2.923 – Invención del Carnaval

ramon g de la serna  En aquel primer Carnaval del mundo, cuando aún no existían más seres humanos que los que componían la primera pareja, Adán sintió ganas de disfrazarse para dar broma a Eva, y tomando un pámpano, le abrió los dos agujeros de los ojos y lo convirtió en careta. Después envolvió su cuerpo en grandes hojas de tabaco y de esa guisa se dirigió a Eva.
Eva, un poco sorprendida ante aquella voz de falsete que le preguntaba con insistencia: «¿Quién soy?, ¿quién soy?», respondió:
—¡Pedro!

Ramón Gómez de la Serna
Disparates y otros caprichos

2.922 – El tiovivo

Ana_MariaMatute  El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro al blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía:
«Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas, y no lleva a ninguna parte». Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro, que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos por entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. «Qué hermoso es no ir a ninguna parte», pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.

Ana María Matute
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.921 – Ficha 342

max_aub2  Apellido del enfermo: Agrasot, Luisa.
Edad: 24 años. Natural de Veracruz, Ver.
Diagnóstico: Erupción cutánea de origen probablemente polibacilar.
Tratamiento: Dos millones de unidades de penicilina. Resultado: Nulo.
Observaciones: Caso único. Recalcitrante. Sin precedentes.
Desde el decimoquinto día me abrumó. El diagnóstico era clarísimo. Sin que cupiese duda alguna. Al fracasar la penicilina ensayé desesperadamente toda clase de otros remedios: no sabía por dónde salir. Me trajo de cabeza, de día y de noche, semanas y semanas, hasta que le administré una dosis de cianuro potásico. La paciencia -aun con los pacientes- tiene un límite.

Max Aub
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.920 – Que las almas sepan en cada momento y ocasión a qué atenerse

  alberto_escudero  -Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida. Dime, hija; de qué te acusas.
-Prefiero confesarme por los Mandamientos.
-Muy bien. A ver: el Sexto Mandamiento. ¿Libro?
-Libro tercero; artículo ciento sesenta y tres.
-¿Sección quinta?
-Sí, Padre. Párrafo octavo: apartado segundo.
-Ay, hija; has vuelto a las andadas. ¿Cuántas veces?
-Pues casi todas las tardes, desde hace un mes.
-O sea, algo menos de treinta veces. Bien, has tenido suerte; afortunadamente estás dentro del apartado dieciséis y te aplica la reducción de la cláusula once.
-Tenía entendido que la cláusula once había sido invalidada en una resolución del concilio de Nimes.
-Efectivamente, pero como en el adéndum primero se hace mención expresa al subapartado dos, a la espera de un más claro pronunciamiento del sínodo, queda vigente todo el capítulo seis.
-Me asombra, Padre. Tiene usted una memoria prodigiosa.
-A ver, hija; son ya muchos años de práctica sacramental. Bueno, vamos con el libro cuarto, ¿Artículo?
-El treinta y cuatro, y me parece que el cincuenta y seis también.
-¿El cincuenta y seis? Por Dios, hija mía. ¿No será el párrafo dos?
-No, Padre; eso sí que no…
-El párrafo siete entonces, ¿eh, picaruela?
-Padre; me va a sacar usted los colores…

Alberto Escudero
https://albertescudero.wordpress.com
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.919 – La mano de obra celestial

eduardo galeano34  En la sierra ecuatoriana, se alza la iglesia de Licto.
Esta fortaleza de la fe fue reconstruida, con piedras gigantescas, mientras nacía el siglo veinte.
Como ya no había esclavitud, o eso decía la ley, indios libres cumplieron la tarea: cargaron las piedras a sus espaldas, desde una cantera lejana, a varias leguas de allí, y unos cuantos dejaron la vida en el camino de quebradas profundas y senderos angostos.
Los curas cotizaban en piedras la salvación de los pecadores. Cada bautismo se pagaba con veinte bloques y veinticinco costaba una boda. Quince piedras era el precio de un entierro. Si la familia no las entregaba, el difunto no entraba al cementerio: se lo enterraba en tierra mala, y de ahí marchaba derechito al Infierno.

Eduardo Galeano
Los hijos de los días.Siglo XXI de España editores.2012

2.917 – Roxy in the TJ Sky*

rosa_razo  Gente con ojos de caleidoscopio cruza por las calles del Centro. Alguien te llama: es un vendedor ambulante que te ofrece árboles de mandarinas y cielos de mermeladas. Saltas entre los edificios llenos de flores de celofán, llegas a la Revolución y el sol brilla desde el asfalto. Trepas al reloj y desde su gran “N” emprendes vuelo por el cielo mientras comes pay de bombones. Observas el tráfico de La Línea, las vías cerradas por el exceso de carros. En el lugar casualmente hay patrullas verdes y amarillas con policías de plastilina solicitando mordidas a los american citizens. Los diamantes brillan junto a las nubes a través de tu viaje por la ciudad. Ves las balsas en el río casi extinto y sin sentirlo llegas al Parque Morelos. Sobresalen cientos de flores plastificadas y sonrientes, así como la gente que las cuida y te saluda desde abajo. Los taxis y calafias de periódico atiborran las arterias y como un gran coágulo tapan la circulación, esperan te subas a ellos para manejar sin control. Los ignoras y te vas. Estás muy cerca, la ves: una foto tuya, inmensa que cubre el Cerro Colorado. Arribas y te das cuenta que tus ojos también son caleidoscopios. Sonríes con rayos de sol.

Rosa Razo González
*A la ciudad y a ese cuarteto que sirven de motor para contar mil historias.

2.916 – Mala suerte

Queta Navagomez  Resuelto a poner en marcha su plan, el gato dijo parando las orejas:
—Amo, procúrate un par de botas, un saco y un sombrero con plumas. Haré a tu nombre regalos al rey. Luego, veré que el ogro se convierta en ratón y me lo comeré para que su palacio sea tuyo. Te haré pasar por el Marqués de Carabás y de esa forma te casarás con la princesa. ¡Alégrate, vamos a ser ricos!
El hijo del molinero, acostumbrado a las malas rachas, apenas pudo sorprenderse de que su mascota hablara.
—Dame pronto lo que te pido —insistió el gato.
Pero el hijo del molinero en lugar de botas usaba huaraches, y el gato consideró ridículo pasar a la historia como El gato con huaraches y se quedó junto a su amo, lamentándose de tan mala suerte.

Queta Navagómez
Huarache = deportiva

2.915 – Con la mayor cordialidad

Carmen_simon  P.S.  El geranio prendió.  Sus flores son blancas; el próximo verano las volveré a ver.  O no.  Eduviges la de la esquina ya no me fía, pero el Flaco aún invita los tragos; eso sí, cuando se le da la gana.  Supe por Laura que estás bien.  Tu vestido azul, como mandado a hacer.  Me hiere.  Ya ni modo.  ¿Qué te mueras?  No.  ¿Para qué?  De todos modos así será.

Carmen Simón

2.914 – Ignorancia

Alexandr Zchymczyk  En vida fui un laureado poeta. Estimado por todos en mi tierra, le escribí su oda al amor, su canto a la mujer, al héroe su epopeya. Le dediqué por completo mi alma al ejercicio de la poesía. Y vengo a enterarme ahora, después de pasar mi vida entre letras, que la prueba de admisión al cielo es un examen de aritmética.

Alexandr Zchymczyk