3.099 – Posturas

leon_de_aranoa   Los partidarios del No aparecieron en grupos pequeños. Silenciosos, enfadados, tan seguros de sí mismos como suelen. Los seguidores del Tampoco llegaron después, respaldando a los anteriores con su presencia redundante. Los del Nunca adoptaron las actitudes más radicales. Desplegaron pancartas y convicciones ante la perpleja mirada de los que postulan el Puede, con su amplio margen de duda y su puerta siempre abierta. Cerca, los del Depende, reciente escisión causalista de los anteriores, obtuvieron, como tantas veces antes, el beneficio de la duda. Mientras, los partidarios del Tal Vez, antes Quién Sabe, hacían gala de su tradicional indecisión a la hora de posicionarse. Tras largas discusiones internas, decidieron disolverse antes de que lo hicieran las Fuerzas del Orden. Fuentes del Ministerio de Interior agradecerían más tarde al grupo su iniciativa.
Luego llegaron los otros.
Los partidarios del Sí, amistosos, positivos, a favor siempre. Los militantes del A Veces, cargados de encuestas, variables y porcentajes. Y los resueltos defensores del Claro, dándolo, como suelen, todo por hecho.
Todos manifestaron sus posturas.
A todos los disolvió la policía.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

3.092 – Se traspasa

xenia   Mi madre fue, durante más de una década, la librera del barrio. Dicen que desfalleció una noche por vivir tantas historias ajenas. Husmeaba con esmero cada libro que llegaba a sus estantes, manoseando desgracias de muertes y amores como si fueran propias. Palpitando con ellas. Rezumando palabras advenedizas.
Cuentan en el vecindario que su negocio nunca dio más que para pagar las deudas, pero jamás lanzó un lamento que sirviera de argumento a mi padre para cerrarle el local. Ella leía de día y de noche en la soledad de aquel cuartucho, tal era su desmedida afición por las palabras. Hasta que un día, cansada de descifrar siempre los mismos finales imaginados, comenzó a arrancar las páginas más predecibles y reescribirlas. Descubrió con esta práctica la forma de descuartizar rutinas.
Desde entonces la recuerdo sobre el taburete de la librería deshojando desenlaces de novelas, mezclando tramas policíacas con surrealistas; confabulaciones románticas con giros de terror. Una noche, mientras destripaba su último ejemplar, desapareció. Desde entonces intenta mi padre traspasar el negocio, pero los libros continúan mezclando sus páginas huérfanas buscando finales imposibles y no conseguimos poner orden para atraer a ningún comprador.

Xenia García
http://www.xeniagarcia.com/

3.085 – Fe, esperanza y caridad

luciano_g_egido

         —¿Hay un cielo, Nancy?
         —No lo sé. Creo.
         —¿Crees en qué?
         —No lo sé. Pero creo.
                                       WILLIAM FAULKNER

Antes de trasladarlo a un pueblo de la provincia de Zamora, don Manuel Bueno, nuestro cura párroco, no creía en Dios; pero les hacía creer a sus feligreses que creía para no desesperarlos más de lo que estaban. Sus feligreses tampoco creían; pero le hacían ver que creían para que él creyera que lo necesitaban.

Luciano G. Egido
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.078 – Vidas perpendiculares (La vertical)

Manu Espada (1)  —Señor Pasternak, usted es realista, encajará bien lo que tengo que decirle —sentenció el médico—. Le quedan veinticinco segundos de vida —añadió con un tono de rabia contenida. Sorprendido, el paciente preguntó qué le ocurría, qué extraña dolencia padecía para que su existencia estuviera a punto de extinguirse de esa manera tan expeditiva y fulminante. A continuación, Boris Pasternak miró la foto que el matasanos tenía sobre la mesa de su consulta. Larisa Antípova, a la que acababa de dejar desnuda en el motel con un beso de buenas tardes y un «luego te veo, cariño», posaba en la instantánea abrazando al doctor con el gesto apasionado y entusiasta de una amante. El sonido de un cajón hizo que Pasternak alzara la vista y fijara la mirada en los ojos coléricos del doctor Zhivago. Al ver el cañón del revólver apuntándole al pecho, el escritor supo que su tiempo se había acabado.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015

3.071 – Edipo complejo

Raul_brasca  Aquel apuesto escritor se casó con una muchacha lesbiana para ocultar que era la amante de su madre. A continuación, disfrazado de marido infiel, fue el más promiscuo campeón sexual de la ciudad. Parecía la solución ideal, pero no resultó. Cada tanto, insatisfecho, sentía la necesidad imperiosa de hacerlo con su mujer y ella, que era una intuitiva, lo recibía con resignación, lo excitaba contándole lo que hacían con su madre, lo acariciaba como ella lo haría y le permitía dormirse con la cabeza entre sus pechos. Eso lo calmaba por un tiempo.

Raúl Brasca

3.057 – Voluntades

leon_de_aranoa  Raúl Santos Garciátegui, oficial del ejército de Pancho Villa, recibió el encargo de elaborar una lista con las últimas voluntades expresadas por los condenados ante el pelotón de ejecución, instantes antes de morir. Su redacción final consigna entre paréntesis, después de cada petición, el número de veces que fue realizada, y constituye un variado muestrario de los caprichos, miedos y debilidades de la naturaleza humana, a saber:
Fumar un cigarrillo (132)
Tomar un último trago (204)
Ser escuchado en confesión por un sacerdote (78)
Ser ejecutado sentado (32)
Ser ejecutado de espaldas (17)
Rezar una oración (64)
Escuchar el himno nacional (12)
Cantar un corrido muy mentado (3)
Contemplar a una mujer desnuda (6)
Contemplar a una mujer (24)
Revelar un crimen cometido u otro acto vergonzante (8)
No recibir disparos en la cara (7)
Hacer llegar una misiva a esposa e hijos (41)
Hacer llegar una misiva a una mujer sin especificar (32, de los cuales 30 son coincidentes con los anteriores; no se extraen conclusiones)
Conocer los nombres de los soldados que componen el pelotón (9)
Estrechar sus manos (5)
Abrazarles uno a uno (3)
Bailar con el capitán al mando (1)
Dar él mismo las órdenes al pelotón de ejecución (1)

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

3.050 – Insomnio

alejandra_d_o  La noche pesaba. Hacía calor y no podía dormir. Juani miraba a su marido roncar, tan relajado y entregado a los brazos de Morfeo, mientras ella sentía unas inmensas ganas de asfixiarlo.
Aquella tarde había hecho lo que no se debe hacer: rebuscar en su uniforme de trabajo. Y quien busca, encuéntra. En sus manos tenía la prueba del engaño: dos condones y un papelito con el número de teléfono de Jessica, la nueva compañera de trabajo de Eliseo, su hombre.
-Eliseo… Eliseo… ¡Despierta!
-Mmmm… ¿qué te pasa? -respondió entre sueños.
-Eres mi insomnio.
-¡¿Tu qué?! -se incorporó sorprendido de la cama.
-Mi insomnio -respondió Juani con voz entrecortada a punto de llorar.
-¿De qué hablas, mujer?… ¡Pero si son las cinco de la mañana!
Juani extendió la mano con la cartera, los condones y el papelito:
-¿Qué es esto?
Eliseo miró a su mujer con ganas de asfixiarla; resoplando, se volvió a meter a la cama. Y antes de darle la espalda, le respondió:
-Es la cartera de tu hermano. Y la próxima vez que rebusques, fíjate bien en qué pantalones metes la mano… El muy cabrón, ¡tirándose a la Jessi!…

Alejandra Díaz Ortiz
Cuentos Chinos. Trama Editorial

3.043 – Parábola de los dos ejércitos

manuel Moyano2   El sastre del Rey concibió el ardid de vestir a sus soldados con la misma indumentaria que empleaban las tropas enemigas. llegada la batalla, el desconcierto fue general: ningún arquero se atrevía a disparar sus flechas por temor a matar a alguno de sus compañeros; cuando ambos ejércitos chocaron, nadie osó desenvainar su espada. Finalmente, la contienda se saldó sin una sola baja. Muy irritado por este hecho, el Rey Enemigo ordenó que todos sus hombres acudieran al día siguiente al campo de batalla con la cara tiznada de hollín: de este modo, podrían fácilmente reconocerse entre sí y distinguirse de sus contrincantes. Sin embargo, nada más amanecer, el cielo descargó un fenomenal chaparrón que lavó sus rostros: tampoco esta vez hubo bajas. Tras montar en cólera, el Rey Enemigo resolvió que sus soldados lucharan desnudos. Como era invierno, el frío paralizó sus miembros y, desprovistos de toda protección, sucumbieron fácilmente. El Rey Enemigo perdió su reino. Esta antigua historia, extraída del Libro de los Monarcas de Erúnide (c. 1020), esconde sin duda alguna moraleja, pero hasta hoy nadie ha sabido desentrañarla.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

3.036 – Volviendo al espejo

Carolina Castro Padilla  Un día, Alicia quiso regresar al país de las maravillas a través del espejo que casi había olvidado.
Corrió las cortinas del tiempo, fue al espejo y con ansiedad se miró en él. Se buscó, y al no encontrar su imagen se dijo: “Este espejo ya no sirve”, y lo rompió.
No pudo tolerar ver en él a una anciana desconocida mirándola fijamente.

Carolina Castro Padilla