Tango del lobo

eugenio mandrini32 Primero faltó a la cita la niña de la caperuza roja.
Después, un eclipse oscureció la luna y debió morderse el aullido.
Por último, la manada lo declaró nada feroz, por esas gotas de soledad que le apagaban los ojos, y fue desalojado del bosque.
Hoy lame zapatos en la ciudad y en invierno busca el abrigo del sol como una abuela.

Eugenio Mandrini

Del apócrifo Evangelio de San Pedro (IV, 1-3)

iwasaki «Salió de Betania el señor en dirección a Jerusalén, víspera de Pascua, mientras una multitud de judíos rodeaba la casa de Marta y María por ver a Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos. Pero Lázaro sufría en silencio y nunca habló de lo que vio durante los cuatro días y cuatro noches que estuvo con Abraham en su seno, aunque sus hermanas sabían que no dormía ni comía. Y estando Judas Iscariote recogiendo la esencia de nardos que quedó después de ungir los pies del Señor, fue llamado por Lázaro, quien le dio treinta monedas de oro. Y entonces Judas partió a Jerusalén».

Fernando Iwasaki

Foto de achivo

david_lagmanovich_jmv Un fotógrafo del periódico había tomado esa fotografía años antes. Reflejaba el público asistente a un acto cualquiera. Allí estaba él, junto a una hermosa muchacha. La foto se perdió para siempre entre sus papeles, pero el recuerdo de la joven lo persiguió a través de los años. Las evocaba juntas, como si en su breve relación la foto hubiera sido el episodio decisivo.
No volvieron a verse. Los años trajeron muchas cosas: casamientos, divorcios, hijos, viajes, y hasta un exilio por motivos políticos. Por fin él regresó a la ciudad y se le ocurrió volver a ver la foto. Apeló a sus viejas amistades periodísticas y le autorizaron a buscarla en el archivo. Una empleada gentil le ayudó a ubicarla.
Cuando la encontraron comprobó que de la foto, casi desvaída del todo, había desaparecido la imagen de su antiguo amor, carcomida por la acción del tiempo. «Ahora no pasaría esto, porque las digitalizamos», le informó la empleada. Él devolvió la indiferente cartulina y se retiró del archivo sin hacer ningún comentario. ¿Por qué no había desaparecido también su figura? Sintió que había llegado el momento de morir.

David Lagmanovich

La alienación /3

Eduardo Galeano Alastair Reid escribe en The New Yorker, pero va poco a Nueva York.
Él prefiere vivir en una perdida playa de la República Dominicana. En esa playa había desembarcado Cristóbal Colón, algunos siglos antes, en una de sus excursiones al Japón, y desde aquellos tiempos nada ha cambiado.
De vez en cuando, el cartero asoma entre los árboles. El cartero viene doblado bajo la carga. Don Alastair recibe montañas de correspondencia. Desde los Estados Unidos, lo bombardean las ofertas comerciales, folletos, catálogos, lujuriosas tentaciones de la civilización del consumo exhortando a comprar.
Una vez, entre el mucho papelerío, llegó la propaganda de una máquina de remar. Don Alastair la mostró a sus vecinos, los pescadores.
-¿Bajo techo? ¿Se usa bajo techo?
Los pescadores no lo podían creer:
-¿Sin agua? ¿Se rema sin agua?
No lo podían creer, no lo podían entender:
-¿Y sin peces? ¿Y sin sol? ¿Y sin cielo?
Los pescadores dijeron a don Alastair que ellos se levantaban cada noche, mucho antes del alba, y se metían mar adentro y echaban sus redes mientras el sol se alzaba en el horizonte, y que ésa era su vida, y que esa vida les gustaba, pero que remar era la única parte jodida de todo el asunto:
-Remar es lo único que odiamos -dijeron los pescadores. Entonces don Alastair les explicó que la máquina de remar servía para hacer gimnasia.
-¿Para hacer qué?
-Gimnasia.
-¡Ah! Y gimnasia, ¿qué es?

Eduardo Galeano

Un cigarrillo

david_lagmanovich_jmv Estábamos en la cama, después de hacer el amor. Era el dormitorio del otro, aquel que provocaba mi odio. Yo había querido evitar discusiones sobre el lugar.
Ella encendió un cigarrillo. Aunque yo no fumaba, no objeté su gesto. Sabía que lo hacía constantemente: en su casa, en la calle, en el café, mientras dictaba clases o en compañía de su amante, el otro, el que sin saberlo nos había cedido su piso y su lecho.
-¿De veras me quieres? -pregunté, falto de originalidad como todo enamorado.
-Hasta la muerte -respondió ella, mientras arrojaba la cerilla encendida en el recipiente con gasolina que el otro, el innombrable, había dejado precisamente en aquel rincón.

David Lagmanovich

El comandante que vino de lejos

eduardo galeano1 Brunete, verano de 1937: en plena batalla, un balazo parte el pecho de Oliver Law.
Oliver era negro y rojo y obrero. Desde Chicago, se había venido a pelear por la república española, en las filas de la Brigada Lincoln.
En la brigada, los negros no integran un regimiento aparte. Por primera vez en la historia de los Estados Unidos, blancos y negros están mezclados. Y por primera vez en la historia de los Estados Unidos, soldados blancos han obedecido las órdenes de un comandante negro.
Un comandante raro: cuando Oliver Law daba orden de ataque, no contemplaba a sus hombres con prismáticos, sino que se lanzaba a la pelea antes que ellos.
Pero raros son, al fin y al cabo, todos estos voluntarios de las brigadas internacionales, que no combaten por ganar medallas, ni por conquistar territorios, ni por capturar pozos de petróleo.
A veces, Oliver se preguntaba:
-Si ésta es una guerra entre blancos, y los blancos nos han esclavizado durante siglos, ¿qué hago yo aquí? ¿Qué hago yo, un negro, aquí?
Y se contestaba:
-Hay que barrer a los fascistas.
Y riendo agregaba, como si fuera chiste:
-Algunos de nosotros tendrán que morir haciendo este trabajo.

Eduardo Galeano