1.925 – La tinaja

alonso ibarrola  Siempre me llamó la atención una curiosa tortura china. Introducen a la víctima en una gran vasija o tinaja, llena de aceite, que le llega hasta el cuello.. Allí la tienen sentada, reclinada, le dan de comer, de beber, hace sus necesidades en la vasija, durante días y días. Pasado el tiempo necesario, que un experto dictamina tocando y palpando las carnes, es liberada de su inmersión. La tarea para el verdugo es delicada: despojar al torturado de sus carnes, blandas como la manteca, respetando venas, músculos y órganos vitales. Con pericia y habilidad se consigue que la víctima continúe viviendo, despojada de su carne mortal. Me pregunto qué clase de aceite utilizarán para la experiencia. Se dan tantas mixtificaciones, se producen tantas adulteraciones, en la colza sin ir más lejos…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.924 – Dormidos

DAVID LAGMANOVICH  Hay poca gente en este bar. Cuatro camareros, en grupos de dos, hacen tiempo -¿para qué?- apoyados en el mostrador. El nuevo parroquiano trata de llamar la atención de alguno, pero no tiene éxito y decide concentrarse en la lectura de una novela. El tiempo comienza a pasar y él quiere un café, quizá con una aspirina para atenuar su permanente jaqueca. La novela se torna cada vez más complicada. Uno de los personajes se dirige a él, al lector, usando su nombre propio y en tono admonitorio: «Juan Esteban, no te metas con mi hermana o terminarás mal». Él mira en dirección a los camareros y sólo percibe un desinterés absoluto ante lo que está ocurriendo. Cierra el libro violentamente y lo deja sobre la mesa. Siente que algo salta de las páginas y se encuentra con el personaje que le ha hablado, ahora de carne y hueso, sentado frente a él. Intenta por última vez más llamar a un camarero, pero los cuatro están dormidos. No le queda más remedio que despertar.

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007

1.922 – La extraña

jose_antonio_ayala  Cuando se despertó, la vio a su lado, todavía dormida, y le pareció una extraña. Se levantó a beber un vaso de agua y miró de reojo los dos o tres retratos que había por encima de las mesas. Allí estaba ella, con él, más joven, más guapa. Distinta. Nada que ver con su acompañante actual. Se vistió, procurando no hacer ruido, y antes de marcharse le dejó algún dinero encima de la mesilla de noche.

Jose Antonio Ayala
Chispas. Editora Regional. Murcia.2005

1.921 – En horario laboral

raul ariza escritor 01  Yo conté hasta doce gatos. Los había de todos los colores y razas. Atigrados en gris o en marrón, con topos como los de las jirafas o los guepardos. Otros eran totalmente negros, o blancos o caobas. Había uno con una mancha casi azul en la frente, sobre un fondo metálico. Doce llegué a contar, mientras estuvimos en la casa levantando el cadáver de la vieja.
La jueza tardó más de la cuenta en llegar, así que mientras esperábamos, tomamos las fotos rutinarias de la escena e hicimos un poco de tiempo, charlando de cosas insustanciales con los dos policías locales que nos habían dado el aviso. La noche había salido templada, y una luna enorme lo alumbraba todo.
La casa era, es verdad, un desorden total, una leonera, un almacén en perfecto cambalache en el que se podía encontrar cualquier cosa. Muebles viejos, ropas y harapos, periódicos amarillentos. Había montones, torres de papeles, revistas y libros desvencijados con algunas páginas arrancadas y las demás raídas.
Las paredes estaban preñadas de cuadros ocultos tras una gruesa capa de polvo y me sorprendió encontrarme con tres frigoríficos, dos de ellos en el salón.
Junto al cuerpo de la anciana, en el sofá, había un álbum de fotos. Lo abrí, retirándome a un lado del salón, y lo ojeé. La reconocí en ellas. Estaba mucho más joven y guapa. En algunas aparecía sola, rebosando vida, posando sonriente para el fotógrafo. En otras se la veía acompañada de distintos hombres, a veces de su brazo y otras besándose con ellos. Había muchas en las que se la veía con una niñita rubia, de largas trenzas, que compartía evidentes rasgos familiares con la muerta.
Recuerdo que lo único que se me ocurrió decirle a mi compañero cuando me miró con reproche al verme con aquello en las manos, fue que me encantaba pronunciar la palabra álbum. Él no me hizo mucho caso, entretenido como estaba ahuyentando con chasquidos y aspavientos a los gatos que ronroneaban cerquita de su dueña.

Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed. Talentura. 2012
http://elalmadifusa.blogspot.com.es/

1.920 – Casting

caniche  Circulaba por la ciudad, en pleno entierro de la sardina, cuando me dieron el stop en un checkpoint con farolillos rojos. Allí, una mujer disfrazada de letraherida, se subió al coche y me indicó que continuara. Llevaba (cómo no) unas Ray-Ban de espejo, una kaláshnikov y un perro faldero. Olía a gasolina: la mujer; el perro parecía recién salido de la peluquería. Sin quitarse el pasamontañas, me confesó enseguida que en realidad era una periodista buscando inspiración. Entendí el disfraz; no lo que vino después: Sacó una libreta, apagó la radio y comenzó a hacerme preguntas quisquillosas que, al rato, me hicieron sentir incómodo al responderlas y lleno de miedos antiguos. Ya estaba a punto de pedirle que se saltara la etapa adolescente, cuando toqué sin querer el fusil y un disparo fortuito activó el airbag (negro, enormísimo), desviando el coche barranco abajo.
A mí me rescataron con un hilo de vida; a ella pude verla, con su disfraz irreprochable, paseando por el filo de la carretera. Justo antes de desaparecer, descubrí la nota que me había dejado en un bolsillo: “Ni para un obituario”, decía. Luego perdí la conciencia, entre ecos de ladridos de aquel estúpido caniche.

Vicente Fernández Almazán
http://estanochetecuento.com/casting/

1.919 – Pesca

federico fuertes guzman4  ¡Otra vez mi mujer me ha dejado destapado! Ella tira y tira, y la madrugada me encuentra aterido y en posición fetal. Son las seis y todavía quedan un par de horas de cama, así que intentaré recuperar el tapado. Primero llega una colcha estampada de flores, después una primera manta de color celeste y una segunda amarilla (colores patrios para nosotros). Siguen llegando mantas y yo sigo tirando: mantas de lana, edredones, colchas estampadas, sábanas de franela y, ¡oh sorpresa!, después de mucho esfuerzo, aparece un gran banco de boquerones que dan sus últimos saltos sobre el lugar que hasta ese momento ha correspondido a mi cónyuge en el lecho nupcial.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes.E.D.A.libros.2008

1.918 – Zorro rey

Jaime Alberto Velez G.  El zorro no perdía oportunidad de acercarse al león y de caminar a su lado en actitud de familiaridad y camaradería. El león lo miraba con displicencia y oía sus palabras sin prestar atención. Con el correr del tiempo, el zorro creyó compartir con el león sus mismos atributos y, por esa razón, en su ausencia, se empeñaba en imitar sus poderosos rugidos. Los animales salvajes también parecían considerarlo Rey de la Selva, o eso, por lo menos, sintió el zorro cuando, sedientos de venganza, cayeron por sorpresa sobre él.

Jaime Alberto Vélez
El león vegetariano y otras historias. Bogotá: Alfaguara, 2000

1.917 – Oración lingüistica

pilar galan 65  Mi suegra dice te se y me se, y asín, mientras la eternidad es una tarde de domingo atrapada en la mesa camilla de su casa.
Mi hijo pequeño dice sidericordia, y nos reímos. En el colegio estudia que los verbos indican acciones, y se buscan en el diccionario a través de los infinitivos. Ar, er, ir. También confiesa que confunde verbos y adjetivos, y que la lengua le aburre porque tiene que escribir renglones y renglones, y copiar los cuadros amarillos.
Mi madre no dice nada. Musita palabras sin sentido, o te mira fijamente intentando reconocer el camino de vuelta ya olvidado. A veces tose, o empieza a gemir y sobrevuela un conato de esperanza, que se diluye enseguida.
Mi hijo mayor escribe tqmuxo, y volveré trd. Bs.
Mi jefe dice reestructuración y objetivización adaptizada de contenidos actitudinales. Y luego plis, traime un café, porfa, enseñando unos dientes manchados de nicotina.
Durante el día, mi marido y yo cruzamos insultos y reproches, con el desafecto rápido de antiguos conocidos.
Por la noche, cuando todos duermen, hablo sola.
En el principio fue el Verbo, dicen.
Del final no dicen nada.
Porque estamos saciados de desprecios.
Sidericordia, señor, sidericordia.

Pilar Galán