1.753 – Teresina

 alonso-ibarrola2-300x200 La niña se llamaba María Teresa, pero en el colegio la llamaban Teresina, quizá debido al hecho de que varias de las monjas de la Orden provenían de Italia. Un día, en una de las numerosas funciones religiosas que las alumnas del Centro se veían obligadas a soportar, el capellán se refirió a ciertos padres que no cumplían con sus deberes de católicos, y organizó una especie de «cruzada familiar». La jornada dominical del padre de Teresina se vio interrumpida por la insistencia de la niña para que asistiera a misa. No se atrevió el hombre a decir nada, por no enfrentarse con su mujer, en quien Teresina encontró una fiel aliada. El «triunfo» de la niña fue celebrado por todo el colegio, con alborozo particular de las monjas. Y el padre de Teresina tomó la costumbre de desayunar y leer el periódico en una cafetería, en solitario, mientras duraba la misa.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
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1.752 – Usted no existe

fernando-leon-de-aranoa02  Había decidido no preocuparse. Ni a la entrada del avión, cuando no le saludaron, ni cuando la azafata le sirvió el último zumo de naranja a su compañero de asiento. No he tenido suerte, pensó.
Tampoco se molestó cuando los periódicos se agotaron al llegarle el turno, y eso que no recibió ni una palabra amable de disculpa a cambio.
No quiso darle importancia cuando apretó repetidas veces el botón para llamar a la azafata y nadie vino: supuso que se había estropeado.
Ni se sorprendió cuando, al sonreír a la joven de ojos claros que aguardaba junto al cuarto de baño de la cabina de clase turista, ésta no acusó siquiera su mirada. No era la primera vez que le sucedía.
Durmió el resto del vuelo, y no soñó.
Lo peor vendría luego, en el control de aduanas. El policía amable examinó su documentación, comparó la fotografía con su semblante cansado, tecleó sin resultados, y llegó a la terrible conclusión: usted no existe.
Le pidieron que se hiciera a un lado y aguardara. El pasajero obedeció, presa de un temor irracional.
Hizo acopio de valor y llamó a su mujer, pero nadie respondió.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

1.751 – Ni chico ni grande

miguel angel flores  Cuando llegó la Nochebuena, la abuela llevaba varias semanas muerta, pero no lo sabía. Nadie se atrevía a decírselo. La familia lloraba a escondidas para evitarle un disgusto. A los niños no se lo expliquéis tampoco, que no se traumaticen, dijo mi cuñada, que había hecho secretariado. La abuela seguía el compás de los villancicos con los nudillos, lo mismo que si estuviera viva, mientras tomaba anís en una copa con forma de campanita al revés.
En medio de un “Ay del chirriquitín, chiquirriquitín”, apareció el abuelo, con su sombrero, en la puerta de la cocina. Ella chilló como se chilla al ver a un muerto. Todos guardaron silencio. Menos los pequeños, que seguían jugando a ser prisioneros bajo la mesa. Cuando se dio cuenta de que nadie más se había asustado, dejó de gritar. Se fue calmando hasta quedar callada y pensativa. Entonces, se levantó, cogió un último pestiño y, agarrándose del brazo del abuelo, echaron a andar lo mismo que cuando iban a la feria. Desaparecieron por la misma puerta de la cocina. Miré bajo el mantel y los más chicos se habían ido durmiendo, aún presos, sin sospechar que la abuela había muerto del todo.

Miguel Ángel Flores

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1.750 – Ser como de la familia

flavia company  Me fui con ellos porque insistieron: «Que no puedes quedarte sola, que la Navidad hay que pasarla en familia, que ya verás qué casita más mona hemos alquilado», etcétera. Me dejé convencer. Las apariencias engañan y la propuesta tenía buena pinta. Debería haber recordado que hay películas de terror con comienzos aún más cándidos. En fin.
La casa era mona, es cierto. Estaba en lo alto de una colina, en medio de un manto de nieve blanca y pura. Se respiraba sosiego. Nada hacía sospechar la tormenta que se avecinaba. El mismo día de nuestra llegada, por la noche, ocurrió la primera inesperada catástrofe: después de insultarse sin ningún tipo de miramientos, el padre y uno de los hijos llegaron a las manos. Tuvimos que ir de urgencias al hospital. Yo no salía de mi asombro, claro está. Quién podía prever algo así. Además, sentía vergüenza ajena.
El segundo día, 24 de diciembre, la sangre corrió entre los esposos. Yo ya no daba crédito. Aquello era un escándalo. Pensé en irme, pero habría quedado fatal. Los acompañé de nuevo a urgencias. Para Navidad, el asunto no mejoró: uno de los hermanos empujó a otro con tan mala fortuna -o tan mala saña- que logró que cayera por las escaleras y entrara en coma.
Total que yo, que hasta entonces había sido una persona pacífica y que jamás había intuido el carácter oculto de mis amigos, el día de San Esteban, contagiada y eufórica, prendí fuego a la casa con todos adentro y me largué. «¿Son parientes suyos?», me preguntaron en el depósito cuando fui a reconocer lo que quedaba de ellos. «No -contesté-, pero puede considerarse que ya he pasado a ser como de la familia». De ahí.

Flavia Company

Transtornos literarios,Frases (muy) hechas. Ed. Páginas de espuma. 2011

1.749 – Por estas fechas

raul ariza escritor 01  Fue una vecina la que dio el aviso. Al llamar a la policía dijo que el gato de los del tercero, de pelo atigrado y carita de pena, llevaba maullando sin cesar desde hacía dos días. Y que eso le había mosqueado bastante, por lo inusual.
Al llegar se encontraron las persianas bajadas. Penumbra espesa y ese olor dulzón que según las novelas del género siempre anuncia la muerte. Un piso de dos habitaciones, salón, cocina y un baño. En ambos dormitorios, el de matrimonio y el que claramente era el del crío, con un papel azul hasta media pared y una cenefa con dibujos de nubes, los cajones estaban abiertos y vacíos. Durante todo el recorrido que los agentes hicieron por la vivienda, un gato les persiguió algo inquieto, maullando y colándoseles por entre las piernas. El tintineo del cascabel, junto con su desesperante quejido, rompía burlonamente el silencio clínico de aquella inspección ocular.
En el salón se encontraron el televisor encendido, con niebla en la pantalla. Junto al reproductor del DVD, uno de los agentes encontró la carátula abierta de una película de Frank Capra, y entre los dedos rígidos del hombre que yacía desangrado vena abajo en el sofá, una carta de despedida firmada por una tal Anabel, que terminaba con estas dos frases: «Y ahí te quedas con tu puto gato, mamón. Feliz Navidad».
Lo primero que ordenó el sargento fue que le pusieran agua al minino, a ver si conseguían callarlo de una vez por todas.

Raúl Ariza

La suave piel de la anaconda. Ed. Talentura. 2012
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1.746 – Entre la vida y la muerte

PedroHerrero  Mientras esperaba que lo ejecutaran, el preso alojado en el corredor de la muerte sufrió un infarto del que tuvo que ser asistido sin la menor dilación. El equipo médico que se disponía a aplicarle la inyección letal, y que después debía certificar su defunción, se hizo cargo de la emergencia en la propia camilla prevista para el caso. Al otro lado del cristal, aguardando la respuesta del gobernador a la última petición de indulto, el director del centro penitenciario no se separó ni un instante del teléfono móvil, pendiente por igual de la llamada que podía decidir la suerte del recluso, como de su incierta recuperación. Y una tensión similar pudo verse en las caras de las personas que habían venido a presenciar la aplicación de la pena capital, fueran o no partidarias de la misma. Al cabo de unos minutos, con el reo estabilizado y fuera de peligro, todos comentaban que -de no mediar la rápida intervención del personal acreditado- el condenado no habría superado una crisis de la que ahora, aún sin saber si valía la pena que lo movieran de donde estaba, empezaba a recuperarse.

Pedro Herrero

http://www.humormio.blogspot.com.es/2013/11/entre-la-vida-y-la-muerte.htm

1.745 – Libertad

sara lew  Esa tarde, al salir de la oficina, Ramiro se encontraba más abatido y tenso que de costumbre, así que decidió volver a casa dando un paseo, callejeando despacio por el barrio viejo de la ciudad. Mientras arrastraba con desgana los pies pensaba en todas esas ilusiones aplacadas con los años, en aquellos anhelos antiguos que las rutinas se habían encargado de domesticar. Como su loca obsesión por volar como los pájaros. Por eso, cuando pasó delante del taller de tatuajes y vio unas extrañas alas tribales que parecían llamarlo desde el escaparate, no dudó en tatuárselas en la espalda, albergando el sueño de que en algún momento se desplegaran. Y así sucedió. Esa misma noche la tinta negra comenzó a emerger de la piel tirante e hinchada hasta cobrar volumen, mientras su dorso crujía y sus omóplatos se crispaban en bruscos espasmos. Debatiéndose entre el dolor y el éxtasis corrió hasta la hondonada para abrir los brazos al cielo. Entonces, en el último impulso, las alas se desprendieron del cuerpo en el que estaban atrapadas y salieron volando.

Sara Lew

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1.744 – La princesa calva

Maria Jesus Lavado Jimenez  Desde que ha descubierto un castillo en miniatura bajo el bonsái que le regaló su tío sus días son menos tediosos. Las horas vuelan mientras  alimenta con migajas a los minúsculos (aunque  voraces) cocodrilos que habitan el foso. Hoy, una bandada de colibrís magenta ha anidado en una almena. A veces juega a estornudar para espantarlos, y ríe cuando le hacen cosquillas en la nariz con su frenético revoloteo. En el interior hay un príncipe. Es delicado y solitario, y al atardecer baila claqué sobre el puente levadizo, aunque su danza posee una cadencia triste. Ella sueña con el día en que termine de menguar (cada día se nota más liviana) y, ya diminuta, puedan ser amigos y jugar a adivinar el animal en el que tornará una nube, o el color que adquirirá  el sol justo antes de perder el horizonte.  “Pero eso tendrá  que ser mañana. Ahora debes descansar, pequeña”. Dice la enfermera, cogiendo su arbolito y dejándolo junto a la ventana. Y ella protesta débilmente, porque allí no puede verlo bien. Apenas consigue vislumbrar los multicolores fuegos de artificio que escupen ya las esbeltas  torrecillas, todos en su honor, dándole la bienvenida.

Maria Jesus Lavado Jimenez

http://madseasonenserie.blogspot.com.es/2013/06/la-princesa-calva.html