3.399 – El mejor cobijo…

    El mejor cobijo lo he encontrado debajo de los árboles frondosos. Las cúpulas de las iglesias me aplastan, a las casas les falta ventilación, en los puentes la humedad te cala los huesos y adentrarse en las cuevas supone pactar con la negrura. Solo cerca de la corteza de un árbol presiento el acogimiento de las madres.

Mario Pérez Antolín
La más cruel de las certezas. Ed. Baile del Sol, 2013

3.398 – Al pie de la letra

   Aún hierven los susurros en mi oreja. Pide que la haga mía, que la bese toda, que le lama la piel sudada, que la muerda. «Estoy mojadita», dice, y me excito al oírla. Me ordena que la golpee, que la ahorque. En realidad, probamos de todo. «Cómeme», sentenció finalmente un día, ebria de placer. Así lo hice. La corté en pedazos y la hice mía en cada bocado.

Christian Solano

3.392 – Moral sexual de las mujeres de Tracia

    Rabiosas porque Orfeo, viudo inconsolable de Eurídice, las trataba con indiferencia, lo acusaron de ser afecto al vicio griego y después, para castigarlo por ese vicio, lo mataron.

Marco Denevi
Diez ejercicios – Cuentos argentinos con humor. Fernando Sorrentino Editorial

3.391 – Cinceladas

   Tras meses de entrenamiento, el aprendiz logró ver al ángel atrapado en el mármol. Tomó el cincel y martilló hasta tener su figura bien definida, a unos milímetros de tocar su carne. Pero la piedra se agrietó. El ángel extendió sus alas, se sacudió los guijarros y emprendió el vuelo sin más.
—No te preocupes —lo consoló el maestro escultor—, a todos se nos escapa el primero.

Hugo López Araiza Bravo
http://1antologiademinificcion.blogspot.com.es/2011/04/hugo-lopez-araiza-bravo.html

3.390 – Prócer

   Aquella mañana, Miguel Hidalgo y Costilla saludó al sol con su habitual semblante. No había nada particularmente distinto en esa ocasión, que ameritara un rostro más afable. Era un 15 de septiembre como cualquiera y la plaza estaba concurrida. Los transeúntes lo miraban al pasar —siempre con respeto— y preguntándose la razón de su ceño permanentemente fruncido. Ignoro si hace ciento noventa y ocho años Don Miguel tendría motivos para lucir esa cara, pero hoy sí, porque las palomas —haciendo caso omiso de su naturaleza de prócer— han cagado en su pétrea cabeza.

Carmen Carrillo