En el cielo siguen homenajeando a aquel famoso arcángel que venció a la serpiente del mal y sorprendido por un diluvio nunca regresó con su trofeo.

Alejandro Gelaz

Jaula de un solo lado

Enrique Anderson Imbert2 Querida amiga: como sabes, ésta es mi primera visita a la pampa. Me pareció hundida bajo el peso de un Dios sentado sobre la hierba. Llegué en un cabriolé a la estanzuela de mis tías viejas y, después del almuerzo, me largué al campo. Descubrí una herramienta abandonada: ¿rastrillo, escarpidor, horquilla, reja? ¡Qué sé yo cómo se llama! Acaso un peine, para una cabeza más grande que la mía. Alcé la herramienta y clavé sus dientes en la tierra. Un pájaro apareció a sobreviento y se echó junto a esas púas. No se movió cuando me aproximé. Arranqué la estaca, la cargué al hombro y la volví a hincar más lejos. ¿Querrás creerme? El pájaro vino de un vuelo y se le arrimó bien, como una señorita se asoma a la calle por la verja. Repetí la operación varias veces. Siempre el pájaro acudía a echarse al lado de esa hilera de hierros. ¡Tenía todo el campo abierto a su disposición y sin embargo prefería inmovilizarse ahí, y mirar a través de los alambres! Por lo visto le gustaba sentirse prisionero y se inventaba una jaula.

Enrique Anderson Imbert