Era notario en Madrid y quiso conocer el Amazonas con su familia, compuesta de mujer y dos hijos. La agencia de viajes le proporcionó todo, incluso una noche en la selva, en una cabaña india. Las cosas no fueron bien. Una boa enorme se coló en la cabaña y los devoró mientras dormían. A la mañana siguiente la boa apareció a unos metros del campamento hinchada y aletargada. Le abrieron la barriga y sacaron los cadáveres intactos. El notario tenía en la mano unos papeles. Antes de morir le había dado tiempo a redactar cuatro certificados de defunción con sus minutas de honorarios correspondientes, doscientos veinticinco euros por cada uno.
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2.955 – Un cuento triste
En su camino de regreso a casa, Eusebio recorrió otras muchas ficciones. Novelas respetadas por la crítica, guías de viaje ilustradas y manuales de autoayuda. Transitó por biografías no autorizadas de estrellas del pop, por historias basadas en hechos reales, con su probada capacidad para llegar al corazón de la gente, y hasta por un libro de poemas, donde se le hizo rimar con Armenio. Un lamentable error le llevó a las notas a pie de página de una importante novela contemporánea, de las que le costó mucho tiempo salir.
Cuando llegó a su cuento, Ángela había muerto ya.
Desde entonces la visitó cada tarde en el cementerio. Sentado junto a su lápida, Eusebio narraba para ella las extraordinarias aventuras que había vivido: la vez que ayudó a Sandokán a retornar a nado, con el costado herido, a la isla de Mompracem; sus correrías junto a los cosacos de Taras Bulba a orillas del Don, o aquella vez que, escapando de los nazis, cruzó a la carrera el frente en el norte de Italia, en dirección a las tropas aliadas. Prudentemente, evitó mencionar los buenos ratos vividos con Shanon en los capítulos más tórridos de Hotel Lujuria.
Fue allí también, junto a la tumba de su mujer, donde Eusebio juró quedarse en su cuento y cuidar de su memoria para siempre. Puede que fuera un cuento triste, pero era, a fin de cuentas, el suyo.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.948 – Náufragos
La balsa, abandonada a los caprichos de la corriente y sin ninguna voluntad que la rigiera. Unas tablas carcomidas. Un palo con unos calzoncillos flotando al viento. Dos hombres echados sin que el sol pudiese herir, ya, sus pupilas ausentes. -Tengo sed —dijo García, que era un náufrago vulgar. La balsa entraba, en aquel momento, en la playa de Miami. Canoas, bañistas, mujeres extraordinarias.
-Oigo voces…
-Espejismo -sentenció García, siempre mirando al sol.
-Sí, espejismo…
Los bañistas comentaron:
-Qué gentes más raras. Ya no saben qué hacer para llamar la atención.
-Yo lo encuentro de mal gusto…
Y la corriente, poco a poco, arrastró de nuevo la balsa hacia el océano Atlántico. Los dos náufragos iban llegando a este punto en que resulta tan difícil morir…
Esteban Padrós de Palacios
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.941 – Diario
«Esto es inaudito», dijo mi marido mientras desayunábamos, delante del niño, refiriéndose a una noticia de la radio. Él jamás había utilizado esa palabra, inaudito, así que me quedé sorprendida, y un poco preocupada, como cuando los hombres cambian de colonia, de ropa interior o de peinado. No dije nada, pero esa noche, mientras cenábamos, volvió a repetir el término. Esta vez estaba prevenida y vi todo el recorrido de la palabra, desde la garganta oscura hasta el borde de los labios, como cuando sorprendes a una cucaracha apareciendo por el sumidero del bidé. Abrió los labios en forma de grieta, y repitió: «Esto es inaudito, inaudito.» El segundo inaudito no salió del todo. Asomó las antenas y se escondió debajo de la lengua, como si algo le hubiera asustado.
Aunque la palabra inaudito viene en el diccionario, apenas significa nada, sobre todo cuando la repites muchas veces seguidas, inaudito, inaudito, inaudito… Es un ruido, y un ruido molesto, para decirlo todo. Temí que se le quedara al niño en la cabeza y luego se le escapara en el colegio, por lo que le pedí que no dijera esas cosas delante de su hijo. «¿Qué cosas?», preguntó con cara de extrañeza. «Ya sabes, inaudito», dije y comprobé que me retiraba la mirada avergonzado. Entonces, para hurgar en la herida, comenté que en esta época, con el calor, empiezan a deambular toda clase de insectos por los desagües a menos que se desinfecten. «Así que haz gárgaras con agua oxigenada, o con lejía. No quiero ver el inaudito ese entrando por la oreja del niño. Y me da asco verlo salir de tu boca. Un poco de higiene, por favor.»
Al día siguiente le llamé al despacho y hablé con su secretaria porque él estaba reunido. «Es inaudito que se reúnan a estas horas», comentó ella y comprendí que acababa de descubrir el nido de los inauditos. Por la noche, después de que el niño se acostara, hablé con mi marido y le dije que las cochinadas que hiciera con su secretaria eran cosa suya, pero que no estaba dispuesta a que me llenara la casa de inauditos. Seguramente di en el clavo, porque se puso rojo. Pero ayer, intentando describirme a su jefe, le salió por la boca un «impertérrito». Este hombre no tiene arreglo.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.934 – Juego inconcluso
Se encontraba desnuda en una inmensa pradera, tendida sobre el pasto. La rodeaban cientos de conejos que jugaban saltándole encima, hurgando en su piel con las naricillas, mordisqueándola como a hierba fresca.
Le gustaba que la acariciaran con el tibio pelaje y retozar con ellos hasta quedar exhausta.
Sin embargo, cuando más placentero le resultaba aquello, venía corriendo un hombre con un fuete en la mano y hacía huir a los conejos.
Giró hacia la derecha: al verlo a su lado como todos los días, sintió rabia y repulsión.
Amelia Domínguez Mendoza
2.927 – Historia mínima
Aldea y páramo. Sol de ocaso. PADRE e HIJO están sentados en la linde del camino que conduce al cementerio. Sobre la tierra húmeda, los gusanos avanzan gracias a las contracciones de una capa muscular subcutánea.
HIJO. Padre.
PADRE. Dime.
HIJO. (Alargando el brazo y señalando el horizonte.) Mira aquel molino.
PADRE. ¿Dónde ves tú un molino? Hijo. Allí.
PADRE. Aquello no es un molino, hijo. Hijo. ¿Qué es, entonces?
PADRE. Un gigante.
HIJO. ¿Un gigante?
PADRE. No hay duda. Fíjate bien. Ahora está quieto, otean
do el paisaje. Pero dentro de un momento se pondrá a caminar y a cada zancada avanzará una legua.
HIJO. (Tras un intervalo de silencio.) Padre.
PADRE. Dime.
HIJO. (Con voz compungida.) Yo no veo que sea un gigante.
PADRE. Pues lo es.
HIJO. ¿Un gigante con puertas y ventanas? ¿Un gigante con tejas y aspas?
PADRE. Un gigante.
HIJO. (Tras una pausa.) Padre.
PADRE. Dime.
HIJO. Yo sólo veo un molino.
PADRE. ¿Cómo? ¿Un molino?
HIJO. Sí, un molino. El mismo de siempre.
PADRE. (Con voz grave.) Tomás.
HIJO. Qué.
PADRE. (Volviendo lentamente la cabeza y mirando en derechura a los ojos del hijo.) Me preocupas.
Silencio. PADRE e HIJO permanecen inmóviles, sin cambiar ya más palabras. Llega por fin la noche y la luna se enciende.
Javier Tomeo
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.920 – Que las almas sepan en cada momento y ocasión a qué atenerse
-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida. Dime, hija; de qué te acusas.
-Prefiero confesarme por los Mandamientos.
-Muy bien. A ver: el Sexto Mandamiento. ¿Libro?
-Libro tercero; artículo ciento sesenta y tres.
-¿Sección quinta?
-Sí, Padre. Párrafo octavo: apartado segundo.
-Ay, hija; has vuelto a las andadas. ¿Cuántas veces?
-Pues casi todas las tardes, desde hace un mes.
-O sea, algo menos de treinta veces. Bien, has tenido suerte; afortunadamente estás dentro del apartado dieciséis y te aplica la reducción de la cláusula once.
-Tenía entendido que la cláusula once había sido invalidada en una resolución del concilio de Nimes.
-Efectivamente, pero como en el adéndum primero se hace mención expresa al subapartado dos, a la espera de un más claro pronunciamiento del sínodo, queda vigente todo el capítulo seis.
-Me asombra, Padre. Tiene usted una memoria prodigiosa.
-A ver, hija; son ya muchos años de práctica sacramental. Bueno, vamos con el libro cuarto, ¿Artículo?
-El treinta y cuatro, y me parece que el cincuenta y seis también.
-¿El cincuenta y seis? Por Dios, hija mía. ¿No será el párrafo dos?
-No, Padre; eso sí que no…
-El párrafo siete entonces, ¿eh, picaruela?
-Padre; me va a sacar usted los colores…
Alberto Escudero
https://albertescudero.wordpress.com
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.913 –
2.906 – Hacer manitas
En la mesa de al lado dos estudiantes (chico y chica) mantenían una discusión gramatical. Él se quejaba de que la palabra objeto no tuviera femenino y ella de que el término cosa careciera de masculino.
-Para mí -decía el chico-, una cajetilla de tabaco no es un objeto, sino una objeta.
-Pues para mí -aseguraba la chica- el pene no es una cosa, sino un coso.
-Si te empeñas en llamar coso al pene -replicaba el joven-, comenzaré a llamar objeta a la vagina.
-Pues te equivocarás: la vagina no es una objeta, ni siquiera una cosa, a ver si distingues.
La llegada del camarero con sus refrescos y mi gin-tonic de media tarde los hizo callar. Cuando se quedaron solos de nuevo ninguno fue capaz de retomar la conversación. Yo di un primer sorbo a mi copa fingiendo permanecer ensimismado en mis asuntos (quizá en mis asuntas), pero atento a la posibilidad de que reanudaran aquella interesante conversación lingüística. Tras un rato de silencio ominoso (qué rayos significará ominoso), la chica dijo:
-¿En qué piensas?
-En nada -respondió el chico.
-Estoy segura -replicó ella- de que la primera persona que habló fue para mentir, como tú ahora.
-¿Y qué mentira dijo?
-«Yo no he sido.» Vamos, es que no me cabe la menor duda de que el lenguaje se inauguró con esa frase o una parecida: «Yo no he sido.»
-A lo mejor -añadió el chico-, la primera persona que pronunció una frase entera fue para decir «te quiero».
-¿Me estás diciendo que me quieres?
-He dicho que a lo mejor fue la primera frase de la humanidad.
-Pero ¿me quieres o no me quieres?
El chico miró a su alrededor, por si hubiera alguien escuchando, y dijo en voz baja que sí, que la quería, pero que no volviera a llamar coso a su pene. Ni tú objeta a mi vagina, concluyó la chica. Y se pusieron a hacer manitas.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.899 – Amor eterno
Alicia dijo que lo amaba como a nadie. Hicieron el amor en una infinita y suave dulzura, con tiernas caricias. Pero aquélla era la última ocasión que estaban juntos. Ella partía al día siguiente. Al concluir, Alicia habló: No puedo dejarte aquí, tienes qué venir conmigo. Es lo que más deseo en el mundo y sé que tú también lo quieres. ¿Cómo iré contigo?, preguntó emocionado su amante. Ya lo sabrás, repuso la mujer. Fue hasta un maletín y extrajo un bisturí; con la habilidad de un cirujano fue cortando cada uno de los miembros de su compañero. Cuando hubo terminado los colocó cuidadosamente dentro de su equipaje. De ese modo, Alicia regresó a su patria. Para fortuna suya en la aduana no revisaron sus maletas. Al llegar a casa, con impaciencia, sacó las partes de su amado y las cosió. Una vez completo, le dijo: ahora sí ya estamos juntos para siempre, nada podrá separarnos, y lo besó con todo el amor que le era posible.
