A las niñas de Gamud no se les corta el cordón umbilical cuando nacen; lo conservan incorrupto, mediante un tratamiento que guardan oculto, y continúa creciendo. Rodea la cintura debajo de la ropa y es su garantía de virginidad. Cuando se casan, el marido lo desprende bruscamente y algunas mueren de la hemorragia que suele seguir. El que una muchacha sin su cordón umbilical pretendiera casarse es tan absurdo que ni siquiera se piensa en ello. Desde luego, las relaciones sexuales previas al matrimonio, con cualquier persona, no se consideran en ningún caso.
A las que no se casan, se les arranca el cordón el día de su muerte; con él se ciñen sus muñecas y así bajan a la tumba.
Si se da el caso de que una soltera no lo tenga, se oculta esta circunstancia por todos los medios. Incluso hablar de ello sólo se concibe en los medios más ruines.
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2.881 – Km. 69
Aunque hace rato que su mujer y su suegra se lo vienen repitiendo, el conductor del monovolumen no tiene la impresión de haberse perdido; a pesar de que no ve señales que anuncien la feria local del mueble usado y antigüedades. Aun así, detiene el coche frente a un solitario bar de carretera y pide un poco de paciencia, mientras se entera de la ruta a seguir.
En el bar, oscuro como el vientre de una ballena, una camarera exuberante le indica que retroceda hasta la tercera rotonda y que allí gire a la derecha en dirección al polígono industrial. El hombre comenta que nunca antes había pasado por aquí y que ha tenido mucha suerte de hallar un local abierto a estas horas. La chica le informa de que siempre tienen abierto y de que aceptan todo tipo de tarjetas de crédito. El hombre confiesa que con gusto se tomaba una copa ahora mismo, pero que lleva a su esposa y a su madre política a pasar el día fuera de casa. Ella le entrega entonces una tarjeta, que él guarda en su cartera, y le invita a volver sin prisas cuando quiera ver realizadas todas sus fantasías.
“Me he perdido pero vamos bien” –admite finalmente, de regreso con los suyos, al tensar de nuevo el cinturón de seguridad.
Pedro Herrero
2.874 – Novela policiaca
Lo que más me molestó, irritó, por lo que me juré no volver a hacerlo más, por muy motivado que estuviera, por mucha fama que estuviese esperándome, fue que, tras ordenar de una forma coherente toda la historia en mi cabeza, dar los antecedentes de lo ocurrido, explicar la importancia de la mujer rubia en todo esto, atar cuanto cabo permaneciera suelto y procurar no dejarme ningún cadáver sin mencionar, todo narrado despacito y con buena letra, hora tras hora, al final del interrogatorio al policía sólo se le ocurrió decir que quién era yo, que después de tantas preguntas como hizo ya se le había olvidado incluso de qué se me acusaba.
Paul M. Viejo
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
2.867 – Sacrificio
A pesar de que lo odiaba, Juan hizo todo lo que pudo por salvar a Pablo, su hermano gemelo. No pensó en sus diferencias mientras le agarraba la mano desde la orilla del río para evitar que se lo llevara la corriente. Tampoco tuvo en cuenta que en casa Pablo era el rey, el favorito, y que él, más alocado, menos dócil, lo único que recibía era desprecio. Todo eso se le pasó por la cabeza más tarde, cuando la policía encontró el cuerpo flotando entre los juncos, y los padres, apartando a los curiosos, corrieron hacia su hijo vivo y lo abrazaron como nunca antes lo habían hecho.
-Menos mal que tú estás bien, Pablo -dijeron, llorando.
-Pobre Juan -se lamentó Juan, y lloró con ellos.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.860 – Escondidos
Aunque en casa se empeñaron en ocultármelo, pronto supe que soy un monstruo. Desde que los descubrí al otro lado, siempre los observo. Sueño con hacer deberes como ellos, con dormir sin frío, con llorar por algo, sonreír por nada. Cómo desearía que el escondite fuera solo un juego, no una condena.
Todos los niños saben que existimos. Todos. Y conocen de sobras dónde nos ocultamos. Pero nunca se asoman solos. Siempre se esperan a que haya algún adulto con ellos para hacerlo. Hasta se dejan convencer, por esa noche, de que tan solo nos están imaginando. Y un día crecen y dejan de creer para siempre en nosotros, rompiendo así cualquier posibilidad de comunicarnos. Si no lo creo, no lo veo. Así es para ellos.
De todas formas, yo no pierdo la esperanza de que alguna vez un niño se atreva, antes de que lleguen sus padres, a mirar bajo la cama, en el armario, tras la puerta o en ese rincón oscuro, y me descubra al fin. Si eso ocurriera, me hallará preparado para tirar con fuerza de su mano, de su pierna, de su ropa, y saliendo de mi escondite haré que, entonces, le toque a él.
Miguelángel Flores
http://estanochetecuento.com/escondidos/
http://www.eternidadesypegos.blogspot.com
2.853 – La cosa
De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos.
Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió.
A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, la coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe.
Qué vida, ¿no?
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.846 – The canary murder case II
Es terrible, mi tía me invita a su cumpleaños, yo le compro un canario de regalo, llego y no hay nadie, mi almanaque es defectuoso, al volver el canario canta a chorros en el tranvía, los pasajeros entran en amok, le saco boleto al animal para que lo respeten, al bajarme le doy con la jaula en la cabeza a una señora que se vuelve toda dientes, llego a casa bañado en alpiste, mi mujer se ha ido con un escribano, caigo rígido en el zaguán y aplasto al canario, los vecinos claman por la ambulancia y se lo llevan en una tablita, me quedo toda la noche tirado en el zaguán comiéndome el alpiste y oyendo el teléfono en la sala, debe ser mi tía que llama y llama para que no vaya a olvidarme de su cumpleaños, ella siempre cuenta con mi regalo, pobre tía.
Julio Cortazar
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005
2.839 – ¡Abrió los ojos!
Abrió los ojos. (Había estado tirado en su butaca toda la mañana fea, durmiendo su largo, desesperado hastío.)
Las cuatro paredes de su cuarto estaban oscuras de tanto deslumbre. Una ventanita cuadrada cortaba el cuadro resplandeciente. Un cielo azul limpio, casas radiantes de sol y sombra, una plaza llena de jentes gritando y corriendo.
«Ésa es la vida, sal», le dijeron seres oscuros por dentro de su sangre.
Y se tiró por la ventana.
Juan Ramón Jimenez
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005
2.832 – Habitación # 4
Mientras esperaba en el salón, Sofía pensaba en lo mucho que le gustaba la primera misa.
Disfrutaba del paseo por el jardín que la llevaba hasta la capilla. A esa hora estaba más que animado por el alboroto de los pajaritos, anunciando la pronta llegada de la primavera. Sí, en ese momento se sentía plenamente feliz.
El escuchar su nombre por el pequeño altavoz la volvió a la realidad de golpe:
-Sofía, te espera un cliente en la habitación número cuatro…
Al levantarse, se alisó la falda. Se miró al espejo, repasó el carmín de los labios y sonrió: le gustaba lo que veía. Se dirigió hacia la habitación indicada. Al entrar vio una espalda que le resultaba familiar. Le saludó y el hombre se volvió.
Tras la sorpresa, apenas atinó a decir:
-¡Sr. Obispo!
-¡Sor Teresa! -balbuceó abochornado.
Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos Chinos. Trama Editorial – 2009
2.825 – Aquiles y su vecino
Tetis vio el día despejado y salió de casa con su hijo Aquiles en brazos. Cuando caminaba en dirección al río se encontró con una vecina que también había parido hacía unos días. Le explicó el motivo de su visita al río Estigia y la señora se animó a ir con ella. Tetis introdujo a Aquiles en las aguas del Estigia y lo sujetó por el talón. La segunda señora hizo lo propio pero el hijo se le escabulló de las manos y, durante unos segundos, quedó totalmente sumergido bajo las aguas. Sólo su ferviente decisión de madre desesperada pudo rescatar al bebé de una muerte segura.
Todos conocen el final de Aquiles pero nadie sabe a qué se dedicó el hijo de aquella señora, éste sí, absolutamente invencible.