3.162 – La misma fecha

manuel moya   Fue la misma fecha en la que Pablo te dijo que si delatabas a aquellos polis verías su corazón ante tu puerta. La misma fecha en la que aparecieron los tipos con la moto y amenazaron con incendiar tu casa si seguías en tus trece. La misma fecha en la que yo te dije, chica, lo mejor es que te olvides de todo y te vengas conmigo y tú me respondiste, aguantaré, aguantaré, aunque sea lo último que haga en mi vida y yo te contesté casi en broma, no, si va a ser verdad que seré yo quien te mate. La misma fecha, ¿recuerdas?, y ya ves lo sutil y preciso que acaba siendo el destino.

Manuel Moya

3.155 – El secuestrador

  alonso ibarrola  Estuvo vigilando a un hombre de negocios que lloraba porque sus familiares se negaban a pagar el rescate. Sabía que trataban de regatear aunque declaraban compungidos por las emisoras radiofónicas que estaban desolados. Luego, en casa, veían sus programas favoritos en la televisión. El secuestrado y él se tomaron mucho cariño. Jugaban a las cartas, al ajedrez y el secuestrado se ponía muy contento cuando ganaba. Luego, de repente, se acordaba de que estaba prisionero y se echaba a llorar. Al separarse —una vez pagado el rescate— se fundieron en un fuerte abrazo de despedida. Cuando meses más tarde detuvieron al secuestrador, el hombre de negocios se personó para su identificación, y exclamó: » ¡ Sí, es él!», al mismo tiempo que le propinaba una sonora bofetada ante los perplejos policías.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.148 – Cuento memorable

alejandra-pizarnik1   —Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Mme. Lamort —dijo—.
—No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París, sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.
—Usted coincide conmigo —dijo—, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.
—¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
—Mme. Lamort —dijo—. ¿Y usted?
—Mme. Lamort.
—Su nombre no deja de recordarme algo —dijo.
—Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
—Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París —dijo.
—No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe qué va a pasar.
—Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando.

Alejandra Pizarnik

3.141 – Interdicción de crecimiento

g_mannerheim_1918   “Mi cicerone me condujo enseguida hacia una grieta de la cual se afirmaba que era el famoso “foso de los leones” del profeta Daniel; en el borde de la grieta me señaló también su tumba. Estaba construida, según la tradición mahometana con adobe y tenía la forma de un ataúd de aproximadamente ocho metros de longitud. A mi pregunta porqué el ataúd era tan enorme, me contestó el guía con toda seriedad que Daniel había crecido en su tumba y que había sido necesario alargarla de tiempo en tiempo.
—¿Crece aún el profeta? —pregunté.
—¡No, eso lo han prohibido los rusos!.”

Gustavo Carlos Baron de Mannerheim
Memorias del Mariscal Mannerheim

3.134 – Un hombre sin complejos

adolfo_bioy  El peluquero del club me contaba sus aventuras. Una noche, aprovechando que el marido estaba en el Rosario, salió con la mujer de un verdulero. “Yo era joven, entonces”, explicó, “y de mucho arrastre”. Mirando de lado, hacia arriba, agregó: “Yo era alto” (no aclaró cómo podía ser apreciablemente más alto que ahora). “Fuimos a un baile, lo más paquetones, en el teatro Argentino. Yo era imbatible para el tango y cuando empezamos la primer piecita un malevo con voz ronca me dijo: “Joven, la otra mitad es para mí”. Yo le repliqué en el acto que tomara ahí no más a mi compañera, que yo estaba sinceramente cansado de bailar. Salí del teatro a la disparada, no fuera a incomodarse tamaño malevaje. Al día siguiente la mujer me visitó en la peluquería, que entonces yo tenía por la calle Uspallata al 900, y me prohibió absolutamente que volviera a hacer un papel tan triste en el baile. Otra vez, dormíamos la siesta, lo más juntitos, y tuvimos unas palabras sin importancia. ¿Qué me dice usted cuando lo veo que se levanta de todo su alto, abre el baúl y saca el cuchillo Soligen, para cortar un poco de pan y dulce? Yo lo que menos pensé fue en el pan y en el dulce; caí de rodillas, como un santo, y con lágrimas en los ojos le imploré que no me matara”.

Adolfo Bioy Casares

3.127 – Carta de amor

karl_marx  La ausencia momentánea hace bien, pues vistas de cerca, las cosas  parecen demasiado iguales para que podamos distinguirlas. Hasta las torres, vistas de cerca, parecen enanas, mientras que lo pequeño y lo cotidiano,  cuando lo tenemos delante, crece en demasía. Lo mismo ocurre con las pasiones. Los pequeños hábitos, en la cercanía, cuando los sentimos encima, toman forma pasional, y desaparecen tan pronto como su objeto escapa a nuestra vista. Y las grandes pasiones, a las que la cercanía del objeto convierte en pequeños hábitos, se  agigantan y cobran de nuevo su forma natural por el efecto mágico de la  lejanía. Eso es lo que sucede con mi amor. Basta que te alejes de mí simplemente cuando te sueño, y en seguida me doy cuenta de que el tiempo sólo le ha servido para lo que el sol y la lluvia sirven a las plantas; para crecer.  Mi amor por ti, en cuanto te alejas de mi lado, se revela como lo que es, como un gigante en el que se concentra toda la energía de mi espíritu y todas las  fuerzas de mi corazón. Vuelvo a sentirme hombre, porque siento una gran pasión, y la variedad en que nos embrollan el estudio y la cultura moderna, y el  escepticismo con el que inevitablemente enfrentamos todas las impresiones subjetivas y objetivas, tienden a hacernos a todos pequeños y débiles, y  quisquillosos e indecisos. Pero el amor, no por el hombre Feuerbachiano, ni por el metabolismo de Moleschott, ni por el proletariado, sino el amor por  la amada, el amor por ti, vuelve a hacer hombre al hombre.

Carlos Marx
Fragmento de  una Carta a su mujer, Jenny von Westphale, en 1856
Versión integra:   http://www.elhistoriador.com.ar/documentos/miscelaneas/carta_de_carlos_marx_a_jenny_von_westphalen.php

3.120 – Un desencuentro

a_m_SHUA 11  Se conocieron en verano, cuando los dos eran viejos. Quizás por eso él pudo creer que su amor por ella era mejor o diferente. Ella sostenía la taza de té con tanta elegancia que parecía ingrávida en su mano, como si levitara y el creyó que la quería por eso, por cosas así.
Cuando la vio desnuda, frágil, arrugada, con la piel de los brazos colgando y el sexo casi calvo, no pudo desearla y eso acentuó su sensación de un amor ideal, desesperado. Pero ella era mujer y no se sentía diferente de su propio cuerpo ni creía en un amor que no fuera capaz de incluirlo.
Se separaron jurándose correspondencia y reencuentro, pero nunca se volvieron a ver. El murió primero y sus hijos encontraron un enorme y extraño paquete de cartas: ella le había enviado durante años sobres de colores que contenían solamente hojas en blanco.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

3.113 – La ruta natural

cristina-grande   Tengo treinta y ocho años. Quince arriba, quince abajo, mis dos amantes se llevan treinta años. Yo soy un puente entre ellos. O una pasarela peatonal. Tienen cosas en común. Son casi una misma persona en dos momentos de su vida. Entre ellos no tengo edad. Se aprecian. Aunque no quieren saber más que lo justo el uno del otro. Como si tuvieran un acuerdo tácito de mutuo respeto. Si alguna vez coincidimos los tres con más gente, nos ignoramos amablemente. Casi evitamos mirarnos. Delatarnos. Somos un triángulo misterioso en la sombra. Un triángulo equilátero, o isósceles, tres momentos de una sola vida. No podría elegir entre ellos.
El mayor me ha insinuado que quiere casarse conmigo. Pelo entre rubio y cano. Pero le he dado largas. No pienso casarme. Y no ha insistido. Qué pena. El pequeño se disgustaría si me casara. El pequeño ama a su novia pero se aburre con ella. Dice que si sigue con su novia es porque me tiene a mí. Me alegra su desfachatez, la naturalidad con la que miente. Me gustan las venas abultadas de la parte interior de sus antebrazos. Frente despejada. Qué suerte tengo, me digo cuando le veo abrazar a su novia con esos brazos fibrosos tostados solo por arriba como las barras de pan.
Al mayor lo veo más a menudo. Me ha llevado varias veces de excursión por la sierra de Guara. Conoce la montaña. Me conoce bien. Nos reímos de todo el mundo. Hacemos fotos. Buscamos setas o mariposas raras, según la época del año. Inventamos palíndromos. Una vez follamos sobre el musgo y él dijo «Ah cipote meto picha», que es un palíndromo que le copió a un amigo suyo. Nos habíamos bebido una botella de Margaux a morro. Yo pillé pulgas ese día. Luego él se reía de mis picaduras en el culo. Su trabajo le tiene muy ocupado. Tiene escolta. Me llama una o dos veces por semana. Es un roble con magníficas piernas de coloso.
El pequeño también es guapo. Siempre que le llamo viene. No sé qué excusas le dará a su novia. Nunca nos desnudamos del todo. Conocemos nuestros complejos. Nos parecemos. Nos reímos de cualquier cosa. De nosotros mismos. Qué guapos somos, decimos por decir algo. Nuestros ojos se miran. Se reconocen constantemente como los ojos de los depredadores. No es solo amor. Es impudicia. Algo incestuoso. Imprescindible.
Sobre la pasarela. Ni pasado ni futuro. Ida y vuelta. Por delante y por detrás. Soy el eje de su simetría. Y espero que todo siga igual para siempre. «La ruta nos aportó otro paso natural», le contesté al mayor sobre el musgo cuando sacó el cipote de mi culo. Es un increíble palíndromo que le copié a un amigo que nunca querría ser mi amante.

Cristina Grande
Mar de pirañas- Ed.Menoscuarto – 2012

3.106 – Historia de la basura

millas23  Todos los días, mientras desayuno, pasa por delante de mi ventana el camión de la basura. Somos muy puntuales el camión y yo, cada uno a lo suyo. Yo lo contemplo con cierta melancolía, porque pienso en la historia de la basura y así, sin darme cuenta, doy un repaso también a mi existencia. No siempre se han depositado los desperdicios en bolsas de plástico. Cuando yo era pequeño, el cubo se forraba por dentro con papeles de periódico. Pero era un arte hacerlo de tal manera que al volcarlo salieran las inmundicias formando un solo cuerpo. Cada uno lo volcaba donde podía. Cerca de mi casa había un descampado donde yo iba a vaciar el nuestro y a espiar a una huérfana, una trapera, que iba a ver si se nos escapaba entre las porquerías algo de valor. En aquellos tiempos una monda de naranja podía ser un tesoro. Pero como yo estaba enamorado de la huérfana, a veces metía entre las cáscaras una naranja entera, la de mi postre. Mi postre era verla reír.
Luego, un día, llegaron a casa unos señores de uniforme que le hicieron firmar a mi padre unos papeles. En la comida me enteré de que en el futuro se haría cargo de la recogida de basuras un camión del Ayuntamiento. Recuerdo que mi padre elogió mucho aquel avance; según él, el progreso se notaba en cosas así. Nos explicó que en Suecia las autoridades recogían por la mañana las inmundicias domésticas para incinerarlas por la tarde. A mi me habían contado esa semana en el colegio que en Suecia la gente se suicidaba mucho, porque no era feliz a pesar del nivel de vida, así que decidí que también yo me daría un tiro si el precio el progreso consistía en no volver a ver nunca a mi huérfana.
Desde entonces siempre pensé que era el Ayuntamiento el que se hacía cargo de la recogida de las basuras. Y resulta que no: esta semana me he enterado de que lo hace una empresa privada llamada Fomento de Construcciones y Contratas que, para más señas, es de las hermanas Koplowitz. La verdad es que me he quedado perplejo: no podía imaginar que Alicia y Ester vivieran de la recogida de basuras, igual que la niña aquella de mi infancia. Pensé que los Albertos las habían dejado en mejor situación, o que les pasarían al menos una pensión digna. Y no se han conformado con reducirlas a esa condición: según leo en el periódico, han intentado quitarles también el humilde negocio de las basuras. O sea, que el Ayuntamiento sacó recientemente a subasta la cosa, y ellos presentaron una propuesta para hacerse con el negocio. Afortunadamente, por una vez ha triunfado la justicia y las hermanas Koplowitz se han hecho con el contrato. El trabajo es muy duro, pero eso les permitirá vivir dignamente, sin tener que pedir nada a nadie.
Para mí, en cierto modo, esto ha sido como regresar a la infancia. Ahora, por la mañana, mientras contemplo por la ventana el camión de la basura, me acuerdo de aquella niña huérfana y me hago la fantasía de que ha crecido, convirtiéndose en dos. Esto no es raro: hay mucha gente que se divide cuando crece. Lo raro es volver a vivir con esta intensidad la infancia. El cubo de la basura ha cobrado de nuevo un significado especial. No se me ocurre tirar en él cosas húmedas, qué asco. Y los cartones de leche desnatada los friego con Fairy antes de deshacerme de ellos, igual que los envases de yogur. En fin, procuro que mi basura esté muy limpia para que Alicia y Ester no le hagan ascos. Y de vez en cuando, si ando bien de dinero, meto dentro un regalo, no una naranja, que hoy día una naranja la tiene cualquiera, sino un libro de poemas encuadernado en piel, o un perfume. Detalles. En cuanto a los posos del café, me los como porque oscurecen mucho la basura.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011