Imagino que a usted le gustaría entrar en el establecimiento, curiosear por los expositores, tocar esa mercancía tan provocadora, conversar con la joven rubia que le está invitando a pasar desde el fondo y que, cada vez que alza la mano, deja al descubierto un dragón azul ovillado en torno a su minúsculo ombligo. Imagino que no es la primera vez que sucede, porque usted parece uno de esos tipos que viven en una encrucijada constante, dubitativo en la antesala de las dos puertas en litigio: la del deseo y la de la renuncia. Imagino que buena parte de su vida ha consistido en ignorar los arrebatos de la química por obedecer sumiso las leyes estables de la física. Imagino que no habría sido distinto si hoy se hubiese usted escapado del grupo, tomado el metro hasta Blanche y caminado solo por el bulevar de Clichy, porque, en lo tocante al deseo, no hay testigo más incómodo que uno mismo. En fin, imagino que la señora que le tira con fuerza del brazo para conjurar sus malos pensamientos ante el escaparate del Musée de l’Érotisme es su querida esposa, la misma que un día le confesó que no quería morirse sin haber visto París.
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1.792 – En el sofá
«Amo mi profesión, doctor. Me domina, me apasiona, me fascina. A las ocho de la mañana abro la puerta del establecimiento dedicado a la venta de aparatos sanitarios y a las nueve de la noche la cierro. Cuando me quedo solo y se han ido los dependientes me paseo por el local de arriba abajo, observo, toco, acaricio los aparatos sanitarios. Los bidés me excitan. Tienen formas de mujer. Esas curvas sinuosas, esas caderas redondas… Me tengo que contener para no abalanzarme sobre ellos; comprendo los problemas que tuvo el inventor del bidé para introducirlos en el mercado y explicar su utilidad. Problemas dialécticos, de difícil comprensión. Ni un gesto, ni un signo, porque al cliente hay que respetarlo… Perdone, doctor, que me haya ido por las ramas. A lo que iba… También hay lavabos excitantes, los buenos y lujosos lavabos, se entiende. En cierta ocasión…».
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
1.791 – La jugada
Héctor Gamboa era el locutor más popular de Radio Sucre. Las narraciones que hacía de los partidos eran famosas, los golazos se veían mejor cuando él los contaba que cuando los daban luego en la televisión. Nadie dudaba de su criterio. Si Gamboa dijo que el penal no fue, no fue.
Sus pronósticos se confirmaban, sus oyentes consumían religiosamente las marcas de soda que él publicitaba y los jugadores, más de una vez, ejecutaban paso por paso la jugada: que, con unos segundos de antelación, Gamboa primorosamente dictaba.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.790 – 155
1.789 – Conocer al lobo
Me llevan al zoológico a conocer al lobo. ¡He oído tanto hablar de él! Este es el lobo, me dicen. Veo un perro mediano, flaco, con el hocico alargado y las orejas erguidas, en punta. A los cuatro años soy más alta que él. Exijo ver al lobo, al verdadero. Este es el único lobo, me dicen, no hay otro. A los cuatro años ya sé que los adultos engañan y se engañan. Me juro a mí misma no crecer más de lo necesario: me juro buscar al lobo, conocerlo. Es un juramento estúpido. Muchos años después me arrepiento (y es inútil) aullando de hambre y de pena con nostalgia de luna.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.788 – Triunfo insostenible
Un grupo de hombres dispersos, que huyen, es todo lo que resta del ejército enemigo. El general (alamares, promontorio, largavistas, lugartenientes, mensajeros) cree haber vencido y cree bien.
Triunfador, a la cabeza de sus tropas, invade la ciudad conquistada, vitoreado por el pueblo. Doncellas y matronas cubren a sus soldados de fresias, gladiolos y crisantemos. Es inútil ordenar el pillaje: cómo arrebatar lo que se les entrega de buen grado, cómo violar a las muchachas que se ofrecen abiertas, con los senos descubiertos.
En el templo principal esperan al general los sacerdotes, para ungirlo emperador. En el palacio principal lo esperan cientos de emperadores que fueron, cómo él, generales triunfantes, felices de haber obtenido tan fácil conquista, incómodos al descubrirla tan difícil de retener: ciudad sometida a constantes, sucesivas, casi diarias invasiones que los respectivos ejércitos, seducidos por los blandos usos de sus habitantes, ya no quieren o no pueden defender.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.787 – Tu sangre en otro mundo
Si postulo la existencia de un universo donde todo sea transparente, ¿veré latir tu corazón enamorado de mí? ¿Veré tu sangre oscura paseándose lentamente por las venas? ¿Veré la sangre roja y veloz de tus arterias alimentando nuestro amor?
¿O también allí vas a querer a otra?
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.786 – La seis dedos
La llaman (los que saben y han probado) La Seis Dedos, pero el sexto es retráctil y nada en esa mano perfectamente lisa parece insinuar su existencia. Y corre el rumor de que sólo a veces y sólo para algunos se asoma ese sexto extensible y velloso gusano rosado, capaz de hacer que el mundo estalle en rítmico placer, sólo para los mejores, como yo, dicen todos, y quién será el primero en confesar que no lo ha visto, que nunca lo ha sentido.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.785 – Ese gato
Ese gato parece una persona por la mirada inteligente de sus ojos, porque sabe pararse en dos patitas, por la forma en que desdeña el alimento balanceado y se sienta a la mesa como un comensal más para devorar no sólo la carne, sino el pan y la ensalada.
Parece una persona porque se sirve de sus garras casi como si fueran manos, porque lo visten de esa manera absurda, con un jean azul y la camisa a cuadros.
A tal punto parece una persona que necesito mirarlo fijamente y repetirme una y otra vez es un gato es un gato es un gato es un gato es un gato mientras me pregunto cuándo me devolverá los dólares que le presté el mes pasado.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.784 – Información útil
En la sala de espera, los pacientes intercambian información sobre sus enfermedades. El doctor es impuntual, la espera es larga, el doctor es tacaño, no hay revistas. La secretaria se queja: hay que rehacer una y otra vez las historias clínicas cuando los pacientes, aburridos, se entretienen intercambiando enfermedades. Una noche, la señora que limpia el consultorio encuentra en el cenicero atestado de colillas una obstrucción del colédoco con la que nadie se quiso quedar.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009