Le conminaron para que desalojara su vivienda, una modesta barraca de una planta declarada en ruinas en medio de una zona de expansión urbanística, pero se negaba siempre en rotundo. Tuvieron que recurrir a la fuerza, pero se atrincheró con su vieja escopeta y nadie se atrevió a acercarse… Reporteros y redactores se interesaron por su actitud que duró cuarenta y ocho horas. Gracias a los buenos oficios y promesas del teniente de alcalde depuso su actitud. Le prometieron firmemente otra vivienda, nueva y de módico alquiler, y es por ello que se decidió a salir de su atrincheramiento y entregar la escopeta. Por desgracia, el nuevo piso estaba muy lejos y tenían que gastar mucho dinero en transportes tanto él como los suyos. Además, le multaron por no tener licencia de armas y por alboroto público. Quiso protestar pero le tildaron de loco y en las redacciones de los periódicos que se habían ocupado de su encierro, esta vez no le prestaron atención alguna. Desesperado, volvió a atrincherarse de nuevo, esta vez sin arma alguna. Lo liquidaron en breves minutos con una ráfaga de metralleta, sin contemplaciones.
Etiqueta: Miércoles
2.150 – A falta de ficción
Érase un país de donde exiliaron a los escritores. O quizás fueron ellos los que se autoexiliaron al realizar que sus creaciones, incluso las más descabelladas, se teñían de realidad aún antes de que sus libros salieran de la imprenta. ¡Qué terrible era imaginar una escena y verla como noticia del telediario! ¡Qué imposible cenar cuando el monstruo del cuento se sienta al lado del plato de sopa! Cuando el gobierno anunció una guerra, los escritores soñaron escenas innombrables que no desearon escribir. Huyeron del país escritoras con maletas hechas de retazos de poemas, escritores de barbas grises con historias arrugadas en los bolsillos y jóvenes con la esperanza oculta en la suela de las zapatillas. Todavía quedan algunos escritores. Se sientan a beber café, se ahogan de insomnio y atrapan sus ideas antes de que puedan volar lejos de ellos, las estrujan hasta que quedan hechas menos que sombras, menos que polvo…, nada.
Melanie Taylor
http://nalocos.blogspot.com.es/2013/06/melanie-taylor.html
https://melanietaylorherrera.wordpress.com/
2.143 – El grupo
Había escrito cien veces «te quiero». Fue en aquel campamento de verano, junto a la playa. Intentaba siempre tumbarme cerca de Sonia y sus amigas; entonces, dibujaba corazones en la arena, le regalaba las conchas más bonitas que encontraba en la orilla y cargaba con su mochila rosa cuando regresábamos para la cena. La noche de la despedida estuvimos cantando alrededor de la hoguera, hasta que las chicas me invitaron a acompañarlas a las dunas; allí me cortaron las trenzas y me llenaron la boca de algas, mientras coreaban ¡marimacho, marimacho!
Cabizbaja y con los ojos cubiertos de lágrimas, Sonia era la que más fuerte gritaba.
Susana Revuelta
http://estelasdetinta.blogspot.com.es/
2.136 – El mar espera
Pese a que el trasatlántico se halla a más de tres mil metros de profundidad, ni una sola gota de agua moja el interior del camarote 115. Y no se trata de que esté herméticamente cerrado, ya que sir Malcolm Whitaker, como todas las mañanas desde que zarparon de Southampton, lo abandona para tomar, por así decirlo, un poco de agua fresca sobre cubierta. El caso es que al abrir la puerta del camarote, el mar, tímido y respetuoso, permanece afuera.
Cuando el hombre regresa, la señora Whitaker le pregunta si ha vuelto a charlar con el capitán, si ha visto delfines escoltando a la embarcación, o si se ha dignado a pedirles a los pequeños que corretean por los pasillos que la visiten. Sir Malcom Whitaker la besa tiernamente y satisface todas sus inquietudes, salvo la última. Pero esta mañana algo ha cambiado. El hombre, aún junto a la puerta, insta a los chiquillos a que entren; años se ha demorado en persuadirlos de que aquella mujer inmaculada es buena. Entonces la señora Whitaker adivina con sus manos las caritas de los niños muertos, y moja con sus lágrimas el piso del camarote.
El mar lentamente la acompaña.
Gabriel Bevilaqua
El elefante funambulista, 2014
http://elefantefunambulista.blogspot.com.es/
2.129 – Problemas con la correspondencia
-¡Papá! ¡Mamá! ¡Me han traído la pistola!
Por probarla en algún sitio, el niño dispara sobre las cabezas de sus progenitores. Cada uno a su estilo, caen muertos sobre la desordenada colcha.
Y es que nadie avisó a los Reyes Magos de que la pistola tenía que ser de juguete.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes.E.D.A.libros.2008
2.115 – XLIV
Lanzarán mis cenizas al espacio, a la prisa del viento irán los restos calcinados de lo que dicen que fui, y con las primeras tormentas invernales una lluvia grisácea de memorias mojará a los míos en las calles de diciembre, y llegarán ellos empapados a casa, y al calor de la estufa, el café y las luces chillonas del árbol me recordarán, reirán mis mejores anécdotas, revivirán en sus palabras mis gestos y mi voz, en sus lágrimas mis consejos y mis errores y mis fracasos y mis triunfos, y se irá secando la lluvia en su pelo y en sus ropas, y alguien descorchará una botella de champaña, y poco a poco la nostalgia de mi recuerdo será borrada por la risa de la celebración, por el calor recobrado junto a la estufa, y la lluvia parda los mirará tras el cristal, guardando mi melancólico eco para el próximo diluvio, tal vez la próxima Navidad que vuelva a empapar de mí sus huesos.
Miguel Ángel Zapata
Revelaciones y magias. Ediciones Traspiés. 2009
2.108 – La guerra ideal
Las figuras del ajedrez, en perfecta ordenación, son ejércitos dispuestos a matarse por defender a su rey. Cuánto más me gustan amontonadas en la caja, las fichas mezcladas, ya sean blancas o negras, al margen del rango y sexo, tumbadas unas sobre otras, en una hermosa orgía bicolor. Ojalá así fueran las guerras de verdad: una reina bajo un peón, el rey besando al alfil, dos torres de la mano sin que nadie las mire mal, y un final en tablas, sin vencedores ni vencidos.
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/09/la-guerra-ideal.html
2.101 – Inseguridades
Apuraba tranquilamente el gin-tonic de media tarde, cuando en la mesa de al lado un individuo le dijo a otro que estaba muy contento, porque el médico, tras un chequeo, le había dicho que todo estaba en orden.
-El colesterol y la tensión también -preguntó el otro-, ¿todo?
-Todo, sí. Me dan ganas de irme a bailar.
Los dos habían superado con creces (qué rayos significará creces) la cincuentena y parecían hermanos. Tras unos segundos de silencio, el que parecía más joven continuó preguntando.
-¿Y el PSA está en orden?
-En orden. Además me he hecho una ecografía pélvica y la próstata tiene el tamaño de un tipo de cuarenta años. Por otra parte, y como hace ya siete años que he dejado de fumar, me ha dicho el médico que tengo los pulmones de un no fumador. Como si no hubiera fumado nunca.
-¿Te importa que encienda un cigarrillo? -preguntó el hermano aguafiestas.
-Tú verás, son tus pulmones, es tu vida. Tienes cuatro años menos que yo, todavía estás a tiempo de dejarlo sin pagar por ello.
La conversación comenzó a parecerme sobrecogedora.. Había por debajo de lo que hablaban una fe ciega en la culpa y una fe ciega también en la suerte. La vida era una combinación de suerte y de fe. Si dejabas de fumar y tenías suerte, podías regresar al principio, reiniciarte como un ordenador. La suerte, por su parte, se atraía con gestos de la voluntad.
El fumador dio un par de caladas, con la mirada perdida, como si buscara dentro de sí otro argumento para amargarle la tarde al hermano mayor.
-¿Te has hecho también una colonoscopia? -preguntó al fin.
-¿Una colonoscopia? No, ¿por qué?
-A partir de los cincuenta conviene. Un vecino mío estaba bien de todo, excepto por unas formaciones musgosas que le salieron en el intestino, a la altura del colon. Duró dos meses, y no había fumado nunca.
-No hay modo de estar seguro de todo -respondió con expresión de derrota el mayor.
-Es lo que te quería decir -concluyó el fumador.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.094 – El pecador
Cruzaba la calle, cuando de repente un automóvil ha pasado ante mí a toda velocidad, rozando imperceptiblemente mi abrigo. Me he puesto pálido. «Ha podido matarme», he musitado con voz muy queda. Miro en derredor. Nadie, nadie se ha percatado del peligro que he corrido. Pasa ante mí un hombrecillo. Lo detengo. «¡Por poco me mata!». «¿Quién?». Me mira como si estuviese loco. No insisto. Se aleja presuroso, volviéndose de vez en cuando para observarme. ¿Qué debo hacer para suscitar el interés del prójimo? ¿Acaso no es suficiente haber estado a punto de perecer? ¿Necesitan más? ¿Es preciso que me muera… total y definitivamente? Un remolino de gente curiosa. Un guardia que repite nerviosamente: «Circulen, circulen…». Quizá yo esté oyéndolo todo… y sin poder moverme. ¿Será así la muerte? Una horrible duda me asalta…
¿Estoy o no estoy en pecado mortal? No lo recuerdo. El primer mandamiento, el segundo, el tercero… un sudor frío se ha apoderado de mi cuerpo. Acabo de recordar que estoy en pecado mortal. Afortunadamente, y por concesión papal, que figura en un cuadrito en la cabecera de mi cama, y que un pariente me trajo de Roma, basta con que diga «Jesús» y habré salvado mi alma. Más difícil hubiese sido recitar aquel largo acto de contrición… Pero ¿hubiese tenido tiempo, con aquel coche, de pronunciar «Jesús»? Temo que no. Vuelve a apoderarse de mí el sudor frío. Es preciso que me confiese ante un sacerdote. Comienzo cautelosamente a caminar, hacia una iglesia. Por fortuna, no es necesario cruzar ninguna calle. Pegado a las paredes, temiendo que una teja acabe con mi vida, me dirijo fatigosamente al confesionario…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.087 – Vendedor de libros
Habían respondido a un anuncio del diario, en el que solicitaban «vendedores jóvenes, dinámicos y agresivos». Fueron convocados y seleccionados una veintena. Se trataba de vender a domicilio una «fabulosa enciclopedia» con las «máximas facilidades de pago». Previamente fueron instruidos en un rápido cursillo que los iba a capacitar para ser unos «vendedores natos». Se pasaron toda la noche aprendiendo las argumentaciones que al día siguiente recitaron al Jefe del cursillo, a manera de examen final. El citado actuaba como un posible comprador y cada presunto vendedor debía salir airoso de todas las dificultades que les planteaba. Luego, todos juntos, escucharon las respectivas cintas magnetofónicas. En una de ellas, al final, se oyeron sollozos, llantos, súplicas, palabras entrecortadas, «Por Dios, por lo que más quiera…» y «Necesito trabajar». El jefe del cursillo aconsejó que este tipo de argumentación melodramática fuese utilizada solamente en última instancia y en casos muy concretos.