Como insaciable es tenida esta amanita. De un hermoso y ardiente color púrpura, esta criptógama es causa de la palidez y el decaimiento de quienes practican el amor en sus proximidades.
A esta seta -cuyo aspecto sugiere la riqueza de una metáfora que atañe a un granate vital- le son de aplicación cuantas leyendas traman el mito del vampiro.
Lucrecia Borgia -para que la lividez de su cutis realzara la pasión de sus labios- solía descansar en los atardeceres romanos sosteniendo entre sus senos la levedad de una de estas amanitas. Siglos más tarde, en pleno escándalo romántico, el escultor Andrea Visconti es detenido por el crimen de haber dado muerte a dos jóvenes a las que sometió al hongo «para admirar en sus cuerpos la elegancia nívea del mármol».
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1.928 – Palomas, mago
El mago se saca palomas de la manga, las hace aparecer de la galera. Después de un corto revoloteo, las palomas se posan en el dedo del mago, que las traslada a su vez a una percha.
¿Por qué no se escapan volando?, pregunta un niño. Porque les cortan las alas, explica el padre. Algunos magos les cortan las plumas de una sola de las alas y es suficiente para que no puedan volar. Otros, para evitar que el público se dé cuenta, les cortan una pluma por medio de los dos lados. Durante la actuación, cuando la paloma abre sus alas, parecen completas, pero así mutiladas no le permiten sustentarse en el aire. También hay algunos pocos magos, muy hábiles, que logran adiestrarlas de modo que no escapen.
Cuando termina su número, mago y palomas se van su carromato. Las palomas doblan al mago en cuatro y lo guardan en su caja.
Ana María Shua
1.921 – En horario laboral
Yo conté hasta doce gatos. Los había de todos los colores y razas. Atigrados en gris o en marrón, con topos como los de las jirafas o los guepardos. Otros eran totalmente negros, o blancos o caobas. Había uno con una mancha casi azul en la frente, sobre un fondo metálico. Doce llegué a contar, mientras estuvimos en la casa levantando el cadáver de la vieja.
La jueza tardó más de la cuenta en llegar, así que mientras esperábamos, tomamos las fotos rutinarias de la escena e hicimos un poco de tiempo, charlando de cosas insustanciales con los dos policías locales que nos habían dado el aviso. La noche había salido templada, y una luna enorme lo alumbraba todo.
La casa era, es verdad, un desorden total, una leonera, un almacén en perfecto cambalache en el que se podía encontrar cualquier cosa. Muebles viejos, ropas y harapos, periódicos amarillentos. Había montones, torres de papeles, revistas y libros desvencijados con algunas páginas arrancadas y las demás raídas.
Las paredes estaban preñadas de cuadros ocultos tras una gruesa capa de polvo y me sorprendió encontrarme con tres frigoríficos, dos de ellos en el salón.
Junto al cuerpo de la anciana, en el sofá, había un álbum de fotos. Lo abrí, retirándome a un lado del salón, y lo ojeé. La reconocí en ellas. Estaba mucho más joven y guapa. En algunas aparecía sola, rebosando vida, posando sonriente para el fotógrafo. En otras se la veía acompañada de distintos hombres, a veces de su brazo y otras besándose con ellos. Había muchas en las que se la veía con una niñita rubia, de largas trenzas, que compartía evidentes rasgos familiares con la muerta.
Recuerdo que lo único que se me ocurrió decirle a mi compañero cuando me miró con reproche al verme con aquello en las manos, fue que me encantaba pronunciar la palabra álbum. Él no me hizo mucho caso, entretenido como estaba ahuyentando con chasquidos y aspavientos a los gatos que ronroneaban cerquita de su dueña.
Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed. Talentura. 2012
http://elalmadifusa.blogspot.com.es/
1.914 – La historia de la familia que discutía
Una familia que siempre estaba discutiendo se fue al parque a pasear. Era invierno, y de repente se les vino encima una tormenta de nieve.
El padre dijo:-Por la derecha es el camino más corto hasta la puerta del parque.
-¡Qué disparate! -dijo la madre-. Tenemos que ir por la izquierda.
-¡Estáis locos! -gritó la hija-. ¡La puerta está detrás de nosotros! ¡Tenemos que volver!
Pararon. Ninguno cedía. Se hizo de noche, descargó la tormenta y cada vez hacía más frío. Los tres seguían riñendo y no se daban cuenta de que se les estaban congelando los pies.
Un guarda fue a cerrar la puerta del parque. Se encontró delante de él tres muñecos de nieve, y oyó que gritaban:- «¡Derecha!». -«¡No, izquierda!»- «¡Volved!».
Salía de la nieve y sonaba horripilante, ahogado. El guarda se asustó tanto que se volvió, corrió a casa y dejó la puerta del parque abierta. Tuvo que tomar siete copas de aguardiente, y se tranquilizó un poco.
Por la mañana estaban los tres tiesos, helados. Ahora veían que la puerta estaba delante de ellos. Ninguno tenía razón. Pero sólo podían decirlo con los ojos. En ese momento volvía el guarda. Cuando vio mover los ojos a los muñecos de nieve tuvo que volver a tomarse otras siete copas de aguardiente. Después fue a buscar a la policía y a los bomberos.
Ursula Wölfel
http://www.calarca.net/minificciones/index35.html
1.907 – Las dos ranas
Dos ranas que iban de paso cayeron en un recipiente lleno de leche. Después de llevar a cabo algunas tentativas para salir, una de ellas dijo:
—Las paredes son demasiado lisas; tienen una inclinación de 45 grados; la fuerza de propulsión de mis patas forman un paralelogramo en el cual A más B, multiplicado por C… dividiendo luego el producto por el logaritmo de… Sin contar con que Arquímedes ha dicho: Dos moi pu sto, kai kino ten ghen* y no tenemos punto de apoyo en esta materia fluida…
Como su compañera no daba muestras de creer en sus palabras, sacó la regla de cálculo y realizó operaciones complicadísimas, que demostraban que toda tentativa de salir estaba matemáticamente destinada al fracaso. Después se metió en el bolsillo la regla de cálculo y, con la pasividad de un estoico, se dejó morir.
La otra rana no escuchó sus explicaciones científicas y eruditas e hizo los movimientos más absurdos, más irracionales, violando todo lo que la matemática, la física y la mecánica han establecido. A fuerza de realizar toda suerte de movimientos desordenados, la leche se condensó bajo sus patas, y el animal se encontró apoyado sobre una pella de mantequilla, desde la cual fue fácil dar un salto.
La primer rana era una rana macho, la segunda una rana hembra.
Dino Segre (Pitigrilli)
*Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo
1.900 – Un cuento
Estaba comenzando a amanecer cuando me despertó el ruido de una moto en la calle, pasó por debajo .de la ventana y giró a la derecha para coger la avenida. El ruido se convirtió en un zumbido y desapareció a la altura del mercado. Yo la seguí imaginariamente y la vi estrellarse de – forma imaginaria contra la esquina del ambulatorio. Después me dormí hasta que sonó el despertador. Por la mañana, había una moto destrozada y una mancha de sangre en la pared del ambulatorio. Un grupo de gente comentaba que se había matado al amanecer un motorista.
Como llegaba un poco retrasado a la oficina, deseé que mi jefe estuviera muerto para no tener que pelearme con él, era un imbécil. Además, le gustaban las motos, de manera que imaginé que el motorista muerto era él. Así que estaba metiendo mi ficha en el reloj, cuando vi salir a mis compañeros con cara de circunstancia: se dirigían al tanatorio para dar el pésame a la familia de mi jefe. Fui con ellos y nos encontramos al director general; deseé que se acercara a mí y me invitara a regresar a la oficina en su coche. Sucedió. Le expliqué que el departamento estaba hecho un desastre, critiqué los métodos del fallecido, y le sugerí que me concediera- una entrevista para ponerle al día. Lejos de citarme, mandó al chófer que se detuviera y me invitó a bajar, aunque aún-no habíamos llegado. Perdí de vista el coche cuando giró por el edificio de la Audiencia, pero 1Q seguí imaginariamente unos metros más y al poco hice que se estrellara imaginariamente contra : el monolito de la Libertad. Corrí en esa dirección para ver los cadáveres, pero no había ningún coche estrellado. Comprendí que había entrado en una mala racha y deseé que me cayera encima una cornisa, pero la buena suerte se había terminado, así que llegué vivo a la oficina y aquí estoy, haciendo las tonterías de siempre.
Juan José Millás
Cuerpo y prótesis. Ed El País. 2001
1.893 – El amor
En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas. -¿Te han cortado? – preguntó el hombre. -No -dijo ella-. Siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
-No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía: -No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
-¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
-Es así -dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.
Eduardo Galeano
De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos. Thule ediciones.2005
1.886 – El paso del tiempo
Después de un año de casados, de sobremesa, ella, seria, le dijo a su marido:
-Veo que no nos entendemos. Siempre discutimos y nos peleamos. Es mejor que nos separemos antes de tener hijos, los haríamos infelices. Nos quedan muchos
años para vivir otras vidas mejores.
Él respondió:
-De acuerdo.
Luego de la cena en una cocina más grande, mientras los hijos miraban la televisión, ambos bebiendo oporto, ella le dijo:
-No, de una vez por todas, esto no va. Seguimos cada vez peor. Es mejor que nos separemos antes de arruinarles la vida a nuestros hijos. Oportunidades no
nos van a faltar.
Él respondió:
-De acuerdo.
Antes de sentarse frente al televisor con un vaso de whisky el marido, y una copa de coñac la mujer, ella le dijo:
-Nuestros hijos ya no están. Ni sabemos por dónde andan.
Definitivamente, no hay manera de entendernos. Es mejor que nos separemos antes de arruinarnos el resto de nuestros días. Él respondió:
-De acuerdo.
Ella, la espalda ligeramente encorvada por la edad, sentada frente a la televisión, una copa de coñac en una mano y con la otra acariciando un perro, le
dijo: -Nunca me contradecía. Realmente, era un buen hombre.
Pablo Urbanyi
De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos. Thule ediciones.2005
1.879 – La camaleona
—Estoy cansada de que la gente critique mis continuos cambios de color. Me dicen: “fíjate que el ornitorrinco es siempre un ornitorrinco, y el escarabajo un escarabajo”. Así que he decidido ser una camaleona de carácter, de personalidad centrada y sólida, una camaleona con identidad encapsulada.
Y dicho esto, se puso seria, hizo un gran esfuerzo, se volvió morada y no volvió cambiar de color. Pasaron por un bosque y la camaleona no se puso verde. Pasaron por un jardín de margaritas y la camaleona no se puso amarilla. Durante todo el día, a pesar de los muchos colores que presenciaron en esa variopinta tarde de verano en un trópico evanecido de sus excesos coloristas, a pesar del rojo crepúsculo incendiario, la camaleona permaneció firme en el color morado.
Al regresar de la tarde de charla literaria por la orilla del río, la camaleona les preguntó a sus amigos:
—¿Cómo os pareció mi firmeza de carácter?
El ornitorrinco y el escarabajo pelotero respondieron:
—Has mostrado una firmeza de carácter admirable. Pero ya no eres una camaleona.
Rodrigo Parra Sandoval
http://e-kuoreo.blogspot.com.es/2013/08/84-piezas-del-museo-de-lo-inutil.html
1.872 – Un solo fallo
Mira un burro volando: miro, pero no veo nada.
Te vas a manchar con el helado: miro y una gota ha saltado sobre mi camisa.
Se va a caer el vaso: miro y mi hermano ha dado un manotazo que ha roto en mil añicos el último vaso de nuestra herencia.
Como sigas así vas a suspender: sigo así y suspendo. Todas las observaciones de mi madre se cumplen como las de un oráculo. ¿Por qué no la primera? ¿No será que mis ojos no llegaron a tiempo para ver el equino que, con las alas recién crecidas, surcaba el aire con ansias de libertad?