Eran cinco amigos sin secretos. Ahora son cuatro amigos con un secreto.
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1.278 – Descubrió…
1.277 – La más absoluta certeza
Pocas certezas es posible atesorar en este mundo. Por ejemplo, Marco Denevi duda con ingenio de la existencia de los chinos. Y sin embargo yo sé que en este momento usted, una persona a la que no puedo ver, a la que no conozco ni imagino, una persona cuya realidad (fuera de este pequeño acto que nos compete) me es completamente indiferente, cuya existencia habré olvidado apenas termine de escribir estas líneas, usted, ahora, con la más absoluta certeza, está leyendo.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida.Ed. Páginas de Espuma 2009
1.276 – El premio
Tenía prisa por coger el tren que le llevaría nuevamente a su pueblo. Había pasado la jornada cumplimentando todos los encargos, gestiones y compras que le habían encomendado sus paisanos y vecinos. La gran ciudad le destrozaba, le asfixiaba. Tenía prisa por dejarla. Verificó un último encargo: en una lista oficial de la Lotería Nacional comprobó que, efectivamente, a un décimo que le habían dado le había correspondido un pequeño premio. La Administración desgraciadamente estaba cerrada. Nervioso pensando que iba a perder el tren, abordó a un señor, contándole lisa y llanamente lo que le sucedía. El señor le partió la cara, llamó a un guardia que lo llevó a la Comisaría más próxima, le tomaron la declaración, lo encerraron y al día siguiente, comprobada la validez del décimo, lo dejaron en libertad. Cobró el premio y en el primer tren que pudo tomar se volvió al pueblo, donde jamás contó a nadie lo sucedido.
Alonso Ibarrola
Alonso Ibarrola. No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.275 – Tránsitos
Se murió sin más, ni temeroso ni esperanzado. Y como en un sueño abrió los ojos y estaba en su cama. La habitación con el mismo aspecto de siempre, quizá un poco deslucidos los colores. Se levantó y en el salón no había nadie, atisbó por la ventana y vio gente en la calle. Salió y descubrió que muchas de esas personas eran desconocidos, tan solo el dueño del quiosco de prensa, que había muerto unas semanas antes, le hizo un gesto de reconocimiento. Se dieron un abrazo, hermanados de repente por la situación, y se contaron sus penas. Los dos andaban buscando en este lado a los familiares fallecidos hace tiempo, pero no daban con ellos. Decidieron adaptarse a la nueva circunstancia, que no era tan distinta de la anterior: se trabajaba, se comía, se dormía y hasta podía uno llegar a enamorarse. Conoció a una mujer solitaria y la invitó a instalarse en su casa.
Y fue pasando el tiempo y una semana se notó diferente: un poco más descolorido de lo normal. Hasta que una noche murió otra vez, aunque en realidad se sintió como un gusano mudando de piel.
Abrió los ojos: todo seguía igual, salvo por esa nueva condición traslúcida. Se asomó a la ventana y alcanzó a ver la silueta de su tío Luis, que había muerto tres años atrás, girando en la esquina. Saltó y se dejó llevar por una ráfaga de viento. Su tío era más transparente que él; una fina línea con un abultamiento en la parte que correspondería a aquella barriga inmensa que era lo que más recordaba de él. Le llamó, pero al ir a abrazarlo el tío Luis se evaporó, como el humo de un cigarrillo.
Se sintió por primera vez desalentado, pero siguió flotando por esa ciudad, cuyas calles tan conocidas se confundían unas con otras en esa líquida transparencia actual. Volvió a la rutina habitual e invitó a otra mujer solitaria a compartir ese tiempo blando y como sumergido en el mar.
Un día se notó más ligero que de costumbre y supo que se aproximaba un cambio. Cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas morirse de una vez por todas.
Rosana Alonso
Los otros mundos. Ed. Talentura. 2012
http://ralon0.wordpress.com
1.274 – Amor matemático
He sido atravesado por la flecha de Cupido una vez en la vida. He sentido temblores y escalofríos en más de 80 ocasiones. He notado una docena de mariposas bailar por mi estómago. He visto latir mi corazón a mil por hora y volar al tiempo a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo cuando él estaba aquí y cuando no, he contado también horas, minutos, segundos e incluso, milésimas de segundo. Le he dicho ¡Te quiero! 365 veces al año y he tenido con él, orgasmos de más de cinco minutos de duración. Sin embargo, por motivos que no sabría cuantificar, esta mañana, él ha decidido salir de la ecuación.
Daniel Sánchez Bonet
Finalista III Concurso Bucaro de microrrelato 2012
http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2012/05/30/amor-matematico/
1.273 – Los siete pecados evitables
Hugo saludó al insomnio en plena madrugada. Palpó el cuerpo que dormía a su lado.
Los recuerdos mitigaron el silencio. En la penumbra de la habitación apenas alcanzó a distinguir los últimos años de su vida.
Echó de menos la lujuria de los primeros días con Lola. La gula con la que saciaban sus cuerpos. Por aquel entonces, ella era la mujer de otro. Tras las despedidas, al caer la noche, él enfermaba de ira al quedarse solo. La envidia no le dejaba dormir al imaginar «al otro» durmiendo al lado del cuerpo de su pasión.
La avaricia le cegó la razón. Una de esas tardes de amor clandestino, invadido de soberbia, se la jugó: « O te quedas conmigo o no vuelvas». Ella se quedó.
Hugo cerró los ojos. Le gustaría entender por qué, desde entonces, la pereza también se quedó a vivir con ellos.
Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012
1.272 – La civilización del consumo
A veces, al fin de la temporada, cuando los turistas se iban de Calella, se escuchaban aullidos desde el monte. Eran los clamores de los perros atados a los árboles.
Los turistas usaban a los perros, para alivio de la soledad, mientras duraban las vacaciones; y después, a la hora de partir, los ataban monte adentro, para que no los siguieran.
Eduardo Galeano
El libro de los abrazos. Siglo XXI -1989
1.271 – Maltrato
La mujer del policía antidisturbios pidió el divorcio, cansada de aguantar que su marido se llevara trabajo a casa.
Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com/
1.270 – La II Guerra Mundial pudo haberse evitado
Si el crítico vienés Jakob Neumann, que presidía el jurado, hubiera dado su voto de calidad a cierto óleo firmado por un tal Adolf Hitler en la Bienal de Bellas Artes de 1912, acaso el joven aspirante a pintor no hubiese dejado su profesión por la política. Inútil reprochar nada a Neumann; sobre todo cuando el propio Adolf Hitler ordenó su fusilamiento a las pocas horas de aquella entrada apoteósica en la Austria del Anschulss. Lo que nunca supo el dictador fue que la decisión de Neumann nació de un escogido lote de vinos que había recibido de un importante bodeguero vienés, cuyo hijo, con veleidades pictóricas, obtuvo aquel premio. Obvio es decir que tal ignorancia salvó la vida del bodeguero, no la de su hijo.
