Despierto en una habitación azul pastel, tapizada de cuadros de vivos colores. El cubrecamas es carmesí. Por una ventana entra el aire fresco del campo. Los objetos se ven levemente alargados, como en un cuadro del Greco o de Modigliani. Me incorporo y miro el piso de tablas resquebrajadas, donde se mezclan tonos de café y verde. Asomo la cabeza por la ventana y veo que es noche: inmensas estrellas como soles cuelgan del cielo. Me encuentro con el espejo. Unos ojos azules fulgurantes me contemplan bajo una cabellera roja y revuelta. El aire se revuelve en derredor, forma corrientes de color.
Entonces comprendo quién soy. Tomo la navaja y corto mi oreja. La sangre brilla como mil soles furibundos y caigo entre lirios, girasoles y campos de trigo infinitos.
Etiqueta: Miércoles
3.020 – Palos de ciego
En el día los videntes se apoderan de la ciudad y miran con lástima a los que titubean en las esquinas, tratando de adivinar el cambio de luces, y luego tratan de abrirse paso entre la muchedumbre tanteando la vereda con sus bastones blancos.
En la noche los no videntes se aventuran sin problemas por las calles, cruzan de uno a otro extremo de la ciudad, tratando de no atropellar a esos pobres transeúntes que titubean en las esquinas, aferrados a unos bastones blancos que alguien les ha prestado.
Juán Armando Epple
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005
3.013 – La muñeca
En Madrid, en una casa de unos conocidos, elegante y alfombrada, entonces gran lujo, al encender la criada la chimenea, al principio del invierno, saltaron algunas chispas, y comenzaron a arder la alfombra y las cortinas, y después, dos o tres sillones, que quedaron estropeados. Se dieron pronto cuenta del incendio, y lo sofocaron.
La dueña de la casa, días después, contaba a una amiga el pequeño siniestro delante de su hija, de siete u ocho años:
-Se pudo atajar el incendio pronto, afortunadamente -añadió.
-Sí; pero yo he perdido mi muñeca -exclamó la niña, llorando.
-¡Qué le vamos a hacer, hija mía; ya te compraremos otra!
-Es que yo quiero la misma.
-Bueno; tonterías, no.
Y la chica se fue enfurruñada y llorando, creyendo que tenía razón al pedir, no otra muñeca, sino la misma que se había quemado.
Pio Baroja
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
3.006 – Relámpagos alados
Cuando los pelícanos son viejos como yo, y no encuentran más motivo para seguir viviendo, vuelan tan alto como pueden, casi hasta alcanzar las primeras nubes. Inadvertidamente, descienden sin más ni más, se convierten en relámpagos alados que tienen como único fin caer sobre las rocas de la bahía. Esto me contaba mi abuelo cuando paseábamos al atardecer por el malecón. Era una historia impactante, siempre me pareció una muerte sumamente poética. No obstante, es sólo la idea de volar lo que en realidad añoramos, ya que, les puedo asegurar que no fue nada poético cuando el abuelo se tiro de un doceavo piso.
Alonso Díaz de Anda
2.999 – Pude salvarme
Esperaba tranquilo en la celda. Aunque me hubieran condenado a muerte, confiaba en que un rasgo de súbita inspiración me ayudaría a salvarme en el último momento.
Llegó la hora y la comitiva abrió la puerta de la celda. -Buenos días -dijo un sujeto con acento convencional-, le deseo -siguió en una ya absoluta metedura de pata que me hizo reír y contagió a todos los presentes. Cuando disminuyó el sonido de las carcajadas, pudo seguir.
-Bueno, bueno. Ha llegado el momento y usted puede formular su último deseo.
-Quiero… -titubeaba con la intención de ganar tiempo-. De pronto tuve un rasgo de súbita inspiración y seguí:
-Quiero mirarme en un espejo de cuerpo entero. Hubo silenciosas y rápidas consultas en el grupo y él me contestó:
-Enseguida.
No tardaron en traer un espejo de grandes dimensiones. Al colocarme ante él, sentí una voz susurrarme con energía: «¡Ahora!». Crucé el espejo con decisión y pude salvarme.
Antonio Fernandez Molina
La huellas del equilibrista. Ed Menoscuarto, 2005
2.992 – Las sandías
Mamá dijo que aquel día empezó el sol a quemar desde temprana hora. Ella iba para Juárez. Los soles del Norte son fuertes, los dicen las caras curtidas y quebradas de sus hombres. Una columna de jinetes avanzaba por aquellos llanos. Entre Chihuahua y Juárez no había agua; ellos tenían sed, se fueron acercando a la vía. El tren que viene de México a Juárez carga sandías en Santa Rosalía; el general Villa lo supo y se lo dijo a sus hombres; iban a detenerlo; tenía sed, necesitaban las sandías. Así fue como llegaron hasta la vía y, al grito de ¡Viva Villa!, detuvieron los convoyes. Villa les gritó a sus muchachos: “Bajen hasta la última sandilla, y que se vaya el tren”. Todo el pasaje se quedó sorprendido al saber que aquellos hombres no querían otra cosa.
La marcha siguió, yo creo que la cola del tren, con sus pequeños balanceos, se hizo un punto en el desierto. Los villistas se quedarían muy contentos, cada uno abrazaba su sandía.
Nellie Campobello
2.985 – Rememoración final
Supo de inmediato que el paracaídas no se le abriría. Estaba a tanta altura que todavía tardaría varios minutos en estrellarse contra el suelo. Era tan joven que tenía muy poco que rememorar de su vida pasada mientras que se dolía por la pérdida de aquella otra que ya no iba a conocer. En su mente se produjo entonces una súbita aceleración. No tenía novia, pero conoció a una chica en la piscina y se casó con ella. Tuvieron dos hijos. El mayor se hizo militar como él. El menor, cosa sorprendente, guionista de televisión. Y no le iba mal. Sus nietos, sólo dos, se llamaron Daniel y Adela, nombres que no tenían tradición en la familia. Sólo sentía la pena de no poder asistir a la boda de su nieta, aunque los viejos se acostumbran pronto a la muerte como si fuera un animal de compañía. Y él, cuando su cuerpo se rompió contra el suelo, ya había alcanzado los ochenta y tres años de vida.
Juán Pedro Aparicio
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005
2.978 – Cuando Elisa pidió…
Cuando Elisa pidió a su esposo, el día del aniversario de su boda, la opinión sobre aquellos quince años pasados juntos, a Juan le fue totalmente imposible volver de aquel lejanísimo tiempo en que preguntas como aquélla hubieran podido tener algún sentido. De aquel lugar casi prehistórico en su memoria, en que constató y asumió como una calamidad más en su vida, que vivía y que probablemente viviría por el resto de sus días, con una perfecta extraña. Elisa miraba a Juan volviéndose a medias desde el fregadero. Era obvio que esperaba una respuesta. Él, venciendo un súbito e intenso ataque de terror, se levantó precipitadamente de la mesa en que comía, alegando haberse olvidado unas carpetas dentro del coche. Cuando Juan volvió, Elisa ya no recordaba en absoluto que hacía unos pocos minutos era una esposa junto a un fregadero, esperando una respuesta.
Julia Otxoa
En Kískili-Káskala. Incluido en Por favor, sea breve
2.971 – Zona de descarga
Durante el día se dedicaba a desenredar minuciosamente la madeja de su cabeza y a veces encontraba versos y otras escapaban liebres por entre unos cabos tan trabajosamente liberados, que a ella le parecían, de tan intrincados, matorrales. Por la noche -¿pero con qué oscuro propósito?- la madeja volvía a enredarse, las liebres copulaban a sus anchas bajo los matorrales y ella se sentía, ignoraba por qué, atrozmente liberada.
Manuel Moya
2.964 – Yo siempre conmigo
Me abandoné a la placidez del sueño y, cuando regresé a la vigilia, me vi empapado y temblando de miedo. Me perdí detrás de una mujer y, cuando me di cuenta, estaba desnudo y sin un centavo. Me dejé flotar en el vaivén de las olas y, cuando volví en mí, me hacían respiración artificial.
Definitivamente, no puedo dejarme solo.