961 – Disparos

 Los hombres salen del salón y se enfrentan en la calle polvorienta, bajo el sol pesado, sus manos muy cerca de las pistoleras. En el velocisimo intante de las armas, la cámara retrocede para mostrar el equipo de filmación, pero ya es tarde: uno de los disparos ha alcanzado a uno de los espectadores que muere silencioso en su butaca.

Ana María Shua

959 – Búsqueda

 Ella andaba siempre de aquí para allá, preguntando por alguien a quien nadie conocía. Hasta que un avispado paseante le dio pelos y señales del lugar donde encontrar a quien buscaba. Entonces supo que aquel ser monstruoso, producto de su imaginación, se había hecho realidad. Tenía nombre y apellido. Esperaba en una concreta dirección de la ciudad a que ella, inevitablemente condenada, llamara a su puerta.

Julia Otxoa

956 – Corazón 1 (Para irene Andrés-Suarez)

 Cada amanecer ella abría la ventana y allí abajo estaba el lago. Y en el lago el monstruo y en el monstruo el barco que el monstruo se había engullido de un solo bocado. Y en el barco estaba el capitán apuesto y en el capitán su corazón de oro.
Ella entendió muy pronto que el capitán era el hombre de su vida, y cada amanecer al abrir la ventana ella saludaba al hombre de su vida, en la panza del monstruo, y también ¿por qué no? al monstruo que era invisible.
Al que no saludaba jamás era al lago porque temía que el lago, decidido a devolverle el saludo, subiera hasta su ventana sin el monstruo ni el barco y menos que menos el hombre de su vida. Había oído decir que se trataba de un lago muy celoso, como son celosas algunas pistolas.

Luisa Valenzuela
Juego de Villanos, Thule Ediciones S.L., 2008

955 – Viejo pirata

 Viejo pirata, mano de garfio, parche en el ojo, piernas intactas, sexo de palo. Con ciertas ventajas: sólo él, entre sus antiguos compañeros de oficio, está todavía en condiciones de violar a las doncellas de Maracaibo. Con ciertas concomitantes desdichas: su descendencia no es gente marinera, les gusta el olor de la tierra, su textura, allí donde nacen se quedan para siempre, tienden a echar raíces.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Páginas de espuma, 2009

954 – El fusilamiento

 ¿Era válida, resultaba moralmente lícita aquella manera que tenía el Coronel P de divertirse con los prisioneros? Cierto era que los días resultaban eternos en aquel páramo, donde el sol apretaba sin piedad, que el Coronel P se aburría en extremo y deploraba el hecho de que en la capital no se ocuparan de su anhelado traslado (el día que lo solicitó besó la carta, antes de enviarla) y que tampoco la vida de aquellos reclusos tenía gran importancia… pero hay bromas que pasan de la raya. Por ejemplo, el fusilamiento «acuático». Llamado así por el Coronel P. El primero que soportó la broma se murió del susto. Todo consistía en sacar de la celda a un prisionero escogido al azar, colocarlo en el paredón frente a un pelotón de ejecución, vendarle los ojos para que no viera el truco y gritar «¡Agua!», en lugar de «Fuego». De los fusiles no salían balas, ni tan siquiera perdigones, sino sendos chorritos de agua, al igual que en ciertas pistolas de juguete. La broma dejó de ser tal cuando, con su repetición, harto numerosa, los reclusos se enteraron y dejaron de asustarse. Lo malo fue cuando el Coronel P, dispuesto a seguir la broma hasta el final, gritó «fuego» un día y los fusiles vomitaron balas. El desgraciado recluso, que se sintió más listo y bromista que el propio Coronel P, murió en traje de baño, con los ojos redondos como platos, víctima de la sorpresa…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010