Es inexistente para aquellos que quieren habitar donde se habita. Pero, para aquellos que saben que no están donde deberían es una realidad. Otur, país de los inexistentes, es una burbuja de cristal en el cerebro de los escapistas y de los suicidas.
2.904 – Muerto
2.903 – La lección
Lo persiguieron por el vecindario. Ismael no podía correr con los tacones y la falda ajustada. Gritaba desesperado, sus lágrimas mezcladas con el maquillaje, hacían de su rostro una grotesca máscara. En la carrera, extravió una peluca. Lo alcanzaron en la puerta de su vivienda, en donde pensaba refugiarse, lo empujaron dentro y le propinaron una tremenda golpiza, hasta que su líder, Raúl, pidió a todos que se detuvieran:
—¡Ya muchachos!, ¡creo que con eso tiene este pinche puto!, déjenme a solas con él, le daré una lección extra —el grupo salió, no sin antes injuriar y escupir encima de Ismael, quien yacía boca abajo, llorando lastimosamente. Cuando cerraron la puerta, Raúl se inclinó sobre él, le arrancó lo que restaba de las pantimedias y una tanga; se abrió los pantalones y lo penetró salvajemente, mientras lo sujetaba fuertemente por los cabellos y le susurraba al oído:
—Esto es por tus desprecios ¡cabrón!, ¡ahora sí que te acordarás de mí!
Eréndira Herrera
2.902 – Cabalgar no cuesta nada
Tu caballo blanco te espera como siempre, todo nervio y brío, en el mismo sitio. Llegas a él, lo acaricias. Su piel lustrosa te devuelve calideces que tus palmas retoman para tejer sueños. Lo montas a pelo, y abrazada a su cuello te dejas llevar a galope tendido por los campos verdiazules que desaparecen de tu vista claveteados a la tierra por cuatro golpes secos repetidos hasta el infinito, ése que frente a ti no alcanzas.
“¡Facunda!” Un grito que te llama, que te atrapa a mitad de tu carrera. Regresas con un “¡Ya voy!”, que se ahoga en tu esperanza.
Miras tu corcel blanco que reposa en la palma de tu mano, terminas de sacudirlo, y con cuidado lo colocas en su sitio: sobre el juguetero que sólo sabe de porcelanas.
Carolina Castro Padilla
2.901 – Compañero de cuarto
Venía todas las noches a las once, entraba fatigado y transparente seguido de gemidos y cadenas, para colocarse en una esquina de mi cuarto mientras miraba fijo hacia mi cama. Su insistencia me conmovió: venciendo mi temor, me acerqué, lo tomé del brazo y con gesto diligente lo acosté en mi cama, cobijándolo.
Durante el mes que durmió a sus anchas mejoró muchísimo, mientras yo, resignada, pasaba fríos en el sofá.
Desde que le hablé del pago compartido en la renta del departamento, no lo he vuelto a ver.
Queta Navagómez
2.900 – Cobardía
A pesar de haber muerto hace siete años mi abuelita apareció en una reunión familiar. Todos la recibimos con gusto y, como un acuerdo implícito, nadie mencionó su condición de muerta, para no molestarla.
La velada transcurrió cómodamente, pero, al despedirnos, ninguno de nosotros se ofreció a llevarla.
Laura Elisa Vizcaíno Mosqueda
2.899 – Amor eterno
Alicia dijo que lo amaba como a nadie. Hicieron el amor en una infinita y suave dulzura, con tiernas caricias. Pero aquélla era la última ocasión que estaban juntos. Ella partía al día siguiente. Al concluir, Alicia habló: No puedo dejarte aquí, tienes qué venir conmigo. Es lo que más deseo en el mundo y sé que tú también lo quieres. ¿Cómo iré contigo?, preguntó emocionado su amante. Ya lo sabrás, repuso la mujer. Fue hasta un maletín y extrajo un bisturí; con la habilidad de un cirujano fue cortando cada uno de los miembros de su compañero. Cuando hubo terminado los colocó cuidadosamente dentro de su equipaje. De ese modo, Alicia regresó a su patria. Para fortuna suya en la aduana no revisaron sus maletas. Al llegar a casa, con impaciencia, sacó las partes de su amado y las cosió. Una vez completo, le dijo: ahora sí ya estamos juntos para siempre, nada podrá separarnos, y lo besó con todo el amor que le era posible.
René Avilés Fabila
2.898 – Ley de los contrarios I
2.897 – Viajes
2.896 – Orillas del Escamandro
Atravesaron en hondas naves el mar. Desembarcaron a orillas del Escamandro y durante diez años mantuvieron el sitio de la ciudad. Tras miles de combates y muertes penetraron en Troya mediante un ardid y la tomaron a sangre y fuego. Buscaron por todas partes a Helena. Al no encontrarla comprendieron que la causante de la guerra sólo había existido en la imaginación de un poeta ciego.


