Mientras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no sé si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.
Etiqueta: Miércoles
2.220 – Velas
Cierra los ojos, pide un deseo y sopla las cuarenta velas; cierra los ojos, pide un deseo y sopla las treinta y nueve velas; pide un deseo y sopla las treinta y ocho velas; pide un deseo y sopla las treinta y siete velas. Al final, todos los invitados aplauden las monerías del niño que sopla la única vela de su enorme torta.
Sandro Centurión
http://www.leadespacio.blogspot.com.es/
2.213 – La maqueta
Papá lleva veinte años construyendo una maqueta. Su obsesión ha llegado a tal límite que reproduce fielmente cada detalle de la ciudad. Si el vecino decide pintar la fachada de su casa de otro color, papá corre a la tienda a comprar el mismo tono de pintura. Mamá está harta. Ayer se fue de casa. Después de buscarla durante todo el día, al final la encontramos en la estación. A través de la lupa pudimos ver cómo se despedía de nosotros mientras subía las maletas al tren.
Francesc Barberá Pascual
http://microrretales.blogspot.com.es/2014/08/la-maqueta.htm
2.206 – A buenas horas
El arcángel sobrevuela el pueblo y, con un suntuoso batir de alas, aterriza delante de la casa del carpintero.
–Debo hacer un anuncio importante –dice cuando José, el carpintero, abre la puerta.
–Usted dirá.
Es un taller oscuro, pero la luz que irradia el arcángel le permite vislumbrar las herramientas dispersas; el suelo está tapizado de serrín y virutas; en un rincón, María, la esposa del carpintero, amamanta un bebé.
–Usted dirá –repite José.
Jordi Masó Rahola
Les mil i una (ARC-Lo Càntich, 2014)
http://associaciorelataires.blogspot.com.es/2014/01/les-mil-i-una-jordi-maso-rahola.html
2.199 – Farsante
Se hacía pasar por sordomudo y vendía lotería falsa. Siempre ocupando su esquina, en una calle muy concurrida de la gran ciudad, y dispuesto a desaparecer de la faz de la tierra en cuanto les correspondiera a «sus números» un premio importante. Pero, para su fortuna, esto no ocurría… Hasta se había permitido el lujo de abonar «una terminación» y «una pedrea». La gente compraba sonriente y complacida; le hablaba pero él solamente esbozaba una amable sonrisa. Un día, un ratero que había observado la importancia de sus ingresos, le robó la cartera de improviso. Quiso gritar, pero se contuvo. Hubiese echado a perder el negocio…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.192 – Legítima defensa
Supongan que van a un hotel, y que el recepcionista les asigna la habitación 201. Entra dentro de lo normal. El hotel tiene 20 habitaciones, así que tienen el 5% de probabilidades de que así sea. Ahora supongan que hay un asesino que sólo mata a inquilinos de la habitación 201. En España hay unas 15.000 habitaciones 201, así que tienen el 0.0006666666% de probabilidades que entre en la suya.
Pero ahora supongan que siempre que van a un hotel les dan la habitación 201. Las probabilidades de que esto suceda son cada vez más bajas.
0.0025%
0.000125%
0.00000625%
Pero, a la vez, las probabilidades de que se encuentren con el asesino son más altas:
0.000133333%
0.000266666%
Ahora supongan que es de noche. Los truenos les impiden dormir. Están acostados en la 201 a oscuras y en silencio. Y alguien entra en la habitación. Tienen miedo. Los relámpagos iluminan al intruso fugazmente. Tiene algo en la mano. Según sus cálculos, en ese momento hay un 0.0625% de probabilidades de que sea el asesino. Son ínfimas pero, señores, ¿no es ese 0.0625% suficiente motivo para sacar el revólver y disparar varias veces contra la camarera?
Saúl R. Deus
Habitación 201, Ediciones Altazor, 2013.
2.185 – Los ángeles dormidos
En una librería de viejo adquirí una caja de antiguas placas de magnesio de un fotógrafo rural, donde abundaban los retratos de niños muertos, repeinados y vestidos de domingo por unos padres arrasados de dolor. Morían los niños en los pueblos y los padres mandaban buscar al fotógrafo para tener un recuerdo que llorar, otra imagen para rezar. Y mientras el artista llegaba andando o a caballo, alguien vestía y peinaba a los niños como si hubieran sido invitados a un cumpleaños triste, amortajados de encajes y almidones. Para sus padres sólo eran ángeles dormidos, pero aquí en mi apartamento siempre serán niños muertos. Y lloran todas la noches.
Fernando Iwasaki
Ajuar funerario. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.178 – Tiro en la nuca
La silenciosa práctica del tiro en la nuca tiene, por supuesto, leyes rigurosas. Su territorio son los autobuses ciudadanos. El matador debe escoger un hombre para nunca moverse del asiento a sus espaldas. Solo una cadena de casualidades hace posible la así llamada «situación de disparo», que ocurre cuando el matador queda sentado tras el último viajante. Los choferes son cómplices, fingen que nada ven, pero en el fondo admiran el olfato de los matadores para adivinar quién será el último que querrá descender. Raramente se oye el fatídico disparo: son demasiadas las casualidades requeridas. Por eso es que bajamos tantas veces vivos del transporte público.
Eduardo Berti
La vida imposible, Páginas de Espuma: Madrid, 2014.
2.171 – La Maclovia
De la Maclovia todos pretendían reírse, pero al mundo en que ella vivía la burla no llegaba. -Maclovia, ¿cómo es tu novio?- le preguntaban sus patrones.
-Baila como un bejuco- respondía, aunque la respuesta no tuviera relación aparente con la pregunta.
-Maclovia, te invitamos a un paseo.
-No, yo no salgo, porque hoy te invita y mañana timbita.
Todos los dichos, acotaciones y sentencias de la agraciada sirvienta eran comentados por la familia.
Establecían repertorio infaltable con las visitas de la vecindad. A veces era requerida, disimuladamente, para que asistiera a reuniones donde ella sería el centro de curiosidad y desahogo.
No llegaba.
Cuidaba las gallinas y los pollos. Divertía a los niños. Desgranaba maíz. Echaba las tortillas ¡y qué tortillas! Finas, suaves, con adornos de los dedos puestos en los bordes.
La llamaban:
-Andá a recoger los huevos; llevate esa canasta. Regresaba con la canasta llena. -Contalos.
Y ella no sabía contar, ni leer, ni escribir. -Uno, dos, tres…-hasta allí llegaba para continuar sacando huevos y especificando:
-¡Ai va otro, aivotro, aivotro.. . !
Bajo la sonrisa y la mirada patriarcal de los abuelos.
Octavio Robleto
Cuentos de verdad y de mentira. Ed. Nueva nicaragua – 1986
2.164 – El ilusionista
Padre nos prometió una gran sorpresa cuando tañera la última campanada del año. Madre supuso que, por fin, había encontrado un trabajo y rezó arrodillada. Yo imaginé la bicicleta BH que llevaba dos años pidiendo a los Reyes, y Merlín y Tábata eran demasiado pequeños para pensar…
Cuando dieron las doce, padre sacó su nueva varita mágica e hizo aparecer un conejo en la sopera. Se le cayeron las lágrimas. Era su primer lepórido. Madre también lloró, pero de rabia, mientras le ponía de patitas en la calle con todos sus cachivaches. Dijo que ya no aguantaba más, que era un fracasado y que, con tres críos, tenía bastante… Después, también lloré al sentir que le perdía.
La señá Joaquina, la presidenta, enternecida, nos cedió un trastero y allí le escondimos. Fue nuestro secreto. Lo sigue siendo. Cada tarde, acudo al cuarto para darle un beso. Él continúa ensayando su truco, el que –según dice– le convertirá en el mejor mago del mundo. Cierra los ojos con fuerza; se cubre con un trapo rojo; pronuncia las palabras mágicas y desaparece…
Yo me marcho aplaudiendo, fingiendo que no le veo, como cuando era niño. Sé que solo así podrá dormir tranquilo.