¿Donde se ocultan en invierno las mujeres de la primavera?
Pude…
«Pude dar vida, luego me la puedo quitar. Que los mantenga su abuela»
Max Aub
La naparanoia
Los pacientes atacados de naparanoia sienten la extraña sensación de que nadie los persigue, ni está tratando de hacerles daño. Esta situación se agrava a medida que creen percibir que nadie habla de ellos a sus espaldas, ni tiene intenciones ocultas. El paciente de naparanoia finalmente advierte que nadie se ocupa de él en lo más mínimo, momento en el cual no se vuelve a saber más nunca del paciente, porque ni siquiera puede lograr que su siquiatra le preste atención.
Luis Britto García
Tentativas
Intentó ser un conquistador imbatible, pero las mujeres se le reían en la cara. Entonces trató de hacer fortuna en la Bolsa, y vio esfumarse las últimas propiedades de la familia. Sucesivos deportes sólo le acarrearon derrotas humillantes. Recordó entonces que en la escuela escribía muy bien, con letra afilada y erguida, sobre cuadernos cuadriculados de blancura incandescente, y en una súbita iluminación descubrió su vocación: escritor. Después de todo, en la escuela de su pueblo le habían enseñado a leer y escribir.David Lagmanovich
Vaso de agua al sol
Alguien posó bruscamente un vaso con agua al sol; sobre el mantel de lino apareció, temblando y estrellado, un pequeño arco iris. Se notó que dudaba entre quedarse al amparo líquido y cristalino, o irse a buscar un caldero mágico.Andrés Sobico
Autorretrato
Me veo en el espejo. Mi melena pinta cuatro canas más.En mi frente aún no aparecen surcos, ni en la comisura de los ojos color miel que no te desnudan desde hace mil eternidades. Y mira que me río.
Mis labios siguen siendo delgados, pero están algo secos. Quizá desde el último beso que me diste. Aquel con el que me dijiste «Hasta pronto».
Veo mis manos y las encuentro inútiles. No se dónde he de ponerlas para que recuperen el sentido del tacto: desde que no te tocan, han perdido la delicadeza necesaria para incitar batallas. Tampoco han sabido enredarse en otras manos.
Quizá mis hombros estén un poco cargados: pesa tanta vida sobre ellos, que se han inclinado un poco hacia delante. Pero siguen sosteniendo, con cierta gracia, el cuello al que tanto honrabas.
Mis senos están tristes. No es que se hayan dejado vencer por la fuerza de gravedad. Ni que hayan perdido volumen o su capacidad de responder a tu recuerdo. No, es que están anhelantes de tu boca. Me parecen, así, a simple vista, como un par de flores que, aunque bellas, están faltas de color.
El ombligo reclama mi atención. Apenas y me doy cuenta: ¡ha susurrado tu nombre!
Mis piernas, aún largas y esbeltas, bailotean al recordar cómo rodeaban tu cintura «con la medida exacta» -decías- mientras te ibas perdiendo entre ellas.
Entonces mi pubis parece renacer por un instante. Otra vez, los recuerdos le han jugado una mala broma.
Como bromistas son los dedos de mis pies, esos con los que tanto te gustaba jugar y que ahora escondo por temor a que sigan corriendo tras tu imposible huella…
Alejandra Díaz-Ortiz
En las islas…
En las islas Salomón, en el sur del Pacífico, algunos lugareños practican una forma única de tala de árboles. Si un árbol es demasiado grande para ser talado con un hacha, los nativos lo hacen caer a gritos. (No tengo a mano el artículo, pero juro que lo he leído.) Los leñadores con poderes especiales se suben a un árbol exactamente al amanecer y, de pronto, le gritan con toda la fuerza de sus pulmones. Lo harán durante treinta días. El árbol muere y se derrumba. La teoría es que los gritos matan el espíritu del árbol. Según los lugareños, da siempre resultado.¡Ay, esos pobres inocentes ingenuos! ¡Qué extraños y encantadores hábitos los de la jungla! Gritarles a los árboles, vaya cosa. ¡Qué primitivo! Lástima que no tengan las ventajas de la tecnología moderna y de la mentalidad científica.
Yo no sé lo que hay de bueno en ello. Las máquinas y las cosas siguen en su sitio. Ni siquiera darles patadas sirve a veces para nada. En cuanto a las personas, bueno, los isleños de Salomón pueden apuntarse un tanto. Gritarles a cosas vivas puede hacer que muera el espíritu que hay en ellas. Los palos y las piedras pueden romper nuestros huesos, pero las palabras rompen nuestros corazones.
Robert Fulghum
La mosca…
La mosca llena de puntos suspensivos el calendario.Guillermo Samperio
Copyright
Alguien me ha hecho a mi y he sido vendido. Nunca he podido saber quien ha cobrado los derechos de autor ni si ha sido un buen o mal negocio.Pere Calders
Espacio en el ropero
Atribuye la renovada falta de lugar en el ropero (aunque regale la ropa, aunque la venda) a los groseros hábitos de ciertas prendas a las que no les importa, con tal de darse el gusto, terminar pariendo inmoderadamente esa minúscula ropita de bebé que comienza por llenar los intersticios de todos los cajones y crece y madura y se reproduce a su vez hasta que semejante orgía, descontrolada, constante, tan cerca de su cama termina por tentarlo, no puede hacer descendientes, se dice, para justificarse, del apareamiento entre especies tan diversas, lo hago sólo para conformarlas, se dice, para que no sigan entre ellas, lo hago sólo para tener más espacio en el ropero se dice, se miente.
Ana María Shua