Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
-Espéreme un momento -suplicó-, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.
-Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?
-Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es?
-Usted -dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.
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2.095 – Rueda de prensa en la Bienal
En una de las salas de la Bienal de Venecia abarrotadas de público y medios de comunicación, la artista explicaba su
proyecto de performance múltiple.
Mientras la escuchábamos, en el interior de nuestro oídos, sus palabras se hundían más y más en lo oscuro. Su expresión
densa y pegajosa se adhería con fuerza a nuestros sentidos dejándonos marchitos, como bajo el influjo de una poderosa
succión que nos vaciaba de toda energía, de toda posibilidad de comprensión. Despojados de toda estructura, nuestros cuerpos
quedaban reducidos a nimia materia ausente deshaciéndose en el fondo de un armario.
Frecuentemente en este tipo de actos ocurría que la artista transportada hacia las alturas por lo sublime de sus
pensamientos, traspasaba el techo para perderse grácil entre las nubes, mientras nuestros ojos vacunos seguían su ascenso
hasta notar sobre nuestras cabezas el excremento de ilegibles aves, entonces, el acto tocaba a su fín y la mayor parte de
nosotros regresábamos a nuestros hogares manchados por el peso de nuestra ignorancia.
Julia Otxoa
Retrato de familia con fantasma. Ed. Menoscuarto,2013
2.094 – El pecador
Cruzaba la calle, cuando de repente un automóvil ha pasado ante mí a toda velocidad, rozando imperceptiblemente mi abrigo. Me he puesto pálido. «Ha podido matarme», he musitado con voz muy queda. Miro en derredor. Nadie, nadie se ha percatado del peligro que he corrido. Pasa ante mí un hombrecillo. Lo detengo. «¡Por poco me mata!». «¿Quién?». Me mira como si estuviese loco. No insisto. Se aleja presuroso, volviéndose de vez en cuando para observarme. ¿Qué debo hacer para suscitar el interés del prójimo? ¿Acaso no es suficiente haber estado a punto de perecer? ¿Necesitan más? ¿Es preciso que me muera… total y definitivamente? Un remolino de gente curiosa. Un guardia que repite nerviosamente: «Circulen, circulen…». Quizá yo esté oyéndolo todo… y sin poder moverme. ¿Será así la muerte? Una horrible duda me asalta…
¿Estoy o no estoy en pecado mortal? No lo recuerdo. El primer mandamiento, el segundo, el tercero… un sudor frío se ha apoderado de mi cuerpo. Acabo de recordar que estoy en pecado mortal. Afortunadamente, y por concesión papal, que figura en un cuadrito en la cabecera de mi cama, y que un pariente me trajo de Roma, basta con que diga «Jesús» y habré salvado mi alma. Más difícil hubiese sido recitar aquel largo acto de contrición… Pero ¿hubiese tenido tiempo, con aquel coche, de pronunciar «Jesús»? Temo que no. Vuelve a apoderarse de mí el sudor frío. Es preciso que me confiese ante un sacerdote. Comienzo cautelosamente a caminar, hacia una iglesia. Por fortuna, no es necesario cruzar ninguna calle. Pegado a las paredes, temiendo que una teja acabe con mi vida, me dirijo fatigosamente al confesionario…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.093 – Attilia…
Attilia Novi cuenta, en sus memorias de cortesana comprometida con el poder fascista, una extraña anécdota. Se trata -nos dice- de un recuerdo de sus años rebeldes, cuando una mañana vio correr a un muchacho único precedido por su sombra.
El profesor Monti, relojero muy preciso en sus consideraciones, sostiene que, en buena lógica, debería entenderse al muchacho como sombra, y a la sombra como cuerpo en movimiento. De esta manera -concluye- no habrá peligro de equivocarnos.
Attilia Novi, no sin cierta añoranza, concluye la historia narrándonos cómo aquel singular joven dedicó su vida al circo, y en él estuvo hasta que -oh milagro de la metamorfosis- su cuerpo llegó a oscurecer tanto como la sombra, y esta adquirió con el tiempo corporeidad humana.
Rafael Pérez Estrada
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.092 – Espejos
Un aristócrata escocés puso en marcha un curioso experimento a principios del siglo XIX. Sostenía que, a causa de la velocidad de la luz, nuestra imagen tarda una millonésima fracción de segundo en formarse en la superficie reflectante de un espejo. De ese modo, nuestro reflejo en él sería infinitesimalmente más joven que nosotros. Colocando un segundo espejo enfrentado al primero, que reflejara a su vez nuestro primer reflejo, esa diferencia se duplicaría. Y se multiplicaría por cuatro si fueran cuatro los espejos que colocáramos en paralelo.
Una mañana inundó de espejos sus tierras.
Organizados en largas hileras paralelas, enfrentados de dos en dos y calculado al milímetro el ángulo que forman sus planos para que la imagen de su mujer se multiplicara en sus superficies sucesivas, el último de ellos, aseguraba, devolvería una imagen ligeramente anticuada de sus movimientos. Y así fue. Mientras ella, aburrida, bebía de la taza de té English Pearl al que tan aficionada era, en el último de los espejos su imagen permanecía aún inmóvil.
Animado por el éxito de su primer ensayo, decidido a atrapar el tiempo entre espejos, decidió poner en marcha la segunda fase de su experimento. Sólo era un problema de cantidad, calculó. Si reunía el número suficiente de espejos podría ver reflejado en el último su propio nacimiento.
A la sombra de su empresa, la industria del cristal floreció en los condados circundantes. Dilapidó la fortuna familiar comprando espejos por todo el mundo, pero nunca resultaban suficientes. Sus experimentos fracasaron, y su mujer le notificó su marcha con una taza de English Pearl en la mano. Se llevó todos sus bienes excepto los millares de espejos que, inservibles ya, anegaban sus tierras.
Arruinado, desposeído de todo, murió en la miseria y solo, rodeado de media docena espejos que, en el momento exacto de su muerte, le devolvieron al unísono su último instante de vida.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.091 – Ring
El despertador sonó once veces, pero el púgil no pudo levantarse de la cama.
Pedro Herrero
http://humormio.blogspot.com.es/2014/08/nanorrelatos.html
2.090 – Fuerza de voluntad
Yo tengo mucha fuerza de voluntad. La tengo aquí, en esta caja de madera con incrustaciones de nácar. La caja era mi abuelo paterno y vino con él de Beirut, pero estaba vacía. Ahora la uso para acumular los excedentes de energía vital que de otro modo, ciertas noches, me provocarían insomnio. Obligada a la oscuridad y la quietud, la energía vital se convierte al poco tiempo en fuerza de voluntad de excelente factura que podría ponerme ahora mismo si quisiera, si tuviera sólo tuviera ánimo para abrir la maldita caja.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
2.089 – Anamnesis
A mi abuelo lo habían matado en la guerra. Mi padre, que entonces tenía nueve años, nunca me habló de ello. Siempre que pasábamos por las ruinas del Parador de San Prudencio me hacía detener el coche. Con la cabeza gacha apoyaba la mano en el muro. Luego, con lágrimas en los ojos, miraba el valle del Tiétar.
La otra noche regresábamos de Talavera en la furgoneta, al tomar la curva que enfila la posada me deslumbraron unos focos y fuimos a estrellarnos al portalón. Aturdidos nos bajamos, metimos el carro en el patio y desenganchamos las mulas. No advertí nada extraordinario. El posadero le llamó «¡Benito!», como a mi abuelo, y a mí «zagal», y me dijo que diera de beber a las caballerías. Me dejaron solo. Al poco, llegó un camión lleno de hombres armados. Lo vi todo, a culatazos sacaron a mi padre, a otros arrieros, al ventero y a su mujer. Les dispararon en la cabeza. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Al rato sentí que me hablaban, oí entre sueños la sirena de una ambulancia. Cuando me recuperé estaba aquí, en el hospital. Más tarde me dijeron lo del accidente y que él había muerto. ¿Entiende?
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/07/anamnesis.html
2.088 – El monstruo debajo de la cama
Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo, por eso, todas las mañanas, su papá le hace las coletas antes de ir al cole. Él la quiere mucho. Le compra un montón de cosas, es superdivertido, y muy valiente.Todas las noches entra en su habitación a espantar al monstruo de debajo de la cama. Luego se acuesta a su lado, y le dice que no haga ruido, y la abraza tan fuerte que, algunas veces, le cuesta un poco respirar. El monstruo, debe irse entonces debajo de la cama de mamá porque, mientras papá está con ella, siempre la escucha llorar en su cuarto.
Antonio Ávila Calmaestra
VIII Edición de Relatos en Cadena (Finalistas)
http://escueladeescritores.com/concurso-finalistas-rec-2014/
2.087 – Vendedor de libros
Habían respondido a un anuncio del diario, en el que solicitaban «vendedores jóvenes, dinámicos y agresivos». Fueron convocados y seleccionados una veintena. Se trataba de vender a domicilio una «fabulosa enciclopedia» con las «máximas facilidades de pago». Previamente fueron instruidos en un rápido cursillo que los iba a capacitar para ser unos «vendedores natos». Se pasaron toda la noche aprendiendo las argumentaciones que al día siguiente recitaron al Jefe del cursillo, a manera de examen final. El citado actuaba como un posible comprador y cada presunto vendedor debía salir airoso de todas las dificultades que les planteaba. Luego, todos juntos, escucharon las respectivas cintas magnetofónicas. En una de ellas, al final, se oyeron sollozos, llantos, súplicas, palabras entrecortadas, «Por Dios, por lo que más quiera…» y «Necesito trabajar». El jefe del cursillo aconsejó que este tipo de argumentación melodramática fuese utilizada solamente en última instancia y en casos muy concretos.