3.232 – Un herrero de un lugar…

ESTEBAN DE GARIBAY   Un herrero de un lugar mató a un hombre. Fue condenado a ahorcar. Juntóse casi todo el pueblo, y dijeron al alcalde que no le ahorcase, porque era muy necesario al pueblo, que no podían pasar sin herrero para que hiciese rejas y azadas y herraduras. El alcalde dijo que no podía sino hacer justicia de él. Respondió un labrador:
—Señor, en este lugar hay dos tejedores, y para un lugar pequeño basta uno. Ahorcad un tejedor, en lugar del herrero.

Esteban de Garibay
(Mondragón 1525-1599) Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011

3.231 – El árbitro

alonso-Ibarrola2   El partido de fútbol transcurría, en su primera parte, con normalidad, a pesar de su enorme trascendencia para el equipo local. Al llegar el obligado descanso, el árbitro, los jueces de línea y los jugadores de uno y otro bando se retiraron a las casetas. Ya en los vestuarios, el árbitro fue requerido con urgencia al teléfono. Desde una habitación de la Maternidad su mujer le notificaba, con cierta desilusión, que había sido niña… Una preciosa niña de ojos azules. La quinta… En la segunda parte del encuentro —y sin que nadie supiera por qué—, expulsó a dos jugadores del equipo local, con gran rigor en la apreciación de las faltas, señaló un penalti y amonestó a otros tres… Los aficionados locales querían lincharlo, al término del encuentro, que señalaba la victoria del equipo visitante. Protegido por la fuerza pública, impasible y ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor, inició el penoso retorno a su hogar…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.230 – Mi esquizofrenia

armando_jose_sequera   Mi esquizofrenia va de mal en peor: mi segunda personalidad dice que, como no se lleva bien con la primera, se aliará con la tercera para mitigar su soledad. La primera, entretanto, alega que, por más esfuerzos que hace, no logra congeniar con la segunda, razón por la cual formará alianza con la cuarta, habida cuenta de que si la tercera se lleva bien con la segunda, es imposible que se lleve bien con ella. Afortunadamente, me he podido mantener al margen de esta absurda disputa y no he sido involucrado en lo que, a todas luces, es una malsana maraña de incomprensiones.

Armando José Sequera
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

3.229 – Acteón

Enrique Anderson Imbert2   Acteón buscó por el valle un sitio donde descansar de sus fatigas de cazador. Oyó risas de agua y de mujer y, asomándose a una cueva, vio un grupo de doncellas, todas desnudas, bañándose. Una de ellas, pequeña, morena, con los senos como dos cuernitos, le encendió la carne. Ranis, la llamaban sus compañeras. Acteón, enamorado, no podía quitarle los ojos de encima. Alguien lo descubrió. Hubo gritos. Un rápido movimiento de cuerpos que se apretaron en círculo alrededor de la más alta de todas: con sus desnudeces querían cubrir la desnudez de la diosa. Era Artemisa, a quien Acteón, absorto en su pequeña Ranis, ni siquiera había visto. Artemisa, con la cabeza sobresaliendo por encima de las demás muchachas, sonrojada de despecho, miró a Acteón y lo maldijo. Acteón se transformó en ciervo, huyó por el bosque y sus propios perros lo destrozaron. La bella Ranis, también perseguida por los celos de la humillada Artemisa, tuvo que expatriarse.

Enrique Anderson Imbert
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

3.228 – La hora de comer

millas23   Cada vez que se cumple algún aniversario de la llegada del hombre a la Luna, me llaman de la radio y me preguntan que qué hacía yo mientras sonaba en todo el mundo la frase histórica del pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad. Y digo lo mismo, claro, porque las cosas son como son y yo siempre he estado más interesado en labrarme un porvenir que en forjarme un pasado. O sea, que me estaba comiendo un bocadillo de calamares fritos en un bar con el suelo lleno de cáscaras de mejillones y cabezas de sardinas. Tenían encendida en un extremo de la barra una televisión grasienta hacia la que mirábamos todos porque nos habían dicho que se trataba de un acontecimiento histórico, aunque lo verdaderamente histórico para nosotros habría sido que el bocadillo fuera de jamón de Jabugo, o, mejor aún, que no hubiera sido un bocadillo, sino un chuletón de Ávila, pongo por caso, con pimientos fritos.
Dirán ustedes que Armstrong no pisó la Luna a la hora de comer, pero es que yo lo vi en diferido, al día siguiente, y pensé que sucedía en ese momento, de manera que cada vez que contemplo aquellas imágenes, se me repite el bocadillo de calamares, que estaban fritos en un aceite que merecería haber sido de colza. No me pareció mal que el hombre llegara a la Luna, sino que tenía la sensación de que se trataba de un asunto que no me concernía. A veces se da este divorcio entre lo histórico y lo personal, como entre la macro y la microeconomía, que cada una va por su lado, qué le vamos a hacer.
Es sabido que hay quien hace la historia y hay quien la padece. La habilidad de quienes la hacen consiste en hacer creer a los que la padecen que son protagonistas de algo. Pero no es cierto: aquel pie que pisó hace no sé cuántos años el improbable suelo lunar no era el mío. Mientras se pisaba la Luna, en este planeta nuestro se pisoteaban demasiadas cosas. Aún se pisotean. Y la hora de comer continúa siendo la hora del hambre para mucha gente. Eso es lo histórico. Vale.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.225 – La puerta

 pablogonz   Calle oscura. Un camión sin luces se detiene sobre los panzudos adoquines. Pausa. Pausa. Y un hombre salta de la cajuela. Joven, con la cabeza rapada y un largo abrigo. No lleva maletas ni armas. Mira hacia el camión que se aleja. Al fondo, arropado por las sombras, resuena el canto de un ave, oscuro. Estupor. Estupor. Y el primer paso hacia la puerta. «Sitúese ante la puerta y espere». «¿A qué?» «Sitúese ante la puerta y espere». El hombre entonces lo hace. Silencio mineral. Y los lentos taconazos que se acercan. ¿Calle larga? ¿Fingimiento? Una sombra densa oscurece su sombra. «¿Es usted un hombre prudente?», pregunta la voz a sus espaldas. «No podría asegurarlo», dice él volviéndose. Un hombre de cabeza grande y boca grande. Vestido por completo de blanco. Manos desnudas. Sin nudillos. Parece un bebé gigante. Es un bebé gigante. «Sitúese ante la puerta y espere». «Eso estaba haciendo». «Muy bien». Y el bebé comienza a pronunciar su grave silencio. Un minuto. Dos. Sepulcros dormidos. Trenes quietos. Y de nuevo la voz: «¿Es usted un hombre apasionado?» «No podría asegurarlo». «Muy bien». Pero la puerta cerrada, aún. ¿Preguntar? No. Pensará de mí que soy imprudente. ¿Volverme y ofrecer la mano? No quiero revelar mi pasión. «¿Es usted un hombre miedoso?» «Sí». «Muy bien». Y entonces la puerta se abre.

Pablo Gonz

3.224 – La silla eléctrica

alonso-ibarrola2-300x200   El grupo de personas de severo aspecto se detuvo ante una de las puertas de los calabozos destinados a los condenados a muerte. Un vigilante abrió solícito. Una figura humana se perfilaba en el catre, oculta totalmente por una manta. Al oír el rumor de pasos, asomó justo la frente, un ojo y un mechón de cabellos, ocultándose nuevamente por completo. «iVamos, John, no nos hagas perder el tiempo! Sabes que esto nos disgusta tanto como a ti…». John no se inmutó y el gobernador de la prisión, molesto, tiró de la manta. John, descubierto, se limitó a sonreír… Se irguió de la cama y efectuó unos movimientos gimnásticos. Uno de los vigilantes, visiblemente molesto, no pudo por menos que objetar: «iVamos, John, ¿para qué quieres hacer gimnasia?». John acusó el impacto y de repente lanzó un grito terrible: «¡Mamá!». Un grito que resonó en todos los pasillos y corredores de la prisión.
Un grito al que siguieron otro y otros… Lo llevaron de prisa y corriendo, lo sentaron en la silla eléctrica, le ataron de pies y manos y John se calmó. «Te pondremos la venda, John…», le aclaró paternalmente uno de los verdugos. John sonrió tristemente. Dos gruesas lágrimas surcaban su rostro. Se hizo un profundo silencio y segundos más tarde el cuerpo de John se estremeció por un momento. Los testigos asistían mudos y graves al espectáculo. Cuando todo hubo terminado, uno de ellos comentó en voz baja con su compañero: «Hasta el último momento esperé que le indultaran. Al menos, en las películas siempre ocurre eso…».

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/